Muriel Santa Ana: "El precio que se pagó por hablar de aborto fue muy caro"

A días del estreno de "María Marta. El crimen del country", la actriz que alcanzó la popularidad cerca de los cuarenta habla de todo: la lucha por el aborto, la fama, el paso del tiempo y el precio de siempre decir lo que piensa. Todas las batallas de una mujer poderosa.

A diferencia de muchas actrices que estuvieron expuestas desde muy temprana edad a una cámara televisiva, Muriel Santa Ana alcanzó la popularidad casi a los cuarenta años. La suya fue una experiencia atípica, sobre todo en una industria que tiende a poner en pantalla a mujeres cada vez más jóvenes.

Pero Muriel sí que sabe romper estereotipos. Lo hizo con su profesión, así como también frente a una multitud en el Congreso, cuando se pronunció a favor del aborto. “Yo aborté porque no quería ser madre”, dijo tras relatar su experiencia en un consultorio clandestino. Y, así, puso en evidencia que su deseo está por encima de todo. 

Ya en las oficinas de Ninch, la agencia de comunicación que trabajó junto a ella para el estreno de María Marta. El crimen del country (HBO Max), Muriel agradece por el espacio y se sienta frente a un ventanal lleno de plantas dispuesta a charlar de todo: el paso del tiempo, la exposición en redes sociales, el precio de decir lo que piensa y la elección de sus trabajos.

El último, en la piel de Belén Fanesi, una mujer que inicia una investigación por fuera del poder con el objetivo de demostrar la inocencia de Carlos Carrascosa. “El público se va a sentir acompañado con este personaje, porque es el que va marcando el camino. Ya pasaron veinte años desde el asesinato y aún no hay justicia por María Marta.” 

–No es casualidad el personaje que te tocó. Belu es una mujer fuerte, investigadora, que busca hacer justicia en un crimen no resuelto. 

–En realidad no es una investigadora, ella tiene una vida normal y es público cautivo, como fuimos nosotros, del escándalo mediático de este caso. Decide involucrarse muchos años después del asesinato por el sinsabor que le da la injusticia que se está cometiendo, desde su punto de vista. Escucha que la familia dice determinadas cosas y empieza a investigar sola, sin tener un rédito económico ni reconocimiento. Podríamos preguntarnos si la fortaleza está en ir por fuera de lo hegemónico, entonces. Porque ella, de alguna manera, es la voz que le hace la contra a ese periodismo que vende siempre lo mismo

–Su blog real existe al día de hoy. 

–Sí, si vos googleás “María Marta blog” o “Carrascosa blog”, aparece. Está todo el expediente, hizo un trabajo enorme que me despierta una profunda admiración, porque fue detrás de su deseo. Es como si hubiese dicho: “¿A qué le soy fiel? ¿A lo que me quieren vender o a algo que me tracciona por dentro?”. En la vida real, el mismo Carrascosa agradeció públicamente a dos o tres personas, entre ellas, su abogado y la mujer en la que yo me inspiro, como las personas que le salvaron la vida. Y vos pensá que ella empezó sola en su casa, sin ninguna relación con el poder. 

“Mi madre, lo que siempre me dijo, fue: ‘La maternidad no garantiza la felicidad de nada’. De alguna manera, lo que ella nos decía era que buscáramos nuestro deseo.”

–Desde que te involucraste en la lucha feminista, ¿cambió algo con respecto a la elección de tus personajes? ¿En qué te fijás antes de elegirlos?

–No, yo creo que el arte no se tiene que hacer cargo de nada. Hoy pienso en qué proyectos quiero invertir mi tiempo; si voy a estar a las patadas conmigo misma, prefiero dejarlo de lado. A veces hacés cosas que no te gustan pero están justificadas porque aumentan tus ingresos, y está bien. Pero cuando todo es por los ingresos, las vidas se empobrecen mucho. Hay veces que mi vida no me gusta. No es que pienso que es duro el mercado laboral, es que yo me vuelvo una persona insoportable para mí misma.

–Hablando de feminismo, vos fuiste una de las oradoras en el Congreso cuando se debatió la Ley del Aborto. ¿Cuán caro te resultó tomar postura sobre un tema crucial en la opinión pública? 

–Yo no me considero ni militante, ni activista, ni referente, y además soy una mujer atravesada por esta época. Digamos, no es que estoy leyendo esta época con perspectiva, sino que me atraviesa por completo. Pasé de que me preguntaran durante veinte años en todas las entrevistas qué crema usaba de noche o qué llevaba en la cartera a hablar de aborto, por ejemplo. Y el precio que se pagó fue muy caro, empezando por amenazas de muerte: por teléfono, a cualquier hora, tocando el timbre de mi casa. Nunca me imaginé que las mujeres pudiéramos ser objeto de amenazas de muerte por querer un derecho fundamental. 

–A muchas de tus compañeras les pasó lo mismo, ¿no?

–Sí, yo no fui la única, no ocupo el lugar de la víctima, sino que soy objetiva con la realidad. Muchas de mis compañeras pasaron un calvario también, pero fue re contundente la respuesta colectiva de todo el movimiento de mujeres. 

