Cerca del agua: 3 localidades bonaerenses con ríos y lagunas

San Miguel del Monte, General Belgrano y Chascomús. Tres destinos ideales para un viaje corto y bien aprovechado.

“Si el hombre es un gesto el agua es la historia / Si el hombre es un sueño el agua es el rumbo / Si el hombre es un pueblo el agua es el mundo / Si el hombre es recuerdo el agua es memoria”, escribió Joan Manuel Serrat sobre ese milagro repetido que es el líquido elemento; más cuando logra una de sus manifestaciones más perfectas: volverse paisaje.

A la fecha, este espacio recorrió pueblos puramente gastronómicos y almacenes de campo. Ahora le toca visitar un trío de localidades de la provincia de Buenos Aires donde los cursos de agua que las surcan no son meramente un accidente de su geografía sino el corazón de su propuesta, sea porque existe un desarrollo construido a su alrededor, o porque simplemente los miran y eso alcanza para sumar (y mucho) a su atractivo. Pasen, vean y agarren la ruta.

Monte, laguna y memoria

San Miguel del Monte es una de las ciudades más antiguas de la Provincia de Buenos Aires, tiene sus orígenes en los años de la colonia (pertenece a la época de los fortines levantados en la provincia en el siglo XVIII) y la habitan aproximadamente 13.400 personas. De Buenos Aires la separan unos 120 kilómetros y el viaje en auto no tiene nada de intrincado: Autopista Ricchieri sentido Ezeiza, Autopista Buenos Aires/Cañuelas, hasta empalme con RN 3, que lleva directo a la localidad.

Su laguna es enorme: 700 hectáreas de superficie y una profundidad de entre 1.5 y 2 metros.  A su borde, los fines de semana se despliegan una buena cantidad de  footrucks con ofertas variadas de comida. Alrededor del espejo de agua hay también una gran cantidad de campings y alternativas de alojamiento, además de un paseo costero ideal para la caminata o el paseo en bicicleta. Muy concurrida por los pescadores (por sus aguas nadan pejerreyes, dientudos, bagres, carpas) y por quienes hacen deportes náuticos. También la surcan lanchas a motor y embarcaciones a vela.

Frente a la terminal de ómnibus, apostada sobre la ruta 3, nace la Av. San Martín, que luego, pueblo adentro, se transforma en Hipólito Yrigoyen. Esta lleva a la plaza principal y a la iglesia San Miguel Arcángel, cuya construcción data de 1867, aproximadamente. Frente a la plaza se halla la Municipalidad, un edificio de 1935 de estilo neo clásico que mantiene su estructura intacta.

A unas ocho cuadras de allí se encuentran la Plaza España, y, enfrente, el Museo Municipal Guardia de Monte, un lugar relacionado directamente con la historia del pueblo. Inaugurado en 2001, es guardián de la presencia de Juan Manuel de Rosas en la zona, donde tenía su estancia “Los Cerrillos”. Muchas de las piezas que se exhiben fueron donadas por las familias de Monte y hablan de la construcción de los fortines, en una línea de tiempo que llega hasta la década del 70.

El otro lugar histórico, también relacionado con la figura del Restaurador, es el llamado Rancho de Rosas, que en 1987 fue trasladado de Los Cerrillos unos 60 km hasta el lugar exacto del pueblo que ocupaba en 1774 el fortín de la Guardia del Monte. Un trabajo de ingeniería impresionante que logró, mediante el uso de un carretón de 120 ruedas hidráulicas, que esa casa de adobe hiciera un viaje increíble. Hoy guarda una cantidad de objetos alusivos a la vida personal y política de Rosas.

Para comer, la recomendación es hacer los 22 kilómetros que separan a Monte de la pequeña localidad de Abbott (por ruta 3 hasta el acceso, en el kilómetro 92, y luego a la izquierda 3 km) y visitar La Carpintería. Restaurante de campo abierto hace 4 años, en su menú se entrecruzan el espíritu de la cocina casera con una culinaria de autor que lo hace imperdible.

