Violencia estética y los cuerpos del verano: ¿alcanza con el amor propio o llegó el momento de cambiar la mirada?

En la era de la corrección política, la violencia estética sigue vigente y goza de buena salud. El último tabú es nada más y nada menos que el traje de baño, y nadie se salva de los mandatos.

Ella vive en un pueblo donde todos se conocen, es la hija del carnicero y da una mano en el negocio familiar entre achuras, chuletas y una media res. Es una adolescente y solo es Sara para sus padres; para los demás, desde sus compañeros de colegio hasta quien fue su gran amiga en la infancia, es "Cerdita". A cada paso, un gruñido escapado del chiquero, una risa cargada de desprecio.

Es verano y todos los pibes del pueblo van a una especie de pileta de agua fluvial. Sara se anima a ir al mediodía, cuando supone que nadie la verá. Está tapada por un toallón porque una gorda que se exhibe será castigada y lo sabe; se asegura de estar sola para quedarse en bikini. Finalmente se zambulle y lo que pasará será un acto de bullying brutal que arrastrará consecuencias impensadas.

Cerdita, la película dirigida por Carlota Pereda, muestra que el verano ejerce una tiranía cruel y el traje de baño sigue siendo ese sopapo que te desorganiza la cara. Los cuerpos no hegemónicos, gordos, viejos, incompletos para el ideal de belleza filtrada, rellenada y dibujada, son el pecado que no se puede nombrar.

No culpes a la playa: los mandatos y la fuerza silenciosa del algoritmo

En España se lanzó la campaña “Verano de igualdad contra la violencia estética”; fue una iniciativa del Instituto de las Mujeres. Tres mujeres con cuerpos gordos, otra con una mastectomía unilateral y la quinta con vello visible en una escena de relax playero con la frase “Disfrútalo cómo, dónde y con quién tú quieras, hoy brindamos por un verano para todas, sin estereotipos y sin violencia estética contra nuestros cuerpos”.

Hasta aquí todo muy loable, si no fuera por el escándalo que se desató días después de la publicación: las fotos utilizadas fueron capturadas de cuentas personales de Instagram sin autorización; a la mujer que tiene una mastectomía bilateral se le dibujó una mama porque de lo contrario “era muy fuerte”. ¿Y la chica que no se depila las piernas? Hablemos de “la” pierna, porque en la vida real sufrió una amputación y lleva una prótesis; la otra pierna, la que vemos en el anuncio, fue creada digitalmente.

La violencia estética les hace creer a las personas que son ellas y sus cuerpos los que están mal, haciéndolas sentir culpables, avergonzadas y cimentando la falacia de que hay corporalidades con un valor social superior.

No hay nada más mentiroso que la corrección política, porque no es una convicción sino pura apariencia. Esos cuerpos inconsultos, robados, con partes agregadas o borradas, como si fuera un rompecabezas de body horror, pueden ser distintos pero no tanto, a ver si todavía molestamos a alguien. El doble mensaje en su máxima expresión.

El término “violencia estética” fue acuñado en 2012 por la socióloga venezolana Esther Pineda G. Si hubiera que reducir la definición a un tuit, podríamos decir que “violencia estética” es toda presión a la que son sometidas las personas para responder a una expectativa y exigencia de belleza.

¿De dónde provienen esos mandatos? De las instituciones más antiguas del mundo: la familia, el colegio, los grupos de pares, los medios... y claro, ese nuevo actor que amplifica la cultura exponencialmente: las redes sociales. La cara de algoritmo es la nueva violencia silenciosa que taladra tu cabeza. No hay manera de escapar, Pineda G cree que todos los seres humanos hemos ejercido violencia estética, la tenemos naturalizada.

Según la socióloga, este tipo de discriminación se basa en cuatro premisas: el sexismo, la gerontofobia, el racismo y la gordofobia. A las mujeres se les exige feminidad, juventud, blanquitud y delgadez. Y aunque hablemos mayoritariamente de mujeres, la violencia no tiene género: hombres cis, personas trans, todes están sujetes a esos ideales instalados en el imaginario colectivo.

La violencia estética les hace creer a las personas que son ellas y sus cuerpos los que están mal, haciéndolas sentir culpables, avergonzadas y cimentando la falacia de que hay corporalidades con un valor social superior. Víctimas y victimarios de un mismo sistema que vigila y castiga lo que se sale de la norma. Panóptico de abdominales, pieles frescas, labios inflamados, naricitas de regla, ojos de animé y remeritas que pregonan el amor propio.

Pineda G tiene su propia visión al respecto y la comentó en el site mexicano La Data Cuenta: “El amor propio no basta, debe cambiar la forma en que las personas son vistas y tratadas socialmente por su imagen y su corporalidad”. El tema es cómo lograrlo si te mirás de perfil y salís corriendo a comprarte un traje de baño modelador.

