Los límites de la vida digital: por qué lo analógico vuelve a ser tendencia

El retorno de hábitos alguna vez abandonados ya es un hecho. La integración del pasado en el presente, lejos de estar de moda, pareciera ser la alquimia que funciona. La evolución también forma parte de volver al origen.

Coautora: Carolina Barbosa

Hay frases recurrentes que remiten a viejas costumbres y que usamos a menudo o escuchamos de manera continua, casi como un mantra a modo de recordatorio o como un latiguillo amigo derivado de la cultura nac and pop. Nos vamos moviendo y midiendo, de un lado a otro, como la balanza de la Justicia, buscando la armonía perfecta entre el “todo tiempo pasado fue mejor” y el futuro que llegó hace rato. ¿Y en dónde nos quedamos? ¿En qué línea de tiempo elegimos estar?

La búsqueda de la integración entre dos polos aparentemente opuestos nos conduce a un sabio y sano equilibrio. Combinar actividades del ayer y traerlas al presente, aun cuando muchas han sido modificadas o intervenidas por avances tecnológicos y culturales, pareciera ser la elección de un gran porcentaje de la sociedad.

Pero no se trata de un esnobismo o una moda que pudiera tomarse como pasajera. Esto comenzó a valerse como una necesidad imperiosa. Durante nuestro recorrido a lo largo del tiempo fuimos probando distintas cosas y nos hemos dado cuenta de que, de una u otra manera, es hora de volver a casa, que es lo mismo que decir “a nuestra esencia”.

Hoy ser revolucionario pasa por salir a caminar y vivir una vida a paso de hombre. Alejarse por momentos del cemento y conectar con los tiempos de la naturaleza vivenciando el pasaje por cada estación, por cada período entre la semilla y la obtención de su fruto o flor. En una era donde la velocidad pareciera ser un bien preciado, los medios analógicos volvieron a estar, paradójicamente, en auge. Pero, ¿qué es lo que aporta lo analógico que no se puede conseguir en lo digital?

De la pluma al papel

Los escritos más antiguos se asocian a los símbolos y signos tallados en piedras, mármoles o bronces que, si bien estaban desprovistos de contenido lingüístico, transmitían una información. Luego llegaron las tablas de arcilla y cera, el papiro y los pergaminos, y es aquí donde las palabras empiezan a florecer. El equipo más familiar de escritura antigua es la pluma de ave y la tinta, que se estima empezaron a utilizarse desde el siglo VI hasta el XIX; luego se le dio paso al bolígrafo y la lapicera.

Ya más próximos a esta era, nos acompañaron primero la máquina de escribir y luego las computadoras, que, en varios casos, supieron hacer nuestra tarea más sencilla y rápida. Nadie está desconociendo esos beneficios, pero el acto de escribir a mano alzada con lápiz y papel hace que el cerebro se comunique mejor con el resto del cuerpo.

Al poner el brazo en acción, trazando líneas en una hoja, hacemos el ejercicio de anclar nuestros pensamientos, materializándolos, trayendo así el Cielo a la Tierra. Tal vez el secreto radica en hacer una mezcla de las herramientas disponibles para que todo confluya capitalizando lo mejor de cada cosa, ya sea garabateando un papel o proyectando símbolos en la pantalla de una notebook.

La información en la melodía

Las generaciones anteriores dependían del material físico de los vinilos para responder a todas estas inquietudes. Según diversas fuentes, el vinilo es uno de los pocos formatos físicos de la historia (y hasta quizás el único) que ha sido capaz de revertir su propia caída de manera mundial.

Esto se atribuye a diversas teorías: algunos sostienen que tiene ver con una emoción disparada por la nostalgia, por esa conexión directa con el pasado que nos lleva a rememorar un momento puntual o una persona; otros lo llevan a un terreno que se conecta con el impacto visual, es decir, lo toman como una pieza de arte en sí mismo y anhelan tenerla en sus manos.

Incluso hasta el proceso de compra los seduce, dado que la búsqueda se torna un ritual y forma parte del juego; otros, más concretamente, lo eligen por cómo suena.

En una entrevista brindada a CNN, el productor e ingeniero de sonido J. C. Losada dijo: “El sonido del vinilo es de muy buena calidad; el CD es de más alta resolución, y el streaming empieza a perder nobleza, dependiendo de la plataforma. Cuando ibas y comprabas el vinilo, obtenías el mismo sonido en cualquier parte del mundo, discos como Abbey Road, de los Beatles, fueron pensados y producidos para ser escuchados en un tocadiscos, por ello, presenta frecuencias que son irreproducibles en otros formatos”.

Darle luz al instante

Eternizar una ocasión o retratar un fragmento de felicidad es una pasión para muchos. Poder ver enseguida la captura de lo acontecido hace que le quitemos frescura al momento, llenando de prisa una situación que entorpece el disfrute con la inmediatez. Esto hace que vivamos pensando en que podemos mejorar algo que acaba de pasar. Casi como si fuéramos una especie de interventores fotográficos y nos diéramos una segunda o tercera chance de mejorar un momento.

En la otra punta tenemos una alternativa diferente, que implica el tiempo de espera del revelado del rollo fotográfico, que nos obliga a que ejercitemos la paciencia y la sorpresa de conocer lo retratado tiempo después, sin posibilidad alguna de modificarlo. Porque eso que pasó, que ocurrió en aquel instante, fue perfecto tal y como sucedió, y esto nos invita a seguir contemplando lo único que verdaderamente tenemos: el momento presente.

Aunque parezca una obviedad, no lo es tanto, porque vivir el aquí y ahora es una tarea mucho más compleja de lo que parece. No en vano tantos sabios de la historia de la humanidad nos hablaron de que la abolición de todo sufrimiento se consigue estando en el momento presente. La virtualidad muchas veces no colabora en esa labor, porque nos hace estar desenfocados y en varios lados en simultáneo, sin estar realmente en ninguno.

Una rosa entre las páginas

Con el correr de los años, las aplicaciones para leer online se multiplicaron y se fueron perfeccionando, haciendo que la oferta fuera cada vez mayor. Sin embargo, hubo un auge en la venta de libros físicos, incluso con reediciones de clásicos. Muchas personas prefieren leer en papel porque es más amigable para la vista, pero también porque la mística es otra: nada se compara con el aroma que se deprende al dar vuelta una página. Hay algo de los sentidos que nos transporta a otros lugares y momentos.

Es que estando en esta densidad de la materia, donde el sentido del tacto, del olor y del gusto también son parte intrínseca de esta realidad, tendemos a una experiencia física. Atesorar la biblioteca en el hogar implica ir en busca de un texto, de una palabra como refugio para que nos abrace y nos proporcione algo tangible que grabe recuerdos, como cicatrices en el alma, corroborándonos que hemos vivido.

Buscamos formas más artesanales de fundirnos con la vida. Queremos dar espacio a aquello que nos toca el corazón y dejar huella, guardando un pétalo de rosa o esa carta preciada en un libro, porque si bien somos pasajeros, no somos efímeros.

La obra maestra

Hay una suerte de paradoja con los jóvenes que crecieron en un espacio minado por la tecnología. Muchos de ellos eligen volcarse a lo analógico dado que es ahí donde encuentran la originalidad y lo refrescante, mientras que el resto de los mortales contribuye en este camino, siendo que lo analógico es una simulación más acertada de lo que llamamos “vida real”; esa ilusión en la que estamos sumidos, esa aparente realidad que nos contiene y nos limita a la vez. La vida es una especie de gran obra de teatro donde todo es ficción, incluso esta nota que estamos escribiendo.

En muchos casos la presencia es vital, pero no reducida al simple hecho de estar con nuestro cuerpo físico en algún sitio, sino comprendida como algo mucho más inmenso que nos hace habitar en el paraíso, que lejos está de ser un lugar como nos dijeron que era, sino que es más bien un estadio de conciencia que sentimos con nuestras experiencias, un acto de fe, sin duda.

“Volver al origen” pareciera ser una frase que se repite de manera permanente. Tres palabras que describen un hábito abandonado. Diferentes acciones que fuimos borrando de nuestra cotidianeidad pero que hoy, tomando distancia, volvemos a elegir. El regreso de un tránsito que nos es familiar, pero con una mirada alternativa, porque ya no somos los mismos que fuimos.

Y así, tal como alguna vez escribió Eduardo Galeano, es preciso perdernos para volver a encontrarnos, porque quizás que las cosas no vuelvan al mismo lugar sea lo mejor que puede pasarnos para aprender a integrar todas las partes y ser, por fin, la mejor versión de nosotros mismos.

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