“Pasé de que me preguntaran durante veinte años en todas las entrevistas qué crema usaba de noche o qué llevaba en la cartera a hablar de aborto, por ejemplo. Y el precio que se pagó fue muy caro, empezando por amenazas de muerte.”

–Algo que me llamó la atención fue que tu mamá te acompañó a abortar. Esa decisión denota una confianza tremenda. ¿Qué relación tenías con ella?

–Bueno, mi madre era una feminista sin marco teórico, era una feminista de práctica. Por supuesto, era una intelectual. La biblioteca que heredé de mi madre es una de feminismo total, de psicoanálisis, de filosofía, de religión. Ella leía mucho, y en mi casa se hablaba de todo: de sexualidad, de bioenergética, de maestros espirituales de la India. Además, había una enorme circulación de gente: pude ver a actores que estaban en la gloria y a los dos años venían a comer polenta a mi casa porque no los llamaban para trabajar. Mi familia me permitió ver el amplio espectro de lo humano, con sus momentos de gloria y sus momentos más oscuros. Por lo tanto, me pareció sumamente natural contarle a mi mamá cuando iba a tener mi primera relación sexual.

–¿Te acordás de esa conversación?

–Sí, se lo comenté y me dijo que íbamos a ir a la ginecóloga juntas y que ella quería que yo tuviera mi diafragma porque las mujeres nos teníamos que cuidar siempre. No existía el sida en ese momento, por lo tanto, el profiláctico era… Imaginate, era violento preguntar. Hasta hoy sigue siendo violento. Fuimos a la ginecóloga juntas, me dieron mi diafragma, y me dijo: “Vos siempre lo tenés que tener en la cartera porque no podés quedar embarazada, a no ser que quieras tener un hijo”. Bueno, de hecho, a mí lo que me pasó es que quedé embarazada con un diafragma. Eso no se escuchó demasiado. Muchos leyeron, simplemente, que yo había quedado embarazada por un descuido. 

–Vos tuviste que romper con el mandato social de la mujer-madre. ¿Te costó poder decir que no querías tener hijos?

–No sé si es que no quería tener hijos. Lo que siempre me dijo mi madre fue: “La maternidad no garantiza la felicidad de nada”. De alguna manera, lo que ella nos decía a mi hermana y a mí era que buscáramos nuestro deseo, porque la vida es muy dura y los hijos no vienen a tapar un agujero de ansiedad o de falta de vitalidad. No sé si nunca quise ser madre, tampoco fue muy categórico. Me alejo de esas cosas tan categóricas, sobre todo en una época en donde todo se quiere cerrar. Como si uno tuviera que tomar postura ante todo, rápido y breve; si es en 140 caracteres, mejor (se ríe).

–En línea con los mandatos, te convertiste en una actriz popular casi llegando a los 40, ¿cómo lo viviste?

–Lo que pasa es que yo no buscaba trabajo en la televisión porque tenía, tontamente, un prejuicio. Y no me jacto de eso; más bien, me avergüenzo. Yo soy de una generación en la que todavía se decía que la pomada estaba en hacer teatro y que la televisión degradaba. Un día, Luis Brandoni, que era muy amigo de mi papá (N. de la R.: el actor Walter Santa Ana), me vino a ver a una obra y me dijo: “Che, vos tenés mucho timing para la comedia. Yo voy a hacer un programa en Polka y vos sos como mi hija, pero yo no te voy a meter, vos tenés que hacer un casting”. Y yo, que vengo de una familia donde todo era sacrificio, dije: “¿Cómo me vas a recomendar? Yo hago casting, y si tengo que hacer dos cuadras de cola, mejor”. Estaba ávida de una experiencia de responsabilidad. Yo no quería ser famosa, yo quería tener responsabilidades en la vida

–Y ahora que estás supermetida en el mercado laboral, ¿te preocupa el paso del tiempo con relación a tu profesión? 

–Envejecer frente a una lupa como es la cámara no es doloroso; lo que es doloroso es ser objeto de comentarios sobre ese proceso, que es natural. No estás por dos años en televisión y, cuando volvés, la gente pregunta: “¿Qué le paso a Muriel?”. No le pasó nada, pasaron dos años, estuvo trabajando en otro lado o se dejó de teñir el pelo, punto. ¿Viste que Sarah Jessica Parker dijo que no la tienen que llamar “valiente” porque se deja las canas? ¿Valiente? Nosotras vemos las revistas desde que nacemos: “Los cuerpos del verano”, “A dos meses de parir, luce sus curvas”. Estamos hechas de eso, aunque siempre supimos que era mentira. Podemos pensarnos y no reproducir esas violencias entre nosotras, pero no hay mucha escapatoria. El mercado, el salvajismo en el que vivimos, no lo podemos controlar. Saber soportar; como dice Chéjov en su obra La gaviota: “Saber llevar tu cruz y creer”. 

CRÉDITOS

Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

Coordinación general: Florencia Herrera

Estilismo: Romina Giangreco para @rfgstylecoaching

Pelo: Lucas Perrone

Maquillaje: Lucía Lipovich

Agradecimientos: La Chica de los Stilettos, Ivana W, La Regueira Joyas, Elle Van Tok

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