Verónica Llinás: "El feminismo cambió la forma de hacer humor"

En su regreso al teatro, la artista que dinamitó la escena de los 80 para romper con todos los prejuicios en relación con el humor habla sobre el valor de la ironía, la risa políticamente incorrecta y la cultura de la cancelación. 

Mucho antes de que Ruben Östlund irritara a todos ganando la Palma de Oro en Cannes con Triangle of Sadness, una sátira feroz sobre la lucha de clases, o de que disfrutáramos de las merecidas desventuras sufridas por un grupo de nuevos ricos en The White Lotus, hubo alguien que supo reírse de ciertas criaturas con dudoso abolengo: su nombre era Inés Murray Tedín Puch de Arostegui, y atosigaba a su marido al grito ahogado de “Sosegate, Emilio”.

Aquella Inesita de Viudas e hijos del rock and roll fue interpretada por Verónica Llinás, y aunque estuvo con nosotros una sola temporada, siguió viviendo en la cultura pop hasta hoy.

Porque Vero Llinás, Carpincheta, mujer de los perros, reidora salvaje, secuestrada por el clan Puccio, cuartetera desopilante que educó a Nina, voz omnisciente de historias extraordinarias, tiene la rara cualidad de ver esos detalles casi imperceptibles y convertirlos en actuación, humanidad, verdad o risas que duelen como tarascones.

Verónica Llinás dinamitó la escena de los 80 junto a Las Gambas al Ajillo, el grupo teatral que integró junto a Alejandra Flechner, María José Gabin y Laura Markert. 

Dinamitó la escena de los 80 junto a Las Gambas al Ajillo, fue reina en El palacio de la risa con Gasalla, pisó todos los escenarios, ganó cuanto premio hubo, codirigió una película tan hermosa como La mujer de los perros, fue la madre de Lali en El fin del amor y dice lo que piensa en todos lados. ¿Por qué? Porque puede.

De vuelta en el teatro con Dos locas de remate, la comedia que protagoniza junto a Soledad Silveyra, se toma un buen rato para este mano a mano con El Planeta Urbano. Si el amor tiene fin, el humor no.

–El texto de Dos locas de remate dice algo así como que “la familia sirve para los buenos momentos, los malos y para hacer todo lo que nunca le harías a un desconocido por miedo a las consecuencias”. Las fiestas y las vacaciones pueden ser un combo letal para las relaciones familiares. ¿Se refleja algo de eso sobre el escenario?

–Yo creo que en estos meses todo el mundo está muy loco, siempre al final del año algo estalla. Muchas veces porque hay conflictos familiares y en el momento de juntarse se ponen en evidencia las ausencias, las presencias molestas, la obligación de estar todos juntos, y por eso la gente termina peleando.

Son momentos donde lo familiar toma una especial trascendencia y, en ese sentido, la obra recoge un poco de esos vínculos familiares conflictivos donde se guardan muchos silencios, donde no se dicen cosas que deberían verbalizarse y se dicen otras que deberían callarse.

Al mismo tiempo, Solita y yo replicamos en escena una cierta relación de hermandad. En el escenario somos hermanas, tenemos una paridad, y ahí se aplican los mismos mecanismos que en la ficción, se vician algunos canales de comunicación, hay prejuicios y malentendidos, como en todas las relaciones de mucha cercanía.

“Cuando empezamos con Las Gambas al Ajillo, el rol de la mujer era como objeto de humor, las risas eran sobre las tetas, sobre el culo, sobre lo boluda, lo fea o lo gorda. Volverse sujeto de humor era un paso que había que dar… y lo dimos con un nocaut a la mandíbula.”

–¿Y cómo trabajaron esa relación de hermandad ficcional para crear la ilusión en escena? Porque dijiste algo interesante: es necesaria una paridad, y a veces con figuras importantes no es tan sencillo que se dé.

–Nosotras siempre trabajamos el humor de una manera muy seria, no nos tomamos a la chacota ni los estados emocionales de los personajes ni las situaciones difíciles, y construimos la relación entre las hermanas codo a codo desde ahí.

Lo que hacemos es extremar esas circunstancias hasta que lleguen a un lugar hilarante, exagerar lo evidente hasta hacerlo gracioso. Pero siempre trabajamos la relación sobre un colchón de verosimilitud y en relación con nuestra propia emocionalidad, porque ahí están nuestros sentimientos.

No es una obra que haga reír desde lo superficial. Los personajes sufren y lloran de verdad, y eso termina siendo gracioso, pero no porque nosotras lo tomemos livianamente.

–En estos momentos hay un gran auge del humor directo, a veces un poco bobo. ¿Creés que se perdió en cierto sentido el valor de la ironía?

–De algún modo, sí. La sociedad se está volviendo muy solemne. Las personas solemnes son esas que se toman a sí mismas demasiado en serio, y siento que a nivel social está pasando eso.

Estamos inmersos en muchos cambios de paradigmas, y a veces esos cambios, que son buenos porque significan avances, cuando no están bien comprendidos redundan en que la sociedad se ponga medio en policía de lo que hay o no hay que hacer.

Una de las primeras cosas que cae ahí es el humor, y me parece que es un error. A través del humor siempre se ha podido decir muchísimo y creo que debería seguir siendo así, incluso desde lo políticamente incorrecto, porque hasta lo que no se dice puede ser expresado por medio del humor. Está bueno que así sea.

