Japón: nuevas coordenadas, más allá de Tokio
Más allá de Tokio, que por su extensión y diversidad parecería ser un país en sí mismo, hay otro Japón. En Kioto, la tradición respira en cada templo y se actualiza en cada parque o espacio dedicado al arte, en sus distintos barcitos y cafés; en Osaka, la energía urbana se vuelve más terrenal, más callejera, más sabrosa y desordenada. Hacia el sur, Okinawa contrasta con un Japón tropical, de aguas turquesas, verdes esmeralda y tiempos mucho más lentos. En el corazón del mar interior de Seto, Naoshima y Teshima proponen un libre albedrío en sus islas surrealistas, donde la relación entre arte, paisaje y experiencia se convierte en museos vivos.
Así se amplía el mapa para perderse aún más en la superposición de mundos que conviven armónicamente en Japón y abrirse a nuevas percepciones de este lugar tan singular.

KIOTO Y SU BELLEZA ANCESTRAL
Kioto pide una pausa. Es la ciudad que alberga la mayor cantidad de templos milenarios y senderos plagados de historia, árboles y jardines inmensos y silenciosos. Recorrerla en bici es una buena aventura. Uno de sus íconos son las puertas rojas (torii), que se multiplican en Fushimi Inari, uno de sus templos más visitados. Otro, al que conviene ir muy temprano por la mañana o antes de que cierre para evitar las multitudes, es el Pabellón Dorado, un templo zen cubierto de oro. Calles empedradas, callejoncitos con tiendas de souvenirs de todo tipo y artesanías (por donde caminan las geishas), casitas de madera, ceremonias del té y tiendas de especias conviven con mercados gastronómicos como el Nishiki Market, izakayas y cafecitos más cool y actuales, como Söt Coffee, y con lugares que fusionan arte y naturaleza con arquitectura contemporánea, como el Kyoto Garden of Fine Arts, diseñado por Tadao Ando.

OSAKA, DESCONTRACTURADA Y LÚDICA
Cuando uno llega a esta ciudad, siente que algo de todo el orden de Tokio se descuajeringó de repente. El ritmo en Osaka es menos reglado y más inesperado. Ruido y comida callejera por todos lados: takoyaki y okonomiyaki son dos de sus hits a probar, sobre todo en el Kuromon Ichiba Market. Dotonbori sería el corazón: calles con carteles gigantes de neón, con el icónico Glico Man, el hombrecito al que todos le sacan fotos de noche, mientras algún violinista acompaña con su música y miles de personas caminan y ríen en diferentes direcciones, hiperestimuladas por las luces y los sonidos que se entremezclan.

La Hitachi Tower se va iluminando a medida que pasan las horas y transmite mensajes en letras luminosas, como “What’s next”. Den Den Town es otra de sus zonas, con calles repletas de locales de animé, manga y videojuegos retro, como el Tetris o el Smart Ball. Este universo convive con el Super Nintendo World, la meca de los gamers, y con una zona de rascacielos ultravanguardistas, como el Umeda Sky Building. El contraste más sensacional se da con la presencia del Castillo de Osaka, construido en 1615, incendiado cuatro veces y reconstruido una y otra vez.

OKINAWA, EL CARIBE JAPONÉS
Esta isla es casi un caleidoscopio de terrenos insulares, un sinfín de playas que se multiplican. Es el Japón que, sin duda, nadie imagina hasta descubrirlo. Clima tropical, playas de arenas blancas y un mar que en cada región se ve aún más turquesa o verde esmeralda; pueblos bajos, con solo algunas zonas comerciales o céntricas, como Naha, donde abundan los neones, pero a un ritmo diferente y más lento; y frutas tropicales como el ananá, tan relevante cultural y gastronómicamente que tiene hasta un parque educativo, el Pineapple Park, en Nago, uno de los pueblos costeros más tranquilos y pausados.

Los okinawenses tienen una cultura y gastronomía poderosas, con identidad propia, muy diferente a la de otras regiones de Japón. Algunas de sus comidas típicas son el Okinawa soba; el beni imo (boniato morado), que puede verse en postres, helados y galletitas; el salteado de goya (melón amargo) con tofu y cerdo; el umibudo, unas algas con forma de bolitas verdes que explotan en la boca; el gurukun (pescado frito); sus helados Blue Seal, y muchos otros manjares. Los dulces okinawenses son un souvenir exótico que muchos suelen elegir.

A Okinawa se la considera una de las zonas azules del planeta, con altos índices de longevidad, alcanzados gracias a la alimentación y la filosofía de vida de sus habitantes. El ikigai (ese propósito cifrado en el tener un “para qué despertar cada día”) es un concepto clave en su espíritu. Muchos de sus habitantes cultivan sus propias frutas y verduras y su sentido de comunidad es muy fuerte. Algunas de sus playas e islas imperdibles, a las que se puede llegar en ferris gigantes, son las islas Kerama, como Tokashiki y Zamami, la playa Nirai, playa Manza, Yonaha Maehama, Sunayama y más. La lista es interminable, porque es un archipiélago de 160 islas, 44 habitadas.

NAOSHIMA Y TESHIMA, BAÑADAS EN ARTE
Llegar a estas islas implica un viaje singular desde Tokio, que ya plantea una especie de expedición a un mundo que pareciera estar inventado, algo realmente surrealista. Hay que tomar un shinkansen, un tren aéreo, uno o dos ferris y, de repente, aparece un puerto, el de Naoshima, con un mar azul oscuro en el que flota, a lo lejos, una calabaza gigante amarilla con lunares negros, una obra icónica de Yayoi Kusama: "Pumpkin". Desde ese momento, todo parece ser parte de una alucinación.

En estas dos aldeas fuera del tiempo, convertidas en museos a cielo abierto, se puede apreciar arte contemporáneo, arquitectura minimalista, sensibilidad y naturaleza, todo al mismo tiempo y en todas partes. En ellas existen diez museos, además de instalaciones en medio de las calles, en casas transformadas en espacios artísticos y hasta en el mar. Edificios de Tadao Ando, como el Chichu Art Museum, con obras icónicas como "Open Sky", de James Turrell; Minamidera, una instalación que invita a ser parte de la oscuridad dentro del Art House Project; el Benesse House Museum, lugar donde muchos se alojan para dormir y vivir una experiencia sublime; el Ando Museum, una casa tradicional reinterpretada por Ando.
Teshima es aún más austera. Su museo principal, el Teshima Art Museum, es una estructura blanca que honra al sonido del agua y del viento. La obra de Ryūe Nishizawa invita a contemplar, básicamente, gotas de agua que se mueven solas durante horas y horas; "Les archives du cœur", una obra de Christian Boltanski, perdida en medio del bosque, invita a escuchar el archivo de latidos de corazón que el artista lleva años grabando, en una sala oscura, con luces que se encienden y apagan intermitentemente. Todo puede suceder en este universo surrealista.

Fotos: DEPOSITPHOTOS.COM