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Señora, tápese y ubíquese

La vida la agobia. No soporta ser madre, detesta esa rutina doméstica que le va comiendo los talones despacito y sin pausa. Tiene un marido que es adicto al porno, una vida sexual inexistente y cierta atracción inconfesable por un papá de la colonia. Pero su mayor problema es conseguir una malla enteriza roja que disimula la panza y levanta el culo. Porque sin eso la seducción se le antoja imposible, y la competencia con las mamis de la pileta, una batalla perdida.

Esta mujer vive en la película Little Children (2006) y fue interpretada por Kate Winslet. El director, Todd Field, vio en ella a su criatura incómoda, imperfecta, inolvidable. No se equivocó, nuestra Kate nunca se entregó a la domesticación de la industria pero conoce sus presiones.

Desde sus inicios sufrió el acoso de los tabloides británicos, que la apodaron “Corset Kate” porque según ellos solo podía hacer papeles de época debido a su robustez (léase gordura). “Cuando era chica, llamaban a mi representante para preguntarle por mi peso”, recuerda ahora.

La actriz fue una de las primeras estrellas en cuestionar el photoshop de sus producciones, en negarse a retoques digitales extremos en sus campañas publicitarias y en calzarse el rol de abuela sexuada a los 45 años en la serie Mare of Easttown. No es valentía, son sus convicciones desde siempre. Con motivo del 25º aniversario de Titanic, la revista Fotogramas repasó una entrevista que Winslet le había dado en 1997 en la que decía: “Hay gente que por naturaleza es muy flaquita… Bueno, yo, por naturaleza, soy rechoncha. Y me siento feliz tal como soy, aunque sé que no entro dentro de las normas físicas de lo que se entiende como una ‘star de Hollywood’. Mientras hacíamos Sensatez y sentimientos, Emma Thompson me dijo: ‘Si adelgazás para hacer esta película me voy a enfurecer’. Y yo hago todo lo que dice Emma (risas). Creo que mi responsabilidad como actriz es decirles a todas esas chicas obsesionadas por su peso que la vida es corta, y está aquí para ser vivida sin atormentarse”.

Emma Thompson, quien es su amiga hasta hoy, acompaña su pensamiento y reconoce que una de sus mayores torturas ha sido la relación con su cuerpo. Cuando visitó el late night show de Stephen Colbert habló sobre el tema y sobre cómo encarnó a una viuda que contrata a un chongo para experimentar su primer orgasmo a los 62 años en Buena suerte, Leo Grande. Para la actriz fue el mayor reto de su carrera porque debió desnudarse sin tapujos. “Cuando me paro desnuda frente al espejo me resisto a mirarme, siempre estoy haciendo algo o pasando de costadito, me cuesta quedarme quieta y simplemente verme”, dijo Emma, y lanzó la pregunta que nadie quiere escuchar: “¿Por qué me miraría si es horrible? Y esa es la cuestión, toda la vida nos metieron en la cabeza que odiemos nuestros cuerpos. Dejemos de sentirnos mal por cómo somos”.

“El amor propio no basta, debe cambiar la forma en que las personas son vistas y tratadas socialmente por su imagen y su corporalidad.”

(Esther Pineda G, socióloga)

Y mientras se emocionaba en cámara, agregó: “No desperdicien su tiempo, no hagan que su cuerpo sea el único propósito de su vida. Yo viví atormentada por eso desde que tenía 14. ¿Voy a dejar mi curiosidad, mis intereses y mis convicciones para tener un cuerpo socialmente aceptable? Es un envase, es tu casa, es donde vivís y nadie puede juzgarte por eso… pero es muy difícil lograrlo”.

A la mayoría le lleva toda la vida, como dice la escritora Kerry Egan, autora de un curioso libro llamado On Living, donde varias personas que están transitando sus últimos meses de vida comparten sus pensamientos. Más allá de los arrepentimientos por las cosas que no hicieron o por los errores que cometieron, lo más llamativo es la cantidad de menciones al cuerpo. Cómo les cuesta despedirse de él a pesar de haberlo sentido como una fuente de preocupación, vergüenza y culpa.

Las preguntas se repiten: ¿Por qué no habré disfrutado más? ¿Cuándo decidí que las cicatrices de las cesáreas eran feas y había que taparlas? ¿Por qué a determinada edad ya no me metí en el mar?

Apreciarlo antes de despedirlo, seguir bailando cuando se acabe la música, añorar los veranos donde los cuerpos ardientes no eran solo los de la revistas. La rubia y la morocha. Y la gorda. Y la vieja. Y la renga. Y vos también.

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