So long, boys

Una vez más, los emblemas del rock argentino se cruzan para darnos más y mejor música. Charly García protagoniza la tapa del nuevo disco de Fito Páez y hace de inspiración del músico rosarino, mientras Guido Adler fotografía el momento y Bobby Flores lo documenta con palabras.

 

Desde que se inventó el rock, el pianista de rock es un tipo extravagante. Digamos que el primero fue Jerry Lee Lewis, un tipo listo y desmesurado, que se casó con la prima menor en medio de su e éxito en los 50, de quien se decía que tenía una mano blanca y la otra negra, aunque siempre terminaba los acordes a las patadas. Díscolo como pocos, un hinchapelotas diríamos acá. Una vuelta peleaba con los productores de un show de aquel los años, en pleno festival, acerca de quien cerraría el evento, obviamente Jerry Lee quería ser la principal atracción, mientras que los organizadores intentaban convencerlo de que mejor sería que el cierre fuera con Chuck Berry, que vendía más discos que el. OK, OK, dijo Jerry Lee. Que lo cierre Berry nomas, y ahí salió al escenario Jerry Lee, que dio un show inolvidable. Y mucho menos se olvidaría el final, cuando después de agarrar el piano a patadas lo rocía con solvente y lo prende fuego bajo las luces: escándalo, corridas, bomberos, desmayados. Una hecatombe. Pero mierda que iba a cerrar Chuck Berry.

 

 

EL PIANISTA DE ROCK HABÍA NACIDO LOCO

 

 

En los 60 estaba más importante la escena del pianista de rock acá en Baires que afuera. No es que Billy Preston o Ian Stewart fueran poca cosa, pasa que esos brillantes tecladistas estaban atrás en The Beatles o los Rolling Stones, mientras acá tipos como Litto Nebbia lideraban sus propias bandas. Nada, un hecho anecdótico pero que marcaría el derrotero de todo el rock argentino del futuro.

 

 

A principios de los 70 aparecería la inmensa figura de Elton John, uno de los más divertidos, creativos y geniales rockers de la época. Tiempos en que se engendraba el glam rock, las Spiders From Mars de Bowie, el rock sinfónico y el Dylan eléctrico, por ejemplo. En esos años, destacarse del resto era difícil.

 

 

Encuentros y desencuentros, éxitos y fracasos, aciertos y errores, peleas y amores perros entre ellos y para ellos. Entre Fito y Charly, entre vos y yo, entre peronistas y radicales, entre un mundial y otro. Los argentinos somos eso, dicotomistas vocacionales permanentes. Charly y Fito también. Van del amor al odio como quien va de la cama al living, como todos nosotros.

 

 

 

 

 

 

Y por acá aparecía la primera renovación del rock de la mano de Pescado Rabioso, de Pappo´s Blues y Sui Generis. Si bien Luis en Pescado Rabioso y Pappo venían de Almendra y Los Gatos, Sui Generis era un dúo de chicos nuevos, Charly Garcia y Nito Mestre, piano y acústica, respectivamente. Y Charly no parecía más que un hippie leído. Estaba lejos de la extravagancia de Elton John y más lejos aún de la actitud punk de Jerry Lee Lewis.

 

 

Pero con el tiempo los supero a los dos. Elton jamás llegaría a pintarse la ropa y el pelo con aerosol para ir a recibir un premio, y Jerry Lee Lewis a lo sumo en una pileta se tira del trampolín alto, nunca de un noveno piso.

 

 

En los albores de los vertiginosos años 80 llegarían a Buenos Aires, siguiendo el derrotero de Nebbia, los rosarinos. En forma de trova desembarcan en el auditorio Kraft de la calle Florida y en Shams en Federico Lacroze, e incluso en La Trastienda original de Thames y Gorriti, Juan Carlos Baglietto, Fandermole, Ruben Goldin y Silvina Garre, y se convierten en todo lo que el público porteño ansiaba. Tipos que cantaban afinado, componían complicado y actuaban naturales. Sus shows eran un codificado encuentro de la resistencia intelectual y pacífica a los dictadores que gobernaban. En fin, lo de siempre.

 

 

Curiosamente, el que más llamaba la atención en esos aquelarres mundanos era un pendejo que se llamaba Fito Paez y tocaba el piano como pocos. La historia ya se sabe: Fito empezó a tener hinchada porteña propia en los recita les y se convirtio en el nino mimado de la intelligentzia rocker del momento.

 

 

En el año 83, algunos desde afuera y otros desde adentro prepararon el escenario donde un par de años después el rock argentino se convertiría en nuestro orgullo y seria la envidia de todos los hermanos de la Patria Grande. En esos años, de acá saldría para toda Latinoamérica lo esencial del rock en castellano, el compendio de todo lo que el rock latinoamericano tendría para ofrecer hasta el día de hoy, supongo.

 

 

Es que en el 83, hace más de 30 años hoy, Buenos Aires vería llegar de Nueva York lo que para muchos es la obra cenital de Charly García, Clics modernos, y sería testigo de los primeros shows solistas de Fito Páez. La democracia l legaba entre Vasos y besos, de los Abuelos, Mondo di Cromo, de Luis, y los debuts de Los Violadores, Riff, Los Twist, V8 y Soda Stereo. La democracia nacía y los chicos ya empezábamos a peinarnos raro sin miedo y a comprar discos sin censuras.

 

 

Y fue en la bisagra de esos 83/84, quiero decir cerca del fin de año de 1983, cuando Charly en el Luna Park presenta Clics modernos, su primera aventura solista con su primera banda brillante de todas las que tuvo hasta hoy. Esos cuatro días de diciembre, Charly reventó el Luna con GIT Pablo Guyot en guitarra, Willy Iturri en batería y Alfredo Toth en bajo, más Fabiana Cantilo en coros, Dani Melingo en saxo y el debut oficial en las grandes ligas de Fito Paez en los teclados. Recuerdo claramente que hubo gente que silbaba a Fito, Fabi y Daniel Melingo, basicamente los viejos fans de Sui Generis y Serú Giran que veían como ahora Charly gritaba “¡La alegría no es solo brasileña!, dejando las quejas y los lamentos para el pasado.

 

 

Charly se empezaba a divertir, como toda la pendejada, y en su banda ahora había pendejos. Han pasado 30 años desde entonces. Encuentros y desencuentros, éxitos y fracasos, aciertos y errores, peleas y amores perros entre ellos y para ellos. Entre Fito y Charly, entre vos y yo, entre peronistas y radicales, entre un mundial y otro. Los argentinos somos eso, dicotomistas vocacionales permanentes. Charly y Fito también. Van del amor al odio como quien va de la cama al living, como todos nosotros.

 

 

Un porteño y un rosarino juntos, dos adorables hinchapelotas de campeonato, que se la pasan provocando, anunciando lo que se les ocurre. Hoy grandes hombres, Charly respondiendo a la estúpida pregunta de “¿Qué Charly te gusta más, Charly, el de antes o el de a hora? en pleno proceso de recuperación, y el bigotón responde con esa sonrisa que le robo a un diablo: Ahora el de ahora... pero antes el de antes. Fito saca disco nuevo y en la tapa pone una de las fotos más rocker terminal de Charly, imagino que con una sonrisa similar. No se por qué, pero siempre los imagino sonriendo. So long, boys.

 

 

 

 

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