Victorio D’Alessandro: "El teatro es un caballito de batalla frente a la IA, es la única comunión viva"
Descubrió el unipersonal En mitad de tanto fuego durante un viaje por España y decidió traerlo a la Argentina. La obra, una reinterpretación queer de la Ilíada que lo tiene como productor y protagonista, lo llevó a reflexionar sobre el amor, la guerra y el valor del escenario en estos tiempos.
Victorio D’Alessandro se mueve entre dos tierras, España y la Argentina, y supo hacer hogar en ambas. Recientemente, filmó la segunda temporada de "En el barro" y participó en "El fin del amor 2" y en "Cris Miró (Ella)". Pero lo cierto es que el ex "Casi ángeles" tiene una pasión desmesurada por el teatro y viene apostando desde hace muchos años a ese lenguaje. Se lo vio en el unipersonal "Las cosas maravillosas", en "Sería una pena que se marchitaran las plantas", en "El diario del peludo" y en "Sugar", entre otras.
Ahora es miércoles a las tres de la tarde, el sol brilla y EPU se sumerge dentro del espacio Dumont4040 para presenciar un ensayo general de la recién estrenada "En mitad de tanto fuego", del español Alberto Conejero. La tarde se transforma en una experiencia tan bella como inquietante con una propuesta que deconstruye la Ilíada desde la perspectiva de Patroclo, el más amado por Aquiles.
La solidez de la interpretación de Vico y la gran dirección de Alejandro Tantanian nos transportan a un universo paralelo donde la guerra de Troya es solo el marco para hablar de personas que aman intensamente. La puesta desplaza la figura del héroe heterosexual de la épica antigua para hablar de deseo, fragilidad y cuerpos que resisten.

–¿Cómo llegaste a esta obra y qué fue lo que te atrapó de la historia para decir “esto lo tengo que traer a la Argentina”?
–Estaba en España, y después de leer un texto de Alberto Conejero, fui a ver esta obra en Madrid. Entré sin saber de qué iba y me encontré con la historia de Patroclo, Aquiles y Troya, con un actor que pasaba por distintos estados y te llenaba la cabeza de imágenes solo con su voz. Me pareció fantástico que resumiera el relato desde un personaje poco conocido, contando una historia de amor profundo que, inevitablemente, está atravesada por la guerra.
El texto, además, fue escrito cuando Rusia y Ucrania empezaban su conflicto bélico. Yo quería hacer un unipersonal y estaba buscando material. A través de mi amigo Gonzalo Demaría pude contactar a Conejero, y luego me junté con Alejandro Tantanian, quien era amigo de Alberto, y así compré los derechos.
–La prosa poética tiene una belleza oscura, romántica y desgarradora a la vez. Patroclo encarna perfectamente esa contradicción: es un personaje roto pero lleno de amor. ¿Cómo fue abordar ese texto y meterte en la piel de alguien tan complejo?
–Desde un principio pensamos con Alejandro que se lo tenía que ver como una persona rota, que no declama; no es nuevo lo que está diciendo. El texto tiene mucha metáfora y poesía, pero también hace referencia a los dioses, a los conjuros, a la mitología que remite a algo no terrenal. El texto te exige un tempo, una métrica, una manera de decir que tiene que estar matizada para que no quede monocorde.
Al principio estaba muy “dicho”, pero de a poquito empecé a habitarlo. Hay momentos de escena y otros de narración. Patroclo está deambulando, habla al aire, se contesta casi solo. Es un tipo que está en un estado de vacío total y cree que entre el público puede estar Aquiles. Siento que él murió no hace tanto en la guerra de Troya y está en un limbo, por eso también ese aire de rockero medio roto y oscuro.
–¿La música actual, las proyecciones, la intervención que hicieron con la cultura pop estaban en el texto o fue idea de ustedes?
–Eso fue idea de Alejandro, y yo le sumé algunas cosas. La música y las proyecciones nos permiten entender la atemporalidad. La muerte es un símbolo. En este caso, como te decía, es un rockero medio roto, pero no deja de ser Patroclo. El alma de él está en la guerra, buscando a su amado. Por eso la canción “Piano Man” de Billy Joel, o la incorporación de la música electrónica al palo conmigo quieto.

