Mi único héroe en este lío: adiós al Indio Solari
Yo no sabría echarte de menos, pero todo un país hoy está listo para enseñarme. En un presente donde el abrazo colectivo es más necesario que nunca, se marchó de esta vida el artista que se convirtió en el inexplicable fenómeno cultural y popular más grande de la Argentina.
La oscuridad cubre toda la ciudad… Los vencedores fueron vencidos y todos aquellos que casi sin pensar confiábamos en la inmortalidad de los dioses humanos nos chocamos de frente con una de las noticias más injustas de todas: Mr. Parkinson ganó el partido, y es la derrota que el alma de más de uno no puede soportar.
Finalmente se supo la fecha y el lugar que el ángel amateur le tenía preparado, pero la muerte no va a convertirlo en mito. El mito llegó hace rato. El mito está vivo en cada uno de los miles de argentinos que hoy van a desobedecer a su pedido de despedirse de forma austera, callada, sin distraer a nadie. El mito está ahora y para siempre en tus manos, nene.
El Indio Solari representa un faro cultural en nuestra identidad nacional por múltiples razones: no hay nada más argentino que ser contradictorios, críticos (y crípticos), soñadores, graciosos y valientes.

¿Cómo no va a merecer el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Buenos Aires uno de los maestros que más hizo pensar a toda una generación de pibes y pibas que viven en una tierra que es una herida que se abre todos los días?
¿Cómo no va a ser el verdadero dios de una marea humana que incluso ni siquiera necesita verlo para ir corriendo a sus pies buscando refugio idílico en cada una de las misas?
¿Cómo no van a ser bandera, piel y horizonte esas palabras que nos rescataron de ir corriendo a la deriva?
¿Cómo no vamos a dejar la vida en el pogo más grande del mundo si él mismo nos motivó a ser esas bombas pequeñitas?
¿Cómo todavía insisten en querer cuestionar lo que las pasiones logran? ¿Acaso todavía no saben que vivir cuesta vida?

¿Cómo no va a crecer el fuego si hoy todos queremos estar allí?
En ese lugar donde no necesitamos más que juntarnos con un otro, cualquier otro, escuchar un rock de fondo, dejar escapar todas las lágrimas y penas que tenemos para confirmar que las despedidas son esos dolores dulces.

