Gonzalo Tamagnini, el enólogo al frente de una bodega que en apenas 7 años produce un millón de litros y exporta

Sin renunciar a las enseñanzas de los grandes winemakers, Tamagnini tiene una impronta propia que mezcla la tecnología con el respeto absoluto por el terroir y el trabajo con uvas orgánicas. Una referencia de cómo hacer las cosas bien.

Chicos, parecen dos desquiciados”. Eso les dijo el encargado de la bodega Manos Negras a Gonzalo Tamagnini y Martín Sesto el 1 de mayo de 2014, mientras la dupla cargaba racimos de Cabernet Franc en un tanque de 5 mil litros, intercalados con sus propios gritos, que alertaron al hombre y retumbaban en todo el recinto. No era para menos: era el Día del Trabajador, amigos y familiares lo estaban festejando con asados y locros y ellos estaban allí, con un solazo hirviéndoles la cabeza, meta laburo.

“En ese momento nos miramos con Martín y dijimos: ‘si le ponemos un 10% de lo que estamos haciendo hoy a un proyecto nuestro, podemos hacer algo interesante’”, cuenta Gonzalo desde Mendoza, parado –según relata- en el medio de la flamante bodega que Desquiciado Wines, el proyecto cuyo germen surgió ese día caluroso de mayo en la bodega de Alejandro Sejanovich y Jaff Mausbach, adquirió el año pasado en Tupungato.

Gonzalo es enólogo y hoy tiene 35 años. Martín, encargado del área comercial, 37. Y Desquiciado está cumpliendo, si se tiene en cuenta la salida del primer vino del proyecto -que fue en 2015-, siete años de vida. Una bodega que hoy es referente de cómo hacer las cosas bien y de crecimiento sostenido, apoyado en la coherencia y la pertinacia de mantener una dirección clara.

Sin renunciar a las enseñanzas de los grandes winemakers, claro, pero con una impronta propia que mezcla la tecnología con el respeto absoluto por el terroir y el trabajo con uvas orgánicas. Fuera de rebusques metodológicos y versos.

“Ese fue el punto de partida”, continúa detallando Gonzalo, “Yo en ese momento asesoraba en la parte técnica a Jean Bousquet, de la bodega Domaine Bousquet, así que fue cuestión de hablar con él, y en 2015 empezamos a hacer nuestros vinos. Alquilamos capacidad –el Colo Sejanovich también nos dio una mano muy grande para arrancar-, Martín se acopló perfecto y ahí arrancó Desquiciado”.

-¿De cuánto fue esa primera cosecha?

-Fueron 9 mil litros de Malbec y 5 mil de Cabernet Franc. Cuando salimos al mercado en septiembre/octubre el vino se agotó en los primeros tres meses; notamos que lo estábamos haciendo muy bien y desde ese momento hasta hoy no ha parado el proyecto. Nosotros súper felices porque tuvimos la oportunidad de investigar terroir (Desquiciado nació como un proyecto de investigación) y hoy tenemos una línea muy variada, con muchos estilos diferentes, y ahora agregando nuevos terruños.

-¿De dónde vinieron aquellas primeras uvas?

-De la finca de Jean en Tupungato. Yo había trabajado mucho tiempo con uvas orgánicas, así que para mí era muy simple. Nosotros nacimos orgánicos, y ahora estamos por certificar la bodega, así que a partir de 2023 vamos a poder salir con la etiqueta. Queremos que nuestros vinos además de una buena calidad también puedan mostrar que son sanos, un poco también pensando en nuestro estilo gastronómico y en las corrientes actuales respecto de la alimentación. Ir por ese consumidor que busca cosas más jugadas, con un estilo más bebible, un poco más fresco y también que se acopla muy bien a hacer vinos en forma natural, ya que el proyecto también es muy ambicioso en este aspecto.

-¿Y cómo fue aquel primer Malbec?

-Muy potente: 2015 fue un año de mucha concentración. Es tu primer vino, te hace ilusión probarlo mil veces, llevarlo a degustaciones. Si lo tengo que describir en forma técnica, era un vino con muchísimo potencial, y pegó porque aparte era un Malbec súper fresco y con muchísima fruta. Yo ya venía pensando que el consumo elitista se estaba alejando mucho de la realidad. Y la verdad que de donde Martín y yo provenimos –ninguno tiene una familia vinícola- nos hizo decir: “hagamos algo para nuestros amigos”. Era ir por un paladar menos experimentado. También ayudaron el nombre y nuestra imagen disruptiva. La verdad que para tomar vino no hay que saber nada más que tomarlo.

-¿Cuándo empezó a crecer el proyecto?

