Oportuncrisis a full. Con la aparición de la pandemia, y armados de las herramientas inagotables que provee internet, cinco emprendedores tomaron el camino de la reinvención desde una profunda toma de conciencia tanto de los ambientes laborales que integraban antes del cimbronazo como de sus verdaderas vocaciones.


Para todos por igual, aunque para algunos mucho más en particular, la pandemia significó un cimbronazo que tomó mil formas: provocó cambios de hábitos, de signos. Empujó a abismos, remarcó falencias, destruyó lo construido: jubiló, mal llevó y complicó. Así las cosas, el mundo de los sub-40, que andaba sumido entre la automatización de trabajos monótonos, las regalías delgadas y las aspiraciones color beige, tuvo que reinventarse ante la sequía para no echarse a perder del todo.

Por eso, un tendal de jóvenes aprovechó los huecos que generó la crisis mundial, se armó de las herramientas que proveyó internet y se montó a ese envión (de norte sinuoso, peligroso y hasta letal) para lanzarse por su cuenta, modificar actitudes de consumo, explorar nuevos horizontes (económicos, laborales, personales) y aggiornarse a los vientos de cambio. Estas son historias de resiliencia, de oportunidades pospandemia, de penas que cambiaron por luces, de acciones que llevarán la vida –como dicen que dijo Charles Bukowski– a la perfecta carcajada.

COMUNICADOR DE FORMAS

Antes de la pandemia, Alejandro Csome trabajaba buscando documentación, hacía renders, asistía a profesionales en obras de construcción y colaboraba con proyectos para otros arquitectos. “Esos trabajos para terceros me permitían subsistir, pero aún no me había decidido a encarar algo por mi cuenta”, confiesa.

De forma intempestiva, por la llegada del coronavirus, Alejandro fue perdiendo absolutamente todos sus trabajos. “Quedé en cero, sin ahorros, ni seguridad social, ni aguinaldo, ni reintegros, ni nada. Me quedé sin trabajo y andá a cantarle a Gardel.” Eso lo llevó a reconfigurarse (“me la di en la pera”) y a dedicarle más tiempo a su proyecto personal.

Hoy, por esas vueltas de la vida, Alejandro se convirtió en un popular divulgador de arquitectura en redes sociales: arrancó con algunos pocos seguidores, ahora cosecha unos 120 mil en Twitter (@alejandrocsome) y otros tantos miles de suscriptores en Twitch. “Aposté a eso, y lo irónico es que me generó más trabajos de arquitectura”, dice. “Hubo una reivindicación del proceso: conseguí trabajo en lo mío por comunicar arquitectura en internet”, concluye.

Alejandro Csome. La arquitectura como divulgación.

OTRA HISTORIETA

“En mi trabajo anterior, en el que era administrativo en un depósito de una editorial, veía que las ventas para distribución eran cada vez más grandes. Eso me hizo reflotar una vieja idea que tenía”, explica Nahuel Rodríguez, el hombre detrás de Toronja Store, una tienda online de historietas nacionales, estadounidenses y japonesas que nació en plena pandemia.

“Cada vez más, la gente está encontrando una forma de poder tener un emprendimiento propio, de ser su propio jefe y de poder manejar sus tiempos. Cosa que no permite un trabajo de lunes a viernes con jornadas de ocho o nueve horas por día”, sigue. Con su tienda digital (que montó solo, sin socios y a puros tutoriales y que permite todas las formas de pago), Nahuel abandonó su trabajo histórico y le está buscando la vuelta al mundo 2.0.

Y entre sus artículos más vendidos están los mangas Attack on Titan, JoJo’s Bizarre Adventure, algunos títulos de terror de Junji Ito y clásicos de DC Comics, como Watchmen, La broma asesina y Hora cero, entre otros. “Con este proyecto encontré una vía para independizarme.”

