Fernando Gago, escribiendo la historia: el DT de Boca Juniors va en busca de la gloria
Si como futbolista tuvo que retirarse por un cúmulo de lesiones, su faceta como entrenador demanda un ejercicio de redención. De regreso en Boca Juniors, el club de sus amores, se prepara para la gran oportunidad de su carrera.
Todo oscurece. El estiletazo, de repente, le abre la puerta de bienvenida al silencio. Ensordecedor silencio. Tenebroso clima sombrío. Ya era de noche, pero ahora el ambiente se apaga por completo: ya no queda ni el mínimo resplandor. El cuerpo, sin contacto alguno, desciende desplomado al ras del césped. Parece no haber vida después de este instante cubierto de tinieblas. Ya no queda nada.
Son las 22:56 en Madrid, la capital de España. El estadio Santiago Bernabéu, imponente, espacioso, desbordado de almas que enloquecen ante el epílogo de una jornada que habrá permanecido grabada a fuego para siempre. No hay posteridad que pueda trascender. El tiempo, como nunca antes, será derrotado. Los privilegiados presentes. Los hijos de los presentes. Los nietos, los bisnietos y los que vendrán todavía más allá del devenir de las épocas. Generaciones enteras hablarán de este día.
Por eso duele. Y cómo duele. El cuerpo, inmóvil. Son las 22.56. El reloj parece detenerse en la nada. La oscuridad, aterradora, ya había entregado una porción de aire renegrido siete minutos atrás, en el desarrollo de una acción digna de los magos: el colombiano Quintero había descargado un zurdazo que limpió, con la celeridad de la luz, las telarañas que colgaban del ángulo superior izquierdo de Andrada. Debió ser en Buenos Aires, pero es en Madrid. Debió ganar Boca en el Monumental de Núñez, elucubró su mente, pero gana River en la gélida Madrid. Debió encumbrarse el jolgorio de la épica, pero reina el sosiego de los cementerios.

Fernando Gago, con el alma en trizas, con sus 32 abriles astillados por un insoportable cúmulo de lesiones, sabe que ya no había espacio para más. El abrupto corte del tendón de Aquiles del pie derecho lo derrumba en el suelo y, en simultáneo, coloca el punto final. Se aleja la Copa Libertadores que había imaginado mil y una noches. Se escapa, en definitiva, lo que queda de su carrera como futbolista profesional. Partidos más, partidos menos, ya no habrá nada detrás de la fatídica velada del 9 de diciembre de 2018.
El vuelo de un prodigio
En la Argentina hablan de Gago. En Europa Occidental, el punto neurálgico del mapa-fútbol, hablan de Gago. Acá, allá, todos hablan de Gago. El exquisito volante central, que había debutado con la camiseta de Boca dos años atrás en un olvidado partido ante Quilmes, se erigía como el monarca de la mitad de la cancha y coleccionaba trofeos. Afianzado de la mano de Alfio Basile, ya había celebrado el Apertura 2005, la Copa Sudamericana 2005, la Recopa 2005, el Clausura 2006 y la Recopa 2006.
Otra vida, por cierto. No había doble cinco. No había volantes internos ni extremos. El diamante de incipiente brillo contaba apenas 20 otoños y ya no tenía techo aparente. Miraba hacia arriba y todo era cielo por conquistar. Tampoco tenía precio. Hasta que un día lo tuvo: la cifra rozaba las nubes. El 19 de diciembre de 2006 se aprobó la transferencia de su pase. Pagarían nada menos que 27,7 millones de dólares de la época por su jerarquía posicional. Jugaría nada menos que en el Real Madrid. Sería la mayor venta de la historia de Boca Juniors.

El mundo de la pelota estaba a sus pies. Las comparaciones, entonces, resultaban inevitables. La elegancia, el despliegue, la cabellera: llegaba el sucesor de Fernando Redondo a la Casa Blanca. Predrag Mijatović, histórico jugador y entonces director deportivo del Merengue, lo había llevado para convertirse en el heredero. “Tiene todo para ser incluso mejor que Redondo”, disparaba sin tapujos el montenegrino, encargado de la renovación del plantel blanco una vez finalizada la hegemonía de los galácticos.
No fue el nuevo Redondo, claro, pero su personalidad y su refinado talento le bastaron para ganar cuatro títulos con el Real Madrid, el club más ganador de la historia. La permanencia de los elegidos: fueron más de 120 partidos envuelto en el manto blanco. También le alcanzaron para jugar una Copa del Mundo con la Selección Argentina. Para actuar en equipos de primera línea internacional como Roma y Valencia. Para retornar a Boca y, de nuevo, consagrarse campeón. Para entregar parte de su delicadeza como una ofrenda para los hinchas de Vélez. Todo un logro, sobre todo, por haberlo conseguido en medio de una sacrificada lucha contra los fantasmas: sus lesiones.
Volver de las cenizas
Habrá que sumergirse en las profundidades de los registros para encontrar un jugador de semejante talla que haya atravesado más problemas físicos que Gago. El número surge definitivamente escalofriante: sufrió 24 lesiones entre 2008 y 2020, el año de su retiro. Nadie sin una distinguida personalidad se sostiene tanto tiempo en el más alto nivel ni se recupera innumerables veces después de haber tocado el fondo del fondo.
Roturas de ligamento cruzado. Recurrentes problemas musculares. Roturas de los tendones de Aquiles. Desgarros varios. Aductor. Muslo. Rodilla. Desmenuzar el calvario provoca miedo: el ex mediocampista se perdió 1.491 días de competencia durante su trayectoria producto de las lesiones. Para dimensionar: mientras duró su carrera, en suma, se mantuvo más de cuatro años inactivo.