-De ahí en adelante empezamos a pensar en una línea de mayor potencia, ya que los proyectos crecen con ese tipo de vinos. Y sin perder el carácter de las líneas de entrada empezamos a jugar un poco con las variedades. Así incorporamos el Pinot Gris, la Garnacha; y empezamos a investigar diferentes formas de hacer vino, siempre dentro de los estilos que nos gustaba tomar. Y la verdad que fue una pegada.

El volumen fuerte lo empezamos a ver a partir de 2018, que fue cuando ampliamos nuestra gama general y pasamos de crecer de unos 60/70 mil litros anuales al doble. Llegamos a 180 mil en menos de dos años y ahí fue un punto de inflexión muy fuerte en el proyecto. La verdad que nunca pensamos que íbamos a llegar a esos volúmenes. Y con Martín hoy nos juntamos a charlar y no lo podemos creer, es un sueño que se está cumpliendo.

-Ustedes trabajan con productores de varias zonas de Mendoza, principalmente del Valle de Uco. ¿Tienen ganas de tener fincas propias?

-Nuestra inversión por ahora está puesta en el trabajo con los productores, para poder fidelizar la marca y también educarlos desde la parte técnica y que sepan que el futuro es orgánico. Ellos están muy comprometidos con el proyecto en este aspecto. Nosotros creemos que los negocios crecen cuando lo hacen todas las partes.

La idea es mostrar que cada lugar tiene su expresión varietal y su expresión cultural también: el factor humano tiene muchísima influencia en el estilo de los vinos. También queremos experimentar en otras provincias, estamos muy entusiasmados con hacer cosas en otros lugares. Pero de a poco: el proyecto ha crecido muy rápido y queremos enfocarnos en estabilizarnos en una cantidad de litros para después enfocarnos en mejorar día a día la calidad.

Bodega, presente e historia

Además de las tres líneas de Desquiciado, a las que se sumarán en breve una de alta gama llamada Alpha, Gonzalo y Martín también lanzaron Be Rock, que Gonzalo describe como “vinos sin sulfurosos, elaborados con uva de productores de la zona este mendocina; terruños con viñas viejas y a cuyos dueños nosotros estamos impulsando para que esas viñas se sigan trabajando”.

Eso sí, en todo lo que encaran está el sello personal, y, algo muy importante, el desmarque de todo aquello que en el vino suene a ceremonioso y apunte a un supuesto saber sólo para entendidos. Un ejemplo acabado es el de su manera de hacer los tastings de los cortes para fraccionamiento: “Los hacemos a ciegas y con nuestros amigos del asado”, sorprende Gonzalo. “Creemos que 10 paladares son mucho más objetivos que uno solo. El vino es para tomar, no para pensar”.

-Desde el año pasado tienen bodega propia, ¿cuál es su capacidad?

-Un millón de litros. Es de 1962, cambiamos toda la maquinaria antigua por nueva y adaptarla sin perder la fachada arquitectónica. En resumen, trabajamos sobre la tecnología, impuesta en una estructura antigua. Para mí la tecnología tiene muchísima importancia: me permite trabajar con menor cantidad de química, porque la entiendo y sé lo que produce en el cuerpo.

Aparte sería un despropósito no usar la tecnología que en lo global tenemos hoy en día para los alimentos. Estamos con las puertas abiertas para quien quiera venir a probar y ver cómo se elabora cada uno de los vinos. Siempre he dicho que queremos tener una casa/escuela de vinos.

-¿Sus vinos se venden más en el marcado interno que afuera?

-Sí. El mercado interno para nosotros es lo más importante porque es lo que nos dio la posibilidad de crecer y aparte porque nuestra imagen y nuestra marca están enfocadas en el paladar argentino. Exportamos un 25% y al país al que más vendemos es Canadá. Brasil es muy tentador pero Desquiciado, por el precio que tiene, termina a un precio muy alto en góndola y entonces es muy difícil la rotación. Y otro mercado muy interesante es Suiza.

-Tenés una historia particular con el vino, querías estudiar otra cosa…

-Sí, quería ser ingeniero electromecánico, me gustaban las máquinas. Yo soy de Las Heras, y un día mi papá, que trabajaba en el Banco Nación, me preguntó si quería hacer una pasantía en la bodega de un cliente suyo. Como yo quería estar cerca de las máquinas, acepté. Ahí me encontré con el corazón del vino.

Al principio me pusieron a limpiar. Pero siempre me gustó el aroma de la bodega, su energía. Un día el dueño de la bodega me pidió que le saque unas muestras y que probara los vinos. Eran tres y le dije que no me había gustado ninguno. Entonces cortó porcentajes y los puso en una probeta de plástico; los agitó, me sirvió y cuando lo probé de nuevo me encantó. Comprendí que ahí había magia. Y me dije: “Quiero hacer esto”. Tenía 18 años.

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