Nahuel Rodríguez, superhéroe sin capa. (foto: Andrea Fischer)

UNIVERSO CRIPTO

En el umbral de las turbulencias que trajo aparejadas la crisis sanitaria, Triana Almada perdió su trabajo en gastronomía. Sin opciones en el horizonte, se cruzó con una publicación en redes sociales de unas amigas que estaban estudiando el mundo de las criptomonedas y, de sopetón, se puso a investigarlo. “Aprender sobre cripto es un esfuerzo que se verá reflejado en el futuro”, advierte.

Actualmente, Triana se desempeña como profesora de pilates y de yoga, y en sus tiempos libres bucea en los caireles de las cripto. “Podés vivir de las criptomonedas, sí, y también podés seguir involucrada con otros proyectos. Hay una gran comunidad de gente atrás de todo esto que tiene sus vidas y, en paralelo, estudia, invierte e investiga en este mundo económico”, explica.

En sintonía con las nuevas tendencias digitales, Triana está pesquisando en el mercado de divisas (Forex), que permite el intercambio descentralizado. “La realidad es que, como consecuencia de la pandemia, al igual que muchas personas, quedamos un poco expuestas en cuestiones laborales, así que tuvimos que reinventarnos. Eso significó para mí pensar en la posibilidad de trabajar desde casa en un mundo nuevo que no tenía nada que ver conmigo”, devela.

Triana en el cielo con criptomonedas

CAFECITO, POR FAVOR

Con un timingalineado al punto de máxima ebullición de los generadores de contenido, la plataforma Cafecito aportó una solución práctica y concreta al dilema de los financiamientos: a cambio de un pequeño monto, las comunidades pueden “bancar” a sus creadores favoritos.

En palabras de Damián Catanzaro, su fundador: “Cafecito nació de una necesidad mía de querer monetizar un contenido que hacía en ese momento, que eran tips y tutoriales de programación. Y, al no encontrar nada local y ver que había varias plataformas extranjeras en dólares, se me ocurrió la idea de preguntar por Twitter si les copaba que armara una web así, con pagos locales. La idea fue bastante bien recibida”.

En apenas tres meses, Cafecito le generó un ingreso tal que le permitió pagar el alquiler de una, así que, sin más, dejó su trabajo y se volcó de lleno al proyecto. “Les comenté a mis jefes lo que iba a hacer, me superapoyaron y me dejaron las puertas abiertas.” Desde acá, algunos datos bomba: actualmente cuenta con unas 200 mil cuentas creadas, con un promedio de 950 mil personas pasando por la plataforma y con un estimado de mil transacciones por día. “Después de un año y pocos meses de vida, se movieron más o menos unos 900 mil cafecitos.”

Damián Catanzaro. La fuerza de una idea.

HACIA UN CONSUMO MÁS RESPONSABLE

Hace unos años que la productora y realizadora audiovisual Lucía Lubarsky se hizo vegetariana, y siempre que puede hace compost. “Un amigo me regaló lombrices y ahí empezó la experimentación”, cuenta. Por caso, durante la pandemia, a los compost les sumó la decisión de optar por un consumo responsable y barrial, así como también la de apostar por la biocosmética de microemprendedores.

“Empecé a comprar verdura, fruta y yerba agroecológica, y si buscás bien y no te quedás con la primera opción, hay nodos económicos y tan surtidos como un supermercado, que directamente trabajan con productores pequeños”, advierte. Asimismo, fruto del sismo global ocasionado por la covid-19, decidió hacer todas sus compras en pequeños locales barriales: “Son lugares en los que conozco a las personas que atienden y sé lo que les costó sostener el local en pandemia”.

Con estas acciones micropolíticas concretas, Lucía trata de colaborar para sostener el tejido social. “Hay que hacer el esfuerzo de salir del ombliguismo”, agita. En su casa, composta todo lo orgánico no condimentado, menos cítricos y bananas (“porque mi compost es chiquito y es muy difícil que se degraden”). Y en su huerta, emplazada en su balcón/terraza, tiene tomates cherry, cebolla de verdeo, romero, perejil, pimientos putaparió, lechugas de distintos tipos y, para ahuyentar bichitos, flores como geranios y caléndulas.