Siempre trabajó al extremo para volver. De las cenizas construyó una ilusión de bandera. Nunca alimentó el rencor. Al contrario: edificó un andamiaje aceitado para transitar el aprendizaje. Una reflexión lo grafica en su totalidad: “En los últimos años de mi carrera me operé cinco veces: tres de tendones de Aquiles y dos de los cruzados. Sería un mentiroso si dijera que estar lesionado me hizo crecer, pero sí encontré el lado positivo. Sí, me lesioné cinco veces, pero… ¿quién pudo recuperarse y volver cinco veces después de una lesión? Tengo amigos que me dicen que les duele la rodilla y no pueden jugar al fútbol”.
El vértigo, atributo del superviviente
Gago conoce la sensación de caminar por la cornisa, en términos figurativos, acaso mejor que ningún otro actor del deporte. Tantas veces derruido, tantas otras resucitado, jamás le tuvo temor ni respeto al vértigo. Golpe por golpe, a todo o nada. La faceta de entrenador del ex volante de recuperación exhibió, en pocos años de sendero, una filosofía que tiene doble valor: no se negocia, ni siquiera por los grandes nombres, y además oficia día a día como una declaración de principios.

El esquema 4-3-3 lo abraza por completo: jugadores veloces, extremos punzantes, velocidad para interceptar, pura verticalidad. La idea quedó plasmada desde su debut en el banco de Aldosivi. “Me gustan los equipos que juegan bien a la pelota, que tienen posesión y que son intensos; hoy los tiempos son cortos y la presión es distinta”, expresaba el joven técnico influenciado, sobre todo, por el español Luis Enrique, quien lo dirigió en Roma.
Su arranque como DT bien pudo catalogarse como una nueva lesión en el plano metafórico: la acumulación de partidos sin ganar en el Tiburón le dio lugar a diferentes cuestionamientos, pero con el tiempo consiguió plasmar su concepto. Tanto que, en cada paso que avanzó en su etapa como entrenador, en Racing y en Chivas, nunca hubo espacio para dudas respecto de la manera de jugar de sus equipos.
La gran oportunidad
La vida es un círculo. Todo vuelve a su lugar. Desde que llegó a las inferiores de Boca, un cuarto de siglo atrás, el camino de Gago siempre estuvo vinculado al mundo xeneize. Gago no puede vivir sin Boca: hay un magnetismo acreedor de las historias más puras de amor. Y, como en toda historia de amor, las partes siempre se reencuentran.
“Vuelvo a casa”, soltó apenas arribado en el aeropuerto de Ezeiza, en octubre pasado, horas antes de asumir como nuevo entrenador de Boca. Había tironeado con todas sus fuerzas para que el hilo rojo, por más resistencia que impusieran los mexicanos de Chivas, se enlazara con su destino. Rechazó una fortuna y se hizo cargo del timón en las aguas turbulentas de un equipo que necesita volver a ser.

La oscuridad todavía lo persigue. El desconsuelo de aquella final de Madrid habrá sido la última sensación de Gago como futbolista con la camiseta de Boca. Su motor existencial, en lo más profundo de la sangre azul y oro, demanda un ejercicio de redención.
“El alma duele más que el tendón. Pero aprendí que siempre se puede salir adelante. La lesión me preparó para recuperarme de nuevo, una y otra vez. Para volver a ponerme de pie y enfrentarme a cualquier batalla, incluso cuando casi nadie lo crea posible”, dijo alguna vez, acaso en lo que fuera un involuntario vaticinio del futuro próximo. Porque pronto, para el técnico de Boca, habrá otra Copa Libertadores. Habrá supervivencia. Y habrá, entre las tinieblas, por fin, un poco de luz.
Fotos: China Sanjuan @chinasanjuann

