Un recorrido por la vida de Gabriela Sabatini, a poco de un regreso que marcará la historia

Luchó punto por punto con verdaderas leyendas, se plantó con las reglas de un sistema que la atosigó y, a partir de su aparición, se erigió como un faro para cualquier mujer de estas latitudes que quisiera tomar una raqueta.

Por Pablo Amalfitano

El tiempo tiene una característica indeleble: siempre gana. No hay distinción para la aguja de un reloj. Si bien el devenir de las horas configura una batalla perdida para todos, hay ciertos mortales que parecieran tener una suerte de protección abstracta. Aunque muy pocos puedan creerlo, en ese sentido surge una certeza espiritual: Gabriela Sabatini tiene la fórmula para vencer al único rival invencible.

Pasarán los días, correrán los meses y se esfumarán los años, sin ningún tipo de remedio, pero la mejor tenista argentina de todos los tiempos siempre será la misma. Sus decisiones de vida habrán edificado una personalidad diferente, capaz de establecer principios y sentencias sin la usual influencia del éxito. Pero su esencia permanecerá intacta.

Aquella niña de seis años que comenzó a pelotear en el frontón del club River, aquella maravillosa junior que silenció al mundo en Roland Garros con 14 años y aquella singular jugadora que palpó la gloria máxima en el US Open siempre convivirán con la mujer que decidió marcar el inicio y el fin, el origen y el epílogo, solo impulsada por su cosmovisión personal. Sabatini, en términos infinitos, consiguió dominar el tiempo.

“Quedé muy cerca de ser número uno; eso me comía la cabeza, me bloqueaba en la cancha. Había un tema psicológico que ojalá hubiera podido trabajar.”

Lleva dos décadas y media lejos del vórtice que engloba al circuito profesional, ese mundo que la llevó a poner límites en los tiempos de su carrera, pero siempre hay una oportunidad para reaparecer y brillar: el carisma, la personalidad y la inspiración de Gaby volverán a encandilar las propias luces de París, la ciudad en la que ganara la edición de menores en 1984 y donde alcanzara, en 1985 y con solo 15 años, la primera de las cinco semifinales en profesionales.

Nada de ello habrá resultado suficiente. Roland Garros volverá a recibirla con toda su magia: a finales de mayo, Sabatini jugará el Trofeo de las Leyendas, el tradicional certamen para reconocidos ex jugadores que se reúnen con el propósito de competir sin las viejas obligaciones. Esta vez, a sus 52 años.

LA SALUD MENTAL Y LA NECESIDAD DE FRENAR

“Fue difícil enfrentar el anuncio de mi retiro. Quería decirle al público que no era por la edad, sino que ya era mi tiempo y que me hacía feliz tomar esa decisión”, reflexionó alguna vez Sabatini, tan talentosa como introvertida, igual de explosiva con la raqueta que tímida con las palabras.

Desde sus inicios quedó clara su dualidad: disfrutaba mucho del juego pero no le gustaba hablar. La furiosa irrupción en el circuito grande, no obstante, la empujó a habitar un espacio de profunda exposición. Gaby detonó sus cualidades deportivas tan temprano que debió hacerse cargo de toda esa presión desde muy chica. Creció y forjó su carácter en una vorágine que la desgastó y que acaso justifique por qué decidió retirarse de manera tan intempestiva a sus 26 años.

Tiempo después llegó a decir que dejó el tenis antes de tener que odiarlo y, como si no alcanzara, incluso admitió haber perdido varios partidos en instancias finales porque tenía claro que, en caso de ganar los torneos, tenía que pararse frente a los micrófonos. Los contornos de ese cerrojo, los resistentes límites de esa burbuja que llegó a asfixiarla, no pudieron contener todo su esplendor dentro de los márgenes de la cancha. Una vez que se paraba de un lado de la red no tenía necesidad de esbozar vocablo alguno.

Si bien convivió en la última era dorada del tenis femenino, con jugadoras de estatus celestial como Monica Seles, Steffi Graf, Martina Navrátilová o Chris Evert, no necesitó mucho más tiempo para cimentar su legado sobre la base de triunfos. Porque Sabatini luchó punto por punto con verdaderas leyendas, se plantó con las reglas de un sistema que la atosigó y, a partir de su aparición, se erigió como un faro para cualquier mujer de estas latitudes que quisiera tomar una raqueta.