Ubicado en una antigua carpintería, deslumbra con sus delicias salidas del horno de barro (cochinillos, asado y vacío, su afamado Osobuco Carpintero, un puré de zapallo criollo único), sus variedades de entradas, pastas artesanales con salsas clásicas —y también algunas muy originales —, y sus platos con pescados y frutos de mar, de una variedad y calidad inusual para la zona. Aquí pueden conocerse su historia y la carta, suficientes para tomar la ruta y hacer combo entre ambas localidades.

General Belgrano, secretos del Salado

A esta localidad del centro/oeste de la Provincia de Buenos Aires, ubicada a 155 kilómetros de Capital Federal, se llega tomando la ruta 2 hasta La Plata, para luego empalmar con la 29. Tras pasar Coronel Brandsen, General Paz y Ranchos, en cruce con la ruta 41 se arriba a este pequeño pueblo cuyo uno de sus mayores atractivos está en la costa del río Salado.

Un curso de agua que tiene 700 km de largo, nace al sur de Santa Fe y llega hasta la desembocadura de Samborombóm. La ciudad es, según los expertos, la única de la Argentina construida a la vera del río. Como tantas otras localidades, conoció el paso del tren (llegó allí por primera vez en 1871), siendo la escala que precedía a Ayacucho, en un trazado que llegaba hasta Mar del Plata. Hoy el ferrocarril ya no surca su geografía.

Pueblo agropecuario fundado en 1892 y cabecera del partido homónimo, tiene en el río un imán que atrae tanto a pobladores como a turistas. Su costanera se extiende entre las compuertas 1 y 2, donde se encuentran los balnearios “Viejo” y “Nuevo”. El primero es ideal para el paseo, el picnic o la mateada; el segundo, muestra un desarrollo turístico con asadores y canchas de fútbol o de básquet.

La ciudad se organizó modélicamente alrededor de las inmigraciones española e italiana que poblaron la zona, aun antes de que fuera inaugurada: la capilla (que luego se transformó en iglesia), la municipalidad, la plaza Belgrano, con su monumento dedicado al creador de la bandera, el Teatro Municipal (antiguamente Teatro Español, emplazado en 1928), hermoso edificio que es cine y también espacio de expresiones artísticas y musicales, son parte del recorrido para conocer la historia de primera mano.

Pero hay dos sitios que son de visita obligatoria, atractivos que valen per se la escapada a General Belgrano, y, junto al Salado, componen un trío irresistible. El primero es Bosque Encantado, ubicado a 13 km del pueblo, en el Paraje Costa del Salado. Un espacio verde en el que al internarse pareciera ciertamente estar en un lugar mágico, poblado de unas 85 especies de árboles y donde la variedad de aves no alcanza a cubrirse con la vista.

Allí, en lo que fue el casco de la Estancia Santa Narcisa funciona el Museo de las Estancias, un lugar que guarda principalmente la memoria de “El Pueblazo”, un movimiento social que en 1983, cuando estaba por regresar la democracia a la Argentina, impidió que lo que hoy es este latifundio se vendiera para ser transformado en un emprendimiento privado. Encerrados en sus paredes se encuentran objetos y herramientas rurales, testigos de la época en que el trabajo agropecuario era moneda corriente en la zona.

El otro, casi como si el destino de General Belgrano no pudiera escapar del influjo del agua, es el complejo Termas del Salado, un enclave de casi 5 hectáreas que aprovecha las aguas termales descubiertas hace más de medio siglo. El complejo lleva casi una década de vida y en él hay piletas cubiertas y semi cubiertas (que el frío del invierno no acobarde: las aguas están a 39 grados centígrados), parque acuático y desarrollo gastronómico.

En cuanto a lo gastronómico, un buen lugar para almorzar mientras se reponen fuerzas es La Confianza (Rondeau 345). Pastas caseras, parrilla, tortilla de papas, empanadas picadas, en un ambiente súper familiar y muy concurrido.

Y para cerrar la visita se recomienda una parada en el restaurante El Almacén (Av. Italia 592). Emplazado en un edificio centenario donde funcionó lo que fue el primer cinematógrafo de General Belgrano, más que un lugar de comidas sin secretos (hay picadas, pastas, pamplonas) es una suerte de museo, el lugar en el mundo de su dueño, Ricardo Buiraz. El hombre, que conoce a fondo la historia del pueblo, fue recopilando todos los objetos/reliquias que adornan el lugar.

