Liniers: “El caos sigue siendo parte de mi vida”

Parte ineludible de nuestro ADN, el artista detrás de los personajes más entrañables de la historieta argentina actual recorre su propio camino e intenta descifrar cómo y por qué se convirtió en uno de los ilustradores más queridos en Latinoamérica y en todo el mundo.

Hacía dos años que Ricardo Siri Liniers, o simplemente Liniers, no pisaba suelo argentino. La excusa para la vuelta fue la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, realizada a fines de abril y principios de mayo, en La Rural. Y además de haberse podido encontrar con sus lectores y fanáticos, también se debía el reencuentro con sus seres queridos, porque desde que decidió instalarse junto a su familia en Vermont, Estados Unidos, no había vuelto. 

En la actualidad, mientras crea y prepara sus dibujos, su vida transcurre entre llamados y reuniones de Zoom entre ambos países. El creador de la maravillosa Macanudo y de personajes entrañables como Olga, Enriqueta, los pingüinos y Fellini, entre otros, es parte ineludible de nuestro ADN y reparte su tiempo entre la creación de tiras, portadas para The New Yorker, la Editorial Común y el sueño de que su libro Flores salvajes llegue pronto a convertirse en película.

El Planeta Urbano pudo hablar con el artista para conocer su mirada sobre el país, el arte, sus recuerdos y, principalmente, saber qué fue aquello que lo impulsó a dedicarse a esta profesión, en la que, ecléctico e inquieto, supo también agruparse con Kevin Johansen para fusionar la música con el arte visual, o compartir creaciones con el diseñador gráfico y artista plástico ecuatoriano-chileno Alberto Montt.

–Hacía tiempo que no volvías al país, ¿cómo encontraste a la Argentina?

–Bien, tranquila como siempre, relajada con todo el mundo, tirando para el mismo lado (risas). A Buenos Aires la encontré hermosa como siempre, una ciudad que la mirás y la encontrás más linda cuando hace un tiempo que no volvés, pero noto muy crispada a la gente, a casi toda la que me cruzo. La primera expresión es felicidad, pero si hablás más de 20 minutos se les nota el cansancio, el enojo, la frustración de estar en un país que está tratando de organizarse desde hace mucho tiempo. Dando volantazos, gambeteando los problemas.

–¿Pero eso no nos hace más creativos y expeditivos?

–Pero obvio. La gente creativa, en situaciones tan delicadas, como a veces pasa acá, tiene que desarrollar un costado de la mente que en otros lugares no hace falta.

–¿Y qué pasa cuando trabajás en un lugar en el que todo es más relajado y organizado?

–Yo tengo una pata en cada lado; la editorial la tengo acá, entonces te dicen: “Uh, el libro que ibas a sacar para la Feria del Libro no lo podemos imprimir porque no hay papel”. El caos sigue siendo parte de mi vida, pero claro que el orden en un país lleva a una ética de trabajo

“Me molesta la idea que tienen algunos de apropiación cultural, porque no te podés apropiar de algo que no es de nadie, nadie es dueño de la cultura.”

–Por suerte tenemos el arte, y vamos al diario y tenemos tus viñetas. ¿Cuándo supiste que desde ahí podías ayudar a reflexionar a la gente?

–Empecé Macanudo en junio de 2002, ahora se cumplieron veinte años, y, si hacemos memoria, ese momento era un caos todo: Bush invadiendo Irak, las Torres Gemelas, acá los cinco presidentes, la crisis. Y le puse Macanudo porque me parecía que cuando alguien se está ahogando le tenés que tirar un salvavidas, no un yunque, aunque igual a mí me gusta el arte deprimente. Yo te escucho Radiohead (risas), pero llega un momento que te dan un micrófono y podés tirar para un lado o para el otro, y con Macanudo decidí hacer el esfuerzo de ser optimista, yendo en contra del statu quo de que todo es una mierda y nos vamos a morir.

“Me gusta esa idea de no saber adónde llegan mis dibujos.”

–¿Qué ocurre cuando ese universo creado comienza a expandirse, como ir a una tienda de indumentaria y que estén tus personajes, o a una casa de agendas y cuadernos y estén también?

–Es raro porque vos hacés el dibujito en tu casa y lo tirás en el diario por tu trabajo, y cuando lo publicás, recién ahí lo liberás. Los derechos de autor siguen siendo tuyos, pero llega adonde llega; me gusta esa idea de no saber adónde llega ni la interpretación que se le pueda dar. Por eso me molesta la idea que tienen algunos de apropiación cultural, porque no te podés apropiar de algo que no es de nadie, nadie es dueño de la cultura. Yo nací en la Argentina y no soy dueño del tango; dos japoneses que bailan tango son más dueños del tango que yo, que lo único que sé son tres canciones que aprendí de chico escuchando a Goyeneche. El dibujo se va, y por eso, por ejemplo, en la Feria del Libro se acerca un chiquito y te dice “estoy leyendo Charlie y la fábrica de chocolate porque lo recomendó Enriqueta”, o una señora que te dice “mi hija estaba enferma y leíamos esto en el hospital y ahora lo sigo leyendo para recordarla”. Eso es lo más lindo del dibujo, cuando lo liberás es como un pajarito que se va por ahí y hace lo que quiere.

“Siempre encontré en la historieta, en el cine, en la pintura todo lo que necesitaba.”

–Ya había un documental sobre vos que hizo Franca González, y ahora uno de los más talentosos realizadores del país, Fernando Salem, va a llevar al cine Flores salvajes.

–Todo empezó con una foto. Si vos ves el libro que publicamos con la editorial, empezó con una foto que les saqué a mis tres hijas frente a una selva, de espaldas, y la más chica señala la selva en plan Corto Maltés, aventura, y esa foto me quedó en la cabeza, y la selva, y las chicas, y así nació el libro, sobre cómo jugábamos cuando éramos chicos, más salvaje, porque el juego si no te asustaba no valía la pena. Y la buena gente de Viacom América Latina se acercó para armar el proyecto, y escribimos el guion con Fernando Salem, un megatalentoso a quien admiro mucho. Una película de animación implica un gran esfuerzo, todos estamos muy felices, y el guion quedó muy lindo, mirando hacia arriba a Miyazaki o Pixar, porque acá no se hace mucho este estilo, así que sería lindo que saliera.

–De chico eras fanático de Star Wars, que de alguna manera te impulsó a dibujar, pero ¿qué otros recuerdos tenés de tu infancia y qué otra película recordás de esa época?

–Toda la vida, hasta el día de hoy, sigo descubriendo artistas, pero todo arrancó con Star Wars: la vi por primera vez en el cine con mis viejos. Ellos son dos grandes lectores, de ver cine, teatro, y me llevaban cuando era chico. Me metieron arte en el hipotálamo, así que vi películas de Spielberg y Scorsese; leí a Bukowski; descubrí a los veinte años En la carretera, y es la edad exacta para leerla, te pega, porque la leés a los sesenta y te querés pegar un tiro: a los veinte es todo lo que podés hacer y a los sesenta es todo lo que no pudiste. Siempre encontré en la historieta, en el cine, en la pintura todo lo que necesitaba. Y siempre estuve agradecido a los grandes maestros: Picasso, Chaplin, Quino. Yo no podría ser el dibujante que soy sin todos ellos.

Fotos: Nico Pérez

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