Diqui James: "Fuerza Bruta es una experiencia absolutamente colectiva"
Pionero en convertir al público en protagonista de un acontecimiento colectivo sin límites, hoy festeja el regreso de “Aven”, una obra que redefine la felicidad y nos sumerge en la naturaleza para despertar lo más primitivo del ser humano.
El indómito creador de Fuerza Bruta, Diqui James, lleva décadas redefiniendo la experiencia teatral. Desde su génesis en La Organización Negra -un colectivo artístico que rompió la cuarta pared para priorizar el cuerpo y la acción-, Diqui cofundó De La Guarda y, en 2003, dio vida a Fuerza Bruta, un universo de experimentación y vanguardia, donde lo imposible se vuelve realidad.
La compañía regresó a la Sala SinPiso en GEBA con su espectáculo “Aven”. Aquí las escenas invaden el aire y cada rincón, sorprendiendo constantemente a un público que vive el show de pie. Esta dinámica invita a los espectadores a ser parte activa, liberando emociones a través del movimiento, la música y los estímulos sensoriales, reconectando con lo más primitivo y tribal del ser humano.
Esta nueva temporada es el resultado de años de evolución, de conquistar escenarios internacionales y de llevar el teatro a las calles como en el histórico Desfile del Bicentenario o la apertura de los Juegos Olímpicos de la Juventud. Fuerza Bruta eleva la experiencia teatral aérea a un nuevo nivel, fusionando la energía y la participación colectiva de las fiestas populares y el carnaval.
-Si tuvieras que contarnos la experiencia del reestreno de “Aven”, ¿Cómo lo harías?
-Con “Avén” queríamos hacer algo más alegre de lo que veníamos haciendo, tené en cuenta que lo empezamos a cranear en pandemia. Entonces, nos sacamos de encima todo el dark que traíamos de las épocas de Cemento, de De la Guarda, de los principios de Fuerza Bruta y le dije a Gaby (N. de la R.: Gaby Kerpel, compositor y músico de la compañía) “Hagamos el show más feliz del mundo”. Este no es un espectáculo tan urbano.

Antes yo tenía fascinación por las ciudades del mundo, encontraba la belleza o lo excitante en lo moderno, en las pantallas, los edificios, los túneles, los puentes, y acá estamos inspirados en lo natural. Empezamos a recrear, con maquinarias y escenografías, componentes que remiten a elementos de la naturaleza.
-Mencionaste recién a Gaby Kerpel, ¿de qué manera abordaron la banda sonora de este show?
-Fue un desafío también para él. Empezó a buscar algo que tuviera que ver más con canciones y que sea menos teatral. Igual te estoy contando esto y seguimos en proceso de búsqueda todavía (se ríe). En Fuerza Bruta si a vos no te entusiasma cambiar las cosas todo el tiempo, la pasas mal. Con la gira que tuvimos por Londres, Corea, México, Brasil, logramos algo muy importante: encontrar ese sentimiento de felicidad y reivindicar la belleza de lo natural. Es un poco la poesía del ser humano intentar fabricar artificialmente esa naturaleza que cada vez nos queda más lejos. Y ahora nos surgieron ganas de ponerle un poco más de picante, tensión, misterio. Así que, en esta vuelta a nuestra sala en Buenos Aires, estamos aprovechando para trabajar en esas modificaciones.

-Lo que hacen está muy conectado con el teatro callejero y el carnaval, ¿cómo logras llevar esa energía tribal a un show, sin que la tecnología opaque su esencia de “calle”?
-El sistema es que la tecnología nos ayude a lograr nuestros objetivos artísticos. Siempre digo que nosotros hacemos un show muy primitivo con tecnología del siglo XXI, pero no la mostramos, está integrada, es un instrumento que nos ayuda a manejar un montón de cosas, es un medio que posibilita la magia.
-En una era dominada por la hiperconexión a las pantallas, ¿qué valor diferencial crees que ofrece una experiencia como la de Fuerza Bruta?
-La verdad es que estamos todos re adictos a las pantallas. Creo que, justamente por eso, el evento en vivo del teatro tiene un valor cada vez más grande. Fuerza Bruta es una experiencia absolutamente colectiva. Mientras que una película, un libro o una canción la podés disfrutar solo, nuestro show tiene que ver con lo que le pasa a la gente que te rodea también, es muy física la experiencia, por eso es muy diferente ver un espectáculo nuestro en Japón, en Londres o en Buenos Aires, aunque sea el mismo.

