Juan Minujin: "Formamos parte de un sistema donde la gran mayoría va quedando afuera"

El actor vuelve a ponerse en la piel de Pastor para la cuarta temporada de El marginal en Netflix. El anhelo permanente de libertad y un protagonista que entrega cuerpo y alma en el retorno de la serie que todos estaban esperando.

“Los confines más oscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen mantenerse neutrales en tiempos de crisis moral.”
La Divina comedia, Dante Alighieri

Desde la primera temporada, casi seis años atrás, que no teníamos noticias concretas de Pastor. El personaje interpretado por Juan Minujin había aprovechado el incendio en San Onofre para escapar y hacerse invisible, al menos por un tiempo, puesto que todo cambia radicalmente en un intento de cruzar las fronteras del país. El protagonista de la serie vuelve a caer tras las rejas, pero esta vez en una cárcel de máxima seguridad conocida como Puente Viejo.

Y no, no la pasa nada bien. Pero es en la crudeza de las escenas donde Minujin nos regala su maestría actoral para que podamos conectar con la esencia de su personaje. Pone cuerpo y alma en escenarios completamente devastadores donde la fragilidad de la mente sucumbe ante el encierro y abre paso a la redención. Donde el abuso de poder flagela los derechos de los peregrinos olvidados en pabellones. Donde la unión fraternal es a partir de la violencia recibida. Donde el miedo a morir nunca es tan grande como el miedo a vivir.

Además de su rol protagónico, Juan se sumó también al detrás de cámara: participó activamente de la corrección del guion y como productor asociado. “Filmamos dos temporadas juntas, estuve como productor asociado en esta temporada y en la quinta también, además de que codirigí. Esto me da la posibilidad de poder ver otros aspectos y estar más involucrado en el armado de diferentes cosas”, dice.

–En un diálogo que has tenido con Jonathan Pryce por la película Los dos papas, hablaron de la responsabilidad del personaje. ¿Cómo es el proceso para aclimatarse con Pastor, que, si bien ya lo has hecho, ahora aparece con un nuevo condimento, que es la adicción? ¿Cómo es el tratamiento de conexión y desconexión?

–Diste en el clavo de lo más difícil, el poder ir asimilando e ingresando en el mundo del personaje. Cómo es el proceso psíquico por el cual va pasando y va entrