Mario Segade, el hombre detrás de grandes éxitos de la TV: “Los guionistas respiramos tragedia"

A punto de terminar Diciembre 2001, una serie para Disney+, se encuentra rodando un nuevo film para desembarcar en el inmenso mercado chino.

De chico era el que siempre escribía redacciones perfectas, sin faltas de ortografía, aclamadas por todos. Era, según él, “el niño plus ultra”. La televisión duraba sólo unos ratos en esa época, pero veía todas las películas que podía y leía libros de Julio Verne. Desde entonces nunca paró de imaginar historias.

Hoy tiene 56 años y, más allá de haber ganado numerosos premios por crear ficciones como Verdad consecuencia, Comodines, Vulnerables, Resistiré, El puntero o Farsantes, mantiene firme su modestia. Mario Segade no se la cree para nada, pero los espectadores creen fielmente en todo lo que cuenta o dirige.

Desde su ironía, patetismo y sensibilidad construye personajes que nadie olvida. Los contenidos cambian de formato, y él cambia con ellos. Escribió series para plataformas como Netflix, y está por estrenarse Diciembre 2001, la serie que creó para Disney+, basada en el libro El palacio y la calle, de Miguel Bonasso.

Tanto investigó, tantas charlas recopiló, que decidió volcarlas en Ayer fue 2001, un contenido para YouTube desarrollado a través de A Media, su nueva productora creada junto al empresario Andrés Zazzini; funciona en un bar en pleno Microcentro, con un club de whisky, habanos y degustaciones. Están por filmar una película en coproducción con China y van a distribuir títulos argentinos allá. Además, avanzan en la creación y producción de cine para diferentes plataformas. La historia continúa. 

–¿Cuál es el momento más angustiante de tu proceso como guionista? 

–Todo proceso es angustiante. Vivo en estado de angustia yo. Así que no distingo mucho lo otro. Lo que más angustia es la cantidad de páginas que faltan; saber que tengo que generar cincuenta páginas de algo. El final de una primera entrega es un momento de alivio, no diría de felicidad. 

–En cuanto a la tele de antes y la explosión de las plataformas, ¿qué creés que es mejor ahora y qué es peor?

–Cierta calidad de la imagen mejoró. La tecnología dio una posibilidad nueva. Hoy necesitás menos: las cámaras son más sensibles, más pequeñas, iluminás con menos; eso favoreció las escenas. Y en las historias, siento que, al haber mucha más oferta, hay una reiteración. Hay muchas góndolas parecidas en este supermercado audiovisual

–¿Mirás o mirabas los ratings? ¿Te importaban?

–Sí, era un enfermo del rating, lo miraba todo el tiempo, quería ganar. Era la sangre, era si seguías o no seguías: un numerito que alguien decía y todo dependía de eso. Esa adrenalina me alimentaba. Esperar una serie una semana y cuando llegaba ver la repercusión estaba bueno, era medio futbolero. Sentías que habías jugado bien el partido. Muchas veces me ha pasado que había actores que se enfermaban o actrices que tenían que parir. Me acuerdo de que Echarri fue papá cuando estábamos haciendo Resistiré. Era el protagonista, no podía faltar. Le creamos una circunstancia que venía a cuento de la historia, y nos permitió que en dos jornadas adelantara unos capítulos. Lo metimos en cana, era una situación de un decorado único, donde podía grabar muchas escenas. Ni siquiera cambió de vestuario, porque estaba preso. Me ha pasado también que han muerto actores; y bueno, tenés que inventar. 

“Era un enfermo del rating, lo miraba todo el tiempo, quería ganar.”

–¿Cuál sentís que es la temática que más vende hoy en contenidos de ficción?

–Siento que hubo una fiebre tremenda de policiales de todo tipo, algunos geniales, otros no tanto. Las biografías también tienen un momento muy power, hechos históricos como el 2001, que es la que hice ahora. Tenés más tiempo de escritura en la plataforma. Yo no soy un escritor que escribe con mucho tiempo, a mí me gustaba la cercanía del aire, y también cambió la duración. El puntero, la última de aire que escribí, fueron 40 episodios, duró un año solo. Verdad consecuencia fueron dos años seguidos, 150 capítulos. Una serie como Succession, con cuatro temporadas, hoy te parece larga; son como diez capítulos. 

–Siempre marcaron un antes y un después las ficciones que escribiste. 

–Sí, puede ser. Este camino lo empecé con Daniel Barone, Adrián Suar y Gustavo Belati, y teníamos esta comunidad de historias diferentes, donde la tele era otra cosa. Los programas de jóvenes de veintipico eran medio pavotes. Lo nuestro era un poco dark para los 90. Lo ves hoy y te reís: tomaban droga, cogían por plata, había gays. A mí me gusta que cualquier película o serie que escribo me entretenga, pero en ningún momento pienso: “Voy a hablar de la lucha de clases”, por ejemplo. Cuando le ponés el tema adelante no salen bien las cosas

–¿Qué creés que te hizo trascender a vos? 

–Saldré poca guita (risas). Es que estoy siempre en sintonía de historias, de escenas, de creación. Estoy terminando de escribir La machona, una obra de teatro que espero terminar ahora. También una primera versión de una película, que no sé cuál va a ser el destino. Y siempre tengo ideas dando vueltas; con la actriz Mercedes Moltedo estamos empezando a desarrollar una serie sobre el mundo del delito en las mujeres. El otro día estaba en esas mesas inútiles de los bares inútiles que me gustan mucho. Hablaba con un amigo que me recordaba un escrito de Fontanarrosa; él decía que el ocio no tenía que ser creativo, tenía que ser ocio. Creo que era una trampa de él, porque era sumamente creativo siempre. Esta cosa diestra de imaginar historias me ha salido más o menos siempre. 

–¿Y cómo juega el ego en tu carrera?

–Por supuesto lo tengo, pero a veces le hago trampa. Y a veces me enojo con muchas cosas y me siento agradecido en otras. Hay mucha vanidad en esto de lo masivo. Creo que lo manejo bien porque no le pongo toda la carne a eso en la vida. Me gusta pasarla bien, estar tranquilo, más allá de que vivo en ese estado de angustia permanente y mal humor. No me hacen reír todas las cosas, no me gusta reír (se ríe). No soy el que disfruta de los chistes ni nada. 

–¿Qué te atrajo del mercado de China para coproducir con A Media? 

–Que son muchos (risas). Es un mercado maravilloso e inexplorado desde acá, y a la vez está muy cercano. Tenés un supermercado chino a la vuelta de tu casa; hay algo de esas vidas que siempre me intrigaron mucho. Y me crucé con Andrés, que estaba también en esa. A partir de ahí estamos tratando de intercambiar contenidos audiovisuales en un país de 1.400 millones de habitantes, con cosas muy raras, geniales y maravillosas. La idea es hacer coproducciones que puedan viajar por el mundo. Aunque un cuarto del mundo es China. 

"Donde hay quilombo es lindo meterse para contar.”

–¿Viajes épicos que te haya dado esta profesión?

–Fui al Emmy por El puntero; me puse el smoking y caminé por la alfombra roja. Estaba solo, y hay algo del anonimato con lo que yo me llevo mejor. Barone, Suar y el socio de Adrián llegaron el domingo para la ceremonia, pero yo me morfé toda la semana solo y feliz, con las notas, las rondas: arman un show muy hermoso en Manhattan. ¿A quién no le puede gustar? Tampoco como vidrio. Conocí a personajes como James Manos, que era el presidente del jurado, el creador de Dexter. También al creador de Los Soprano y a John Malkovich. Igual los Martín Fierro también me gustaron mucho, se los dediqué a mi hija, a mi papá muerto, a hijos, hijas, novias: todos se llevaron su dedicatoria. 

–Se estrena Diciembre 2001, la serie que escribiste para Disney+. ¿Qué te dejó? 

–Es un tema reciente que a todos los que vivimos en la Argentina nos atravesó de una manera casi siempre trágica. No escuchás a nadie que la haya estado pasando bomba en esa época: al que no se quedó sin laburo lo agarró el corralito. Es una historia que tiene mucho de realidad, aunque hay personajes que inventé, que están mezclados entre De la Rúa, Cavallo y Alfonsín. A mí la comedia no me atrae, el humor sí; me gusta el patetismo. Lo patético, lo bizarro, la gente rota. Me salen más fácil las historias más rotas. Los guionistas respiramos tragedia. Esa frase creo que se la afané a Kartun. Donde hay quilombo es lindo meterse para contar. 

Créditos

Fotos: Juan Pablo Soler

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