Nosotros buscamos que lo que hacemos tenga un impacto en el cuerpo y eso es lo opuesto a estar mirando el celular alienado. Y después está el tema que si bien el show es muy veloz, no va tan rápido como yo quisiera, para mí el ritmo es clave, en ese sentido, me da mucha envidia el cine.
-¿Por qué?
-El cine, como lenguaje, te ofrece la posibilidad de tener un ritmo infernal, podés contar dos cosas al mismo tiempo, tenés muchísimas herramientas pero, a la vez, es frío, porque estás sentado mirando algo terminado. Con lo que hacemos nosotros, si bien tiene lo salvaje y lo real del teatro, cuesta un montón lograr velocidad. Pensá que tenemos una escenografía gigante que pesa cinco toneladas y tenemos que dejar a los actores ahí, y mover al público. Si queremos que vean una cosa 50 segundos, después otra de 30 segundos, o que pasen dos cosas al mismo tiempo, es un desafío gigante, tenemos esa “lucha” constante entre la dirección artística y la técnica, entre lo que queremos y podemos.
-¿Cuáles son tus disparadores a la hora de gestar un espectáculo?
-No es tan fácil contestar eso, porque es algo físico, es el deseo profundo de que algo exista. La inspiración viene del carnaval, la fiesta, la naturaleza, la belleza, de pararte frente a una ola en el mar, que te emocione y preguntarte cómo podés recrearlo y dárselo a la gente. Pero después es tan poco intelectual el proceso creativo que trato de escaparle todo el tiempo a pensar demasiado y buscar razones. Por ahí empiezo a entenderlas una vez que el show está listo y me hacen un reportaje pero, dentro del proceso creativo, la intuición y el deseo son claves.

También está el misterio de por qué hacemos esto, porque en realidad, no sirve para nada, no estamos inventando algo para que frene mejor una rueda o construyendo un puente. Estamos pensando cosas que no tienen ningún sentido hasta que de repente ves al público sonreír, saltar, abrazarse, salir felices y decís, “Es por esto que lo hacemos”, es algo intrínseco del ser humano. Y ¡por suerte existe gente que quiere hacer arte sin preguntarse tanto!
-¿Cuál fue el momento clave que te llevó a dedicarte al teatro?
-Desde que puse un pie en el Conservatorio en el año '85, que fue sin haber visto ni una obra de teatro en mi vida, no paré de pensar todos los días en cómo hacer alguna escena con la que sueño. Es que terminé el colegio en plena dictadura, ¡imaginate!, no tenía idea de nada. Me encantaba la música, y a través de las tapas de los discos intuía que existía otro mundo en algún lugar. A los 18, cuando dije “quiero hacer teatro”, en mi casa me miraron como a un loco. Mi viejo me dijo “Pero si nunca fuiste al teatro, ¿de qué hablás?”, y tenía razón, pero le contesté “No me importa, voy a hacerlo, y si no es teatro, inventaré un arte nuevo”. Fue un quiebre con todo y con todos, y así arrancó mi viaje que sigue hasta hoy.

-¿Qué aportó la incorporación de tantos artistas jóvenes al desarrollo general de “Aven”?
-En “Wayra”, el espectáculo anterior, trabajamos con actores que bailaban y ahora estamos trabajando con bailarines que actúan y me encanta, tienen una libertad que el actor no tiene. Los bailarines hacen lo que sea y se entregan felices de la vida, en cambio, el actor es más rebuscado. Cuando estudias actuación todo tiene que tener un sentido: “¿De dónde venís?, ¿Por qué?”. Porque sí flaco, no importa tanto, después, cuando se arma el espectáculo y funciona, entendés el viaje, pero en el momento creativo te tenés que entregar. Además me encontré con una generación muy diferente a la nuestra, nosotros somos mucho más “torturados” de alguna manera (se ríe). Trabajando con estos jóvenes, veo que tienen una capacidad muy grande de disfrutar y eso es casi envidiable, los veo laburar y me pregunto “¿Por qué yo no puedo ser así de feliz?”
-¿Podés adelantarme alguno de los invitados especiales que va a haber en esta temporada?
-Estamos trabajando con Flor Jazmín, la verdad que es divina, tiene mucho entusiasmo y es una bailarina de la puta madre. Es ese tipo de gente que tiene una presencia particular, una magia innata, así que estamos felices.