Con 15 años ganó, en Tokio, el primero de sus 27 títulos del circuito mayor; conquistó cuatro veces el torneo de Roma, luego bautizado como “Gabylandia”; se colgó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Seúl, y llegó a ser nada menos que la número tres del mundo.

El apogeo enérgico y deportivo de su vida, sin embargo, emergió en Nueva York, la metrópoli que la enamoró para siempre y exhibió su mejor versión. En la Gran Manzana ganó dos veces el Masters de fin de año en el Madison Square Garden, en 1988 y 1994, y construyó el máximo logro de su carrera: el Abierto de los Estados Unidos de 1990.

Aquella producción en Flushing Meadows resultó premonitoria: alguna vez la propia Gaby sostuvo que el primer día de aquel torneo supo que levantaría la copa. Estaba instalada entre las mejores pero recibía muchas críticas. Por eso aquel US Open surgía como una cita especial. Apoyada en el aspecto emocional por el psicólogo Jim Loehr, pionero de la disciplina en el tenis, Sabatini ganaba el título más relevante de su vida.

LA HUMANIDAD POR ENCIMA DEL SISTEMA

El factor humano de Sabatini y la empatía que desborda su naturaleza quedaron reflejados en un instante. Un voto que representó, como en cada aspecto de su existencia, una declaración de principios. Monica Seles tenía apenas 19 años, llevaba 178 semanas al frente del ranking WTA y había ganado 32 títulos del circuito, ocho de ellos de Grand Slam. El mundo del tenis asistía a un nuevo rediseño del mapa competitivo y al nacimiento de una nueva era. La niña prodigio no tenía rivales: dos años antes había desplazado de la cima a Graf y el cambio de guardia ya era un hecho.

El 30 de abril de 1993, cuando jugaba los cuartos de final del torneo de Hamburgo, Seles sufrió el atentado que modificaría la historia del tenis: fue apuñalada por Günter Parche, un fanático de Steffi Graf que se le acercó por la espalda en un cambio de lado y le clavó un cuchillo de 25 centímetros de largo.

Pocos días después, mientras Seles se recuperaba del ataque, las mejores jugadoras votaron en Roma para decidir si la WTA debía congelar o no el ranking de la yugoslava. Participaron 17 de las 25 mejores del planeta. El resultado fue negativo y “casi unánime”, con apenas una excepción: Gabriela Sabatini, la única que se abstuvo porque creyó que Seles debía mantener su posición hasta que pudiera volver a jugar.

Las palabras de la propia Seles, quien ganaría su noveno y último Grand Slam en Australia 1996, demostraron la humanidad de Sabatini: “Gaby fue la única que me respaldó. Decidió y pensó como persona en lugar de privilegiar el ranking y el negocio. Por eso le tengo mucho aprecio”.

LA LÍNEA HACIA LA CIMA Y EL ARTE DE VOLVER

Aquella pelota dudosa que cayó de su lado en el match point ante Graf, en la final del US Open de 1990, simbolizó la misma estrecha línea que, un año después, la separó del número uno del mundo, un suceso que la marcó en el aspecto mental.

El choque definitorio de Wimbledon 1991, también contra la alemana, se instaló en la memoria colectiva por los dos puntos que privaron a Sabatini de ganar el torneo más valioso del planeta y de llegar a la cima del ranking mundial. Se imponía 5-4 y 30-30 con su saque en el tercer set, pero cayó 6-4, 3-6 y 8-6. Ese partido, según su propia confesión, volvió a jugarse en su mente: “Quedé muy cerca de ser número uno; eso me comía la cabeza, me bloqueaba en la cancha. Había un tema psicológico que ojalá hubiera podido trabajar”.

Años después del retiro admitió la sensación de no haber disfrutado del todo su paso por el tenis, una deuda que más tarde quedó saldada. En marzo de 2015 volvió a empuñar una raqueta en una exhibición que la reencontró con su amiga Seles en el Madison, en un partido para el que se preparó durante varios meses y en el que recobró el genuino placer que tenía cuando era chica de pegarle a la pelotita. El tiempo se rindió ante sus decisiones: Gaby dispuso un freno y, cuando tuvo la necesidad, reactivó su recorrido. Lo hizo en aquel entonces y volverá a hacerlo en Roland Garros. Siempre tendrá un momento para regresar. 

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