Saldungaray: el pueblo a 7 horas de CABA que te invita a caminar, pedalear y descubrir su arquitectura
A 500 kilómetros de la ciudad, este pequeño pueblo serrano del partido de Tornquist combina calma rural, caminatas sin apuro y un circuito de edificios monumentales firmados por Francisco Salamone.
Hay lugares que no tienen carteles llamativos ni largas colas de turistas buscando capturar el momento, sino que te invitan a ir sumergiéndote de a poco a través de su naturaleza, arquitectura y ritmo de vida. Uno de ellos es Saldungaray, un pueblo del sudeste bonaerense ubicado a 500 kilómetros de CABA y a 8.5 kilómetros de la Sierra de la Ventana, ideal para ir en auto y alejarse poco a poco del caos de la ciudad.
La calma, el silencio y un ritmo lento te invitan a ir descubriendo esa ciudad perteneciente al partido de Tornquist que cuenta con un entorno que contrasta la naturaleza con su arquitectura brutalista, convirtiendo la experiencia en algo diferente y casi cinematográfico que nos permite capturar postales digitales únicas.

Pueblo chico, arquitectura gigante
En este pueblo serrano de 1.500 habitantes, ubicado muy cerca del universo de Ventania, surge un circuito arquitectónico único, un museo a cielo abierto: los edificios públicos creados durante la década del 30 por el arquitecto e ingeniero Francisco Salamone que generan un paisaje desconcertante.
Mientras caminas observando la naturaleza se te cruza de manera inesperada el Portal del cementerio Municipal, una estructura circular enorme de hormigón con una cruz dominante y la cabeza de Cristo en el centro, de unos 20 m de diámetro, que funciona como entrada al cementerio. Sin dudas, la pieza más emblemática.
En el corazón del pueblo se encuentra la Delegación Municipal, un edificio de líneas geométricas y estética art déco coronado por una torre con reloj que marca el pulso de Saldungaray. El recorrido Salomónico sigue hacia el Matadero Municipal, otra pieza icónica de Salamone donde el hormigón adopta formas circulares y funcionales con una presencia casi escultórica. El circuito continúa con el antiguo Mercado Municipal y detalles de diseño urbano en la plaza —mobiliario, luminarias, mástil— que terminan el circuito arquitectónico.

Kilómetros lentos para recorrer y bajar un cambio
En esta ciudad bonaerense rural todo invita a bajar un cambio: las distancias son cortas, las calles tranquilas y el paisaje serrano aparece como telón de fondo constante. La caminata se vuelve parte del plan: detenerse en la plaza principal, observar la vida cotidiana del pueblo y seguir por los caminos que conectan sus puntos más representativos. En el recorrido vale sumar el Viejo Mercado Comunitario, un edificio inaugurado en 1938 y remodelado en 2018, donde hoy se elaboran y venden productos regionales hechos por familias locales: panes caseros, escabeches, encurtidos, grisines y rarezas como panes noruegos con vino Ventania, además de alfajores de yerba mate.
Pedalear permite ampliar el circuito y llegar a la Estación de Ferrocarril, que conserva objetos restaurados de la vida ferroviaria, y al Circuito de Artesanos, con talleres distribuidos por el pueblo. Para cerrar, la Bodega Saldungaray y la Quesería Campo Udi completan el día con sabores bien serranos.

Su rincón natural: el río Sauce Grande
El gran refugio natural de Saldungaray es el río Sauce Grande, un paisaje que cambia por completo el tono de la escapada. A pocos minutos del centro, el pueblo se abre y aparece la ribera como un descanso inmediato: verde bajo, sombra, aire fresco y esa sensación de amplitud que solo se encuentra lejos de la ciudad. Es un lugar perfecto para frenar sin plan, extender una manta, cebar mate y dejar que el tiempo pase lento. El agua corre con calma y el entorno serrano termina de armar la postal: naturaleza accesible, simple y real, sin necesidad de grandes excursiones.
Caminar por la costa del Sauce Grande es una de las mejores formas de conectar con el paisaje. Hay senderos tranquilos para recorrer a pie, rincones para sentarse a mirar y sectores donde el río se vuelve protagonista absoluto del día. No es una aventura extrema: es un plan de desconexión. En un mundo donde todo pide velocidad, este rincón natural propone lo contrario: bajar el ritmo, respirar profundo y volver a lo esencial.