Cuando la sociedad se pone muy vigilante y ves fenómenos en las redes como las cancelaciones constantes, empieza a caer todo en la volteada, desde cuestiones jodidas de verdad, como la homofobia y el racismo, hasta las boludeces más grandes.

"El feminismo también está modificando la forma de hacer humor. Hay un humor que realmente ya es viejo, pero entre ese humor que venció y otras formas más políticamente incorrectas, hay grises. Está bueno que también exista esa libertad de reírse sin ser correcto."

–Con Las Gambas al Ajillo, en los 80, apareció un grupo de mujeres que proponía un humor completamente contracultural. Ahora hay varios grupos de mujeres que hacen comedia con una gran presencia del agendazo, como si para hacer reír fuera necesario llenar ese casillero pero no avanzar mucho más allá. ¿Vos cómo lo ves?

–Es que el humor está cambiando, el feminismo también está modificando la forma de hacer humor. Hay un humor que realmente ya es viejo, pero entre ese humor que venció y otras formas más políticamente incorrectas, hay grises. Está bueno que también exista esa libertad de reírse sin ser correcto.

Cuando empezamos con Las Gambas al Ajillo teníamos la necesidad de sacudir al espectador, de romper con lo establecido. En ese momento no había muchos grupos femeninos, el rol de la mujer era como objeto de humor, las risas eran sobre las tetas, sobre el culo, sobre lo boluda, lo fea o lo gorda. Volverse sujeto de humor, es decir, hacerlo nosotras, era un paso que había que dar… y lo dimos con un nocaut a la mandíbula.

Había que derribar ese mandato de la mujer que estaba para ser linda, atractiva, y hacer otra cosa. Existían muy pocas comediantes, se contaban con los dedos, así que había que ir a los codazos. Siento que Las Gambas iniciaron un camino que ahora ya está abierto, entonces las mujeres que hacen humor hoy se enfocan más en otras cuestiones: lo femenino, lo sexual. El riesgo que se toman llega hasta ahí.

“Esa necesidad de estar todo el tiempo conectado es una herramienta que termina siendo un peso. Hay algo ahí que alivianó la relación con la lectura, con el pensamiento. Todo es estímulo constante, se ven boludeces todo el día y no se pueden creer las pelotudeces de las que se habla.”

–Ahora que mencionás el tema del riesgo, trabajar con parientes es toda una apuesta, puede salir muy bien o muy mal. Vos actuaste en varias películas de tu hermano, el director Mariano Llinás, ¿cómo es trabajar con él?

–Desde la primera película que hizo Mariano, de algún modo, yo siempre formé parte. En Balnearios grabé la voz, también en Historias extraordinarias, estuve en La flor… ¡Mi hermano me manda a hacer cada cosa! (se ríe).

Yo con Mariano me entrego porque me puede, me sobrepasa en todo sentido. Cuando accedo a laburar, sé que voy a ser casi su objeto, pero me entrego porque confío mucho. Es supertalentoso.

–Venís de una familia de intelectuales. Tu padre, Julio Llinás, fue un reconocido escritor, y tu mamá, Martha Peluffo, una gran artista plástica. Antes el pensamiento crítico tenía un valor importante, ¿pensás que sigue siendo así o está devaluado?

–La intelectualidad es un valor… desvalorizado (se ríe). A ver, no sé si mis padres eran intelectuales, eran dos personas superexcéntricas que a una le gustaba pintar y a la otra escribir.

Yo creo que sigue habiendo un afán intelectual y un pensamiento crítico, pero las redes han boludizado bastante todo y, de algún modo, banalizan cualquier cuestión. Una de las cosas que noto es que uno puede estar menos tiempo concentrado en algo; me pasa, la dispersión es muy fuerte.

La presencia de los celulares y esa necesidad de estar todo el tiempo conectado es una herramienta que termina siendo un peso. Hay algo ahí que alivianó la relación con la lectura, con el pensamiento. Todo es estímulo constante, se ven boludeces todo el día y no se pueden creer las pelotudeces de las que se habla (se ríe).

"Las redes han boludizado bastante todo y, de algún modo, banalizan cualquier cuestión. Una de las cosas que noto es que uno puede estar menos tiempo concentrado en algo; me pasa, la dispersión es muy fuerte."

–Hablemos de Canelones, la serie basada en el libro de Hernán Casciari que acaba de terminar su rodaje.

–Fue una experiencia muy fuerte, el libro es genial. Para quienes no saben, Canelones es un proyecto de la Comunidad Orsai, que se hizo con un formato de producción superpiola que es el crowdfunding, donde la gente aporta y se convierte en coproductora de la serie.

Fue una gran experiencia para todos, yo hago de Chichita, un personaje que está basado en la mamá de Hernán. Veremos cómo queda después de la edición, pero hemos hecho cosas divertidísimas.

–Acá no podemos vaticinar nada, pero te pedimos otra predicción. Tenés puesta la camiseta de Argentina, 1985, tu hermano es el guionista, tu amiga Alejandra Flechner y tu cuñada Laura Paredes hacen personajes fundamentales, es casi una cuestión de familia. Jugate con este pronóstico: ya estamos en la shortlist de Mejor Película Internacional, ¿llegamos a entrar entre las cinco candidatas al Oscar?

–¡Sííí! Yo creo que sí, no sé por qué pero siento eso. O por ahí quiero sentir que sí. ¿Sabés qué? Elijo creer.

Fotos: Gentileza Dos locas de remate

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