Chascomús, madre de la historia

Ubicada 120 km al sudeste de la ciudad de Buenos Aires, Chascomús es una ciudad fundada en 1779 (la historia de los fortines también se cruza con sus orígenes ya que es vecina de General Belgrano) en la que actualmente viven poco más de 30 mil habitantes. Se accede tomado la ruta 2, por lo que llegar es relativamente cómodo y no debería tomar más de una hora y media de trayecto.

Claro que lo primero que evoca el imaginario al nombrarla es su laguna, un espejo de agua de 37 kilómetros de circunvalación, repleta de hoteles, cabañas y campings para alojarse. También hay una gran cantidad de miradores y toda una infraestructura construida en su entorno. No es para menos: pocas lagunas ofrecen una vista semejante en la geografía bonaerense.

A su alrededor, todo: paseos en bicicleta, caminatas, tardes al aire libre. Y en su interior, pesca, deportes acuáticos, botes para surcarla, balnearios para aprovechar su frescura en los días de calor.

Como ciudad, Chascomús ofrece un casco histórico pequeño pero de gran atractivo. La Plaza Independencia, la iglesia Nuestra Señora de la Merced, los edificios de estilo colonial, se conjugan en un trazado ideal para ser recorrido a pie. La Casa de Casco (Sarmiento esquina San Martín), por ejemplo, que data de 1831, fue la primera construcción en altos de la ciudad, y en su interior alberga la memoria de Vicente Casco, el hacendado que la levantó, pero también de los esclavos que estaban a su servicio.

Otros de los sitios a conocer son el Museo Pampeano (Av. Lastra y Muñiz), creado para recordar la Batalla de Chascomús, el Parque de los Libres del Sur (que mira a la laguna e incluye un monumento a Raúl Alfonsín, el primer presidente de la recuperada democracia, en 1983, y sin dudas el lugareño más celebre) o la Capilla de los Negros (Av. Lamadrid y Venezuela), un lugar con más de 150 años de existencia que registra el paso de los esclavos africanos por la zona; quienes, una vez libres, levantaron sus paredes de ladrillos para rezar por sus antepasados, que no gozaron de la misma suerte.

Ciudad de calles empedradas, de esquinas sin ochavas, en ella se respira aire de pueblo y también una paz especial. Matizarla con un buen almuerzo después de la caminata se hace imperioso. Y para ello sobran lugares que la señalan como una de ciudades con más ofertas al respecto. Basta apuntar que fue elegida para la GastroJapo Tour 2022, una experiencia cultural y gastronómica dedicada al país oriental que se llevó a cabo en enero de este año y cuya primera edición había tenido lugar en Rosario en 2021.

Las guías culinarias que recorren la provincia en busca de los mejores lugares para comer recomiendan calurosamente La Matera. Espacio gastronómico del hotel de campo La Alameda, ofrece empanadas (tentadora la de carne con reducción de vino tinto), parrilla al asador y carnes con toques de autor (entraña con queso ahumado gratinado, por ejemplo), lasagnas y sopa de calabaza. Se puede combinar con actividades al aire libre ya que la estancia está a la vera de la laguna y posee 33 hectáreas de campo para disfrutar (@estancialaalamedaok @lamatera.chascomus)

Oscilando entre lo tradicional, la cocina italiana y la infaltable excursión al mundo de los pescados, el trío Viejo Vizcacha, Ristorantino di Terra Lucana y Restaurant Pesca y Náutica Chascomús, cubren todas las necesidades. El primero es una almacén de ramos generales con picadas y sanguchazos gourmet, además de venta de bebidas (vinos,  cervezas, espirituosas), quesos y charcutería. El segundo, una gema de Chascomús, gerenciado por María Cecilia Claps y su marido, el chef Federico Lizarraga, donde puede comerse auténtica comida italiana. Y cierra el terceto un típico restaurante de club náutico cuya estrella es el pejerrey. Al horno o a la parrilla, con diferentes acompañamientos. El resto es entregarse al influjo de la laguna, que está enfrente, y mirar el agua (y la vida) pasar.

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