–Sos productor del proyecto junto a LuzuTV. Contame de esa alianza, ¿es la primera vez que producís?
–No, me he metido en un par de películas para empezar a entender cómo funciona la producción, pero en teatro es la primera vez que abarco tantas cosas: elegí la obra, compré los derechos, lo convoqué a Alejandro, y el equipo lo armamos juntos. Lo de Luzu surgió a través de un amigo que trabaja ahí. Está muy bueno porque acerca a mucha gente que quizás no conoce el teatro independiente, y Luzu quiere abrirse también a un teatro no tan comercial.
–¿De dónde viene tu amor por el teatro?
–De chico veía mucho, me acuerdo de los espectáculos de Hugo Midón. Después empecé a hacer castings de publicidad, medio de rebote, porque mi viejo trabajaba como actor ahí y a veces dejaba material mío. Una vez le dije que quería actuar, y sus palabras fueron: “Entonces tenés que hacer teatro”.
Estudié en lo de Patricia Palmer y ahí me dieron ganas de contar una historia arriba del escenario. Tuve que dejar cuando empecé a laburar como actor, primero con bolos en series y después vino "Casi ángeles". Si bien “me hice” mucho frente a las cámaras, siempre que podía estudiaba teatro; estuve en su momento con Augusto Fernandes, hace poco con Claudio Tolcachir en Timbre 4. Amo el teatro, su mística; me encanta el proceso de creación, de ensayo, de búsqueda.

–Siempre que te veo estás con materiales muy particulares, como ahora que tenés en la mano "A la salud de los muertos, relatos de quienes quedan", de Vinciane Despret. ¿Te gustaría incursionar en la escritura?
–(Se ríe) Puede ser que lea cosas medio particulares, soy muy curioso. Sí, me gustaría. De hecho, escribo desde siempre, pero tendría que ordenarlo y darle un marco de profesionalidad, dejar de ser tan amateur; es algo que cada día pienso más. Me encantaría escribir una obra y también dirigir algo audiovisual el día de mañana.
–En este contexto de avance tecnológico voraz, con una IA que no para, ¿cómo percibís el futuro de la actuación?
–Creo que el teatro se constituye en una atmósfera del aquí y ahora, de lo vivo en todo sentido. El teatro vive y muere en lo que dura una función, no se repite más, es único. Ese carácter marca una diferencia con la inteligencia artificial, que puede ser accesoria pero que no va a tomar ese lugar, como sí lo puede hacer en lo audiovisual. El teatro es un caballito de batalla frente a la IA, es la única comunión viva, irremplazable, donde uno se encuentra con una persona que se equivoca, que transpira, que hace pausas, que te mira a los ojos.

–Hace años que te movés entre España y la Argentina para trabajar. ¿Cuáles son las ventajas y desventajas de hacerlo en cada lugar?
–Está bueno tener la oportunidad de viajar y expandir lo que uno hace, aprovechando que tengo la ciudadanía italiana. Me gusta trabajar en ambos lugares, pero sin caer en buscar la productividad todo el tiempo. Existe una falsa idea de que hay que correr hacia no sé dónde para lograr no sé qué; no creo que esté buena esa autoexigencia.
Al principio no fue fácil el desarraigo, pero después lo tomé como un modo de vida: soy relativamente joven, todavía no tengo hijos, siempre hay tiempo para volver. España tiene más producciones, una economía destinada a series y películas. Acá está más difícil, por eso también hay mucho teatro; hoy veo un montón de colegas en los escenarios que nunca habían hecho teatro. Está bueno generar coproducciones, llevar cosas argentinas para allá y traer cosas españolas para acá. Disfruto y agradezco tener esta posibilidad.

