Serena Williams: los récords, el racismo, la maternidad y todas las batallas de una campeona que se transformó en un concepto 

La tenista más destacada de todos los tiempos se alejó del deporte con triunfos que exceden los límites de la cancha y cambió para siempre el paradigma del tenis.

Por Pablo Amalfitano

“Llega un momento en la vida en el que tenemos que movernos en una dirección diferente. Es difícil cuando amás algo; me gusta el tenis, pero ya comenzó la cuenta atrás. Tengo que concentrarme en ser madre y en mis metas espirituales para descubrir otra Serena”, contó Serena Williams, acaso la tenista más destacada de todos los tiempos, en una fabulosa producción de la revista Vogue. El anuncio: su retiro, con 40 años, nada menos que en el Abierto de los Estados Unidos. La leyenda, la forajida, la luchadora de carácter, moldeada más de 20 años atrás en pleno racismo, colgaría la raqueta.

Sábado 17 de marzo de 2001. Indian Wells. El desierto de California surgía como el escenario inmejorable para una final entre dos de las estrellas que dominarían el tenis femenino durante los siguientes años. De un lado estaba la belga Kim Clijsters, con 17 años y una amalgama interminable de variantes, fiel a las formas de los 80 y los 90. Del otro, la antinomia: explosión, fuerza, potencia, físico. Todo confluía en una incipiente Williams, de 19 años, que ni siquiera imaginaba entonces que iniciaría un nuevo paradigma en el mundo de las raquetas. Un choque de modelos en un contexto inusual.

“Nunca quise tener que elegir entre el tenis y una familia. No creo que sea justo. Si yo fuera un hombre, no estaría escribiendo esto porque estaría jugando mientras mi esposa hace el trabajo físico de expandir la familia.”

El clima estaba caldeado: el público recibió a Serena con insultos, burlas de índole racista y abucheos que no cesarían en todo el partido. El odio había comenzado a irradiar cuando su padre Richard y su hermana Venus, otra joven figura del circuito, aparecieron en el estadio. La gente había anidado el enojo el día previo: ambas hermanas debían disputarse el pase a la final, pero escasos minutos antes, Venus anunció su baja por una lesión en la rodilla derecha. El inherente atractivo de un Serena vs. Venus había quedado trunco y la prensa alimentaba la idea de un arreglo por parte de Richard.

La menor de las Williams jugó toda la final entre lágrimas. La sufrió. Y ganó más que un título: comprendió que había una pelea que trascendía los límites de la cancha. “No estaba ahí para partirme la cara por los señoritos de pelo teñido de Palm Springs. Estaba ahí por mí, y la gente tenía que entenderlo. No soy diferente a cualquier otro deportista”, narró, más tarde, en su biografía My Life. Queen of the Court.

No era un partido más, desde luego. Aquel sábado configuró la versión más contestataria, acabada, reaccionaria de Serena, una jugadora que ya había triunfado en el US Open de 1999, con 17 años, y había tomado el legado social de Althea Gibson, la primera mujer afroamericana ganadora de un Grand Slam. Una Serena que, durante las siguientes dos décadas, edificaría un mito para no conformarse con ser una gran campeona. Porque marcar que Serena es la mejor tenista de todos los tiempos es una afirmación demasiado corta para su persona: Serena se transformó en un concepto.

GÉNESIS

Richard Williams nació en 1942 en un barrio carenciado de Shreveport, Luisiana. Creció con cuatro hermanos, sin padre y con la segregación racial a flor de piel. Con veinte años recaló en Los Ángeles, donde se casó con Betty Johnson, tuvo tres hijos y tres hijas. Se divorció y, años después, en 1979 conoció a una enfermera de Michigan llamada Oracene Price, vínculo del que surgieron Venus y Serena.

El punto de inflexión fue en mayo de 1978, cuando vio por televisión a la rumana Virginia Ruzici en la entrega de premios de Roland Garros, instante en el que cobró un cheque de 40 mil dólares. Entonces decidió que sus futuras hijas serían campeonas. Compró una raqueta de segunda, leyó libros, aprendió técnica y diseñó un plan escrito de 78 páginas. Tiempo después, con las niñas Venus y Serena, la familia se instaló en la peligrosa Compton, ciudad en la que Richard forjó a sus pequeñas combatientes.

Años de crecimiento en condiciones adversas, en plena desigualdad, colmados de prácticas en canchas públicas, marcaron a las dos hermanas tenistas, que a principios de los 90 se mudaron con su familia a Florida, donde el entrenador Rick Macci dirigía una academia. El sueño tomaba forma. Hacia finales de la década, las Williams ya jugaban en profesionales mientras se entrenaban en una cancha que Richard había mandado a construir en su casa. La génesis de la leyenda se concretó en el US Open de 1999, cuando Serena venció en la final a la número uno del mundo, Martina Hingis.

HEGEMONÍA, LESIONES Y RÉCORDS

El dominio de Serena Williams ya empezaba a ser abrumador desde los primeros 2000. Descolló junto con su hermana, con quien disputó partidos inolvidables, pero su hegemonía modificó la manera de jugar para siempre. El legado de Serena, en términos deportivos, es el despliegue del tenis: más rápido, más potente, más arrollador, más vigoroso. Así se juega ahora; así se juega por Serena.

El 8 de julio de 2002 llegó al número uno del mundo por primera vez, con 20 años. Entre esa temporada y la siguiente ganó su primer “Serena Slam”, los cuatro grandes torneos en fila, aunque no en el mismo calendario: Roland Garros, Wimbledon, el US Open y Australia. En agosto de 2003 se operó un tendón desgarrado de la rodilla izquierda. Un mes después, su hermanastra mayor fue asesinada en Compton por haber estacionado su auto cerca de unos narcos. Volvió en 2004 y, a partir de 2005, no paró de ganar. 

“Te voy a matar”, le dijo a la jueza de silla Louise Engzell cuando perdía en las semifinales del US Open 2009 ante Clijsters. Terminó descalificada: 83 mil dólares de multa, sin suspensión pero condicionada por dos años. En 2010 fue operada de un tendón lacerado del pie tras haber pisado cristales hechos trizas en un restaurante de Múnich. En 2011 se sometió a un tratamiento de urgencia por un hematoma producto de una embolia pulmonar. Volvió a ganar en 2012 y recuperó el número uno en 2013. Con 31 años era la más veterana desde la creación del ranking, en 1975. Ganó y ganó. En 2015 volvió a triunfar en tres Grand Slams.

CATSUIT Y DERECHOS POR EMBARAZO EN EL TENIS

“¿Alguien quiere un catsuit? Para todas las madres que tuvieron una dura recuperación del embarazo, acá está. Si yo puedo hacerlo, ustedes también pueden”, escribió Serena en sus redes sociales en medio de la polémica que despertó su llamativo atuendo en Roland Garros 2018, el primer Grand Slam que jugaba desde su regreso luego de haber dado a luz, el 1º de septiembre de 2017, a su hija Olympia.

La menor de las hermanas había ganado, en enero de 2017, el último de los 23 trofeos de Grand Slam que hay en sus vitrinas. El Abierto de Australia le permitió alcanzar el récord de más títulos grandes en la Era Abierta. Aunque quedó una corona por debajo de la marca absoluta, en manos de la australiana Margaret Court (24 en total), Serena conquistó su último Slam sin saber que ya estaba embarazada.

Estuvo 14 meses afuera: ganó en Melbourne como la número uno del mundo y volvió en Miami, en marzo de 2018, como la 491ª, porque la WTA no protegía a las jugadoras de elite que quisieran ser madres y consideraba al embarazo como una lesión. 

El impulso del caso Serena modificó la matriz: en diciembre, la WTA anunció que, a partir de 2019, aquellas jugadoras que regresaran de su baja por maternidad mantendrían su ranking y sus derechos de acceso a los torneos.

En el medio, otra victoria por las mujeres. Antes de volver, en enero, había revelado que tuvo una cesárea de emergencia, con coágulos de sangre y complicaciones adicionales por la antigua embolia pulmonar. El catsuit, el traje negro de una sola pieza de lycra, “un homenaje para todas las madres”, oficiaba entonces como un atuendo que facilitaba la circulación sanguínea, pero que también despertaba la ira del sector más conservador del tenis. Roland Garros tiene historia, pero Serena, tan grande, se quedaría con otra batalla. 

Ante la reticencia por parte de la Federación Internacional de Tenis (ITF) y la Federación Francesa de Tenis (FFT), la marca de la pipa, sponsor de siempre de Serena, salió a respaldarla: “Pueden quitarle el traje a la superheroína, pero nunca podrán quitarle los superpoderes”. 

Esta vez, a la hora de anunciar su retiro, aseguró: “Nunca quise tener que elegir entre el tenis y una familia. No creo que sea justo. Si yo fuera un hombre, no estaría escribiendo esto porque estaría jugando mientras mi esposa hace el trabajo físico de expandir la familia”.

La superheroína, aquella que le había ganado al racismo recalcitrante del Valle de Coachella, se habrá ido del sistema, en efecto, sin haber dejado de luchar, la acción que la define como un concepto.

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