Así como todo –desde los medicamentos hasta los chalecos antibalas, pasando por los smartphones y las mesadas de cocina– está diseñado desde y hacia una experiencia masculina, el espacio urbano también. El nuevo desafío es construir de cara al futuro e idear sitios desde la perspectiva de las mujeres y las minorías.


No es casualidad que las mujeres avisemos por WhatsApp si llegamos bien a nuestras casas, que evitemos ciertas calles oscuras a pesar de extender nuestro recorrido o incluso que paguemos el costo adicional de un taxi para eludir el transporte público a la noche.

Esto sucede por una única razón: las ciudades fueron pensadas desde y hacia una lógica masculina, sin considerar la experiencia urbana de las mujeres. Hasta hace un tiempo, el ámbito doméstico parecía ser el único destino posible para nosotras. 

Lo cierto es que, a lo largo y ancho del planeta, sólo el diez por ciento de los puestos directivos en estudios de arquitectura y diseño urbano son ocupados por mujeres, pero además de la baja representación en la planificación, pocas veces somos convocadas para participar en procesos de diseño comunitario.

“Todo asentamiento es una inscripción en el espacio de las relaciones sociales de la sociedad que lo construye. Nuestras ciudades son el patriarcado escrito en piedra, ladrillo, vidrio y hormigón”, escribió la geógrafa feminista Jane Darke en 1996. Las ciudades reflejan los roles de género tradicionales y además moldean la forma en la que vivimos, trabajamos, nos movemos y descansamos. 

En julio del año pasado, Leslie Kern, profesora de Geografía y Medio Ambiente en la Universidad de Mount Allison, en Canadá, publicó Ciudad feminista, un libro que hace foco en los desafíos de moverse por el espacio urbano como mujer desde varias perspectivas (en el período de embarazo, siendo madre, como manifestante, en compañía de otras mujeres), y las desigualdades son evidentes: en los parques sin luz, en las calles en mal estado e imposibles de transitar con un cochecito de bebé, en la falta de lugares públicos para amamantar o de baños exclusivos y en los largos períodos de espera en las paradas de colectivo.

Está comprobado que las mujeres dependen más que los hombres del transporte público y gastan más por mes en él, puesto que no sólo lo utilizan para ir al trabajo sino también para hacer las compras, llevar a los más chicos al colegio y concurrir a los hogares de personas mayores. Mientras que los recorridos de los varones se caracterizan por ser más lineales, los nuestros son, en su mayoría, en forma de zigzag.

Existe una exclusión de infraestructura, está claro, pero además una exclusión psicológica: las mujeres debemos contemplar el miedo a ser atacadas en nuestras rutinas diarias, lo que tiene un costo mental y hasta económico mayor (muchas veces elegimos vivir en barrios más costosos que tengan mayor seguridad o estén mejor iluminados, o en edificios con custodia 24×7). 

Así como todo (absolutamente todo, “desde los medicamentos hasta los chalecos antibalas o los muñecos para simulaciones de choques automovilísticos, desde los smartphones hasta las mesadas de cocina o la temperatura en los lugares de trabajo”, describe Kern) está diseñado, testeado y configurado para ajustarse a los estándares de los cuerpos masculinos y sus necesidades, el análisis de la planificación urbana demuestra que sus claves han sido pensadas para un habitante promedio que, por sus necesidades, sus movimientos y sus horarios, también es un varón. Eso sí: uno blanco, heterosexual, de clase media alta y sin discapacidades. 

Por esta razón, a principios de 2020, el Banco Mundial lanzó un “Manual para la planificación y el diseño urbanos con perspectiva de género” que busca responder a interrogantes, como ¿de qué manera podríamos planificar y diseñar ciudades que funcionen bien para todas las personas? En el manual se presentan enfoques prácticos, actividades y directrices que muestran maneras de implementar un proceso de diseño participativo e inclusivo en que se analizan las experiencias y los usos de la ciudad desde la perspectiva de toda la ciudadanía.

Aunque nada de esto es una novedad: desde fines del siglo pasado, en distintas ciudades del mundo se estudian las políticas públicas y el presupuesto estatal con una perspectiva de género para hacer de los espacios urbanos lugares menos hostiles para las mujeres y las disidencias. Y en algunos casos, el panorama cambió. 

En Estocolmo, por ejemplo, se logró imponer una estrategia para la remoción de la nieve que prioriza las veredas, las bicisendas, los carriles de autobuses y las zonas con centros de día, al tener en cuenta que las mujeres, los niños y las personas mayores son más propensos a caminar, usar la bicicleta o el transporte público.

En ciudades de todo Canadá se construyeron cooperativas de viviendas destinadas a grupos de bajos ingresos con necesidades específicas, como madres solteras, mujeres mayores o con discapacidades. El sistema de tránsito de Viena rediseñó áreas para facilitar la movilidad de las mujeres y creó promociones de viviendas con fácil acceso a los servicios de salud y de tránsito. 

Pero hay más: en la Argentina, más específicamente en Mendoza, en el barrio La Favorita, también se llevó a cabo una iniciativa con perspectiva de género que resultó exitosa. “Allí los miembros de la comunidad participaron en el diseño de un espacio público, la plaza Aliar, con soluciones concretas en seguridad, acceso y movilidad; repensaron el desarrollo de nuevos espacios, como un área de juegos para niños elevada y fácilmente visible desde toda la plaza, una cancha de hockey, paradas de colectivo, un anfiteatro y una biblioteca. Cada uno de estos nuevos espacios refleja necesidades claras de inclusión de género”, explicó Horacio Terraza, experto en desarrollo urbano y ciudades del Banco Mundial.

Las soluciones están a la vista. Es hora de dar vuelta la historia para alcanzar, por fin, un mundo repleto de ciudades feministas.