Punta del Este, más allá del verano: un destino para visitar durante todo el año

Con propuestas gastronómicas, culturales, naturales y de descanso, la ciudad uruguaya invita a descubrir una nueva cara durante los 365 días del año.

 

Por Juan Ignacio Paseyro

Muchos todavía imaginan que Punta del Este, durante los meses más fríos del hemisferio sur, se transforma en una ciudad vacía. Una postal detenida en el tiempo, con persianas bajas, calles silenciosas y playas desiertas. Sin embargo, como tantos otros paradigmas, ese también cambió.

Recuerdo cuando era un chiquilín y llegaba marzo. Poco a poco veía desaparecer la energía del verano de las calles, de los paradores y de cada rincón de la costa. Se apoderaba de mí una extraña sensación de abandono, ajena pero fascinante. Los negocios cerraban sus puertas, algunos semáforos dejaban de funcionar y los muebles de los departamentos más elegantes de la península quedaban cubiertos por sábanas blancas, esperando pacientemente la llegada de una nueva temporada.

Punta parecía entrar en hibernación.

Pero hace algunos años algo comenzó a cambiar. Y después de la pandemia de 2020, ese proceso se aceleró de manera definitiva. Mientras muchas ciudades intentaban recuperar su ritmo, Punta del Este se convirtió en una de las ganadoras silenciosas de una nueva forma de vivir.

La ciudad empezó a posicionarse como un lugar para habitar durante todo el año. Ya no solamente para vacacionar. Montevideanos, argentinos y residentes de distintos lugares comenzaron a proyectar una vida permanente frente al mar. Con ellos llegaron nuevas dinámicas, nuevos hábitos y una oferta cada vez más amplia de servicios abiertos durante los doce meses.

Los cafés fueron quizás uno de los primeros indicadores de este cambio. Hoy existe un circuito de cafeterías de especialidad que nada tiene que envidiarle a las grandes ciudades de la región. Entre mis favoritas aparece Cresta Café, con su privilegiada vista sobre La Brava. Hay algo especial en contemplar un mar gris y agitado mientras una taza caliente combate el frío del invierno esteño.

Porque si algo distingue a Punta del Este es su capacidad para reinventarse sin perder identidad.

Desde sus orígenes fue sinónimo de apertura, sofisticación y cierta vocación por la vanguardia. Entre sus dos caras más conocidas, La Mansa y La Brava, la ciudad conserva esa calma característica, aunque hoy se la percibe más viva, más diversa y con una energía que ya no depende exclusivamente del calendario. Frente a la mansa, poco antes de entrar a la península, uno de los spots más cancheros nos invita a sentarnos y contemplar el mar. Zunino Patisserie tiene una pastelería fresca y una diversidad de platos típicos. Pasó de convertirse en un punto de referencia durante la temporada a ser uno de los lugares de encuentro durante todo el año.

A esa transformación social, se suma otra igual de visible: la urbanística y comercial. Nuevos desarrollos inmobiliarios, propuestas gastronómicas, tiendas, espacios de bienestar y emprendimientos que permanecen abiertos durante todo el año han redefinido la relación de la ciudad con sus habitantes. Punta del Este ya no se prepara para una temporada: se prepara para vivir los doce meses.

Y después está la península. La joya de la corona. Un territorio donde conviven historia y modernidad, donde los atardeceres siguen siendo un espectáculo cotidiano y donde viejos residentes, nuevos vecinos y visitantes ocasionales comparten el mismo ritual: sentarse frente al mar con un mate en la mano para ver cómo el sol desaparece lentamente en el horizonte. Esta experiencia no necesita marketing: con solo acudir con el mate y una docena de bizcochos -pueden ser dulces y salados- van a poder experimentar el maravilloso don que tiene esta ciudad.

Quizás la mayor transformación de Punta del Este no haya sido solamente social, urbanística o comercial. Tal vez haya sido simbólica. La ciudad dejó de ser un destino que espera el verano para cobrar vida y se convirtió en un lugar que encuentra razones para brillar durante todo el año.

La magia permanece. Permanece en cada rincón redescubierto fuera de temporada, en cada café encendido durante una tarde fría y, sobre todo, en cada nuevo atardecer que tiñe de naranja el horizonte y recuerda por qué Punta del Este sigue siendo uno de los lugares más fascinantes del Río de la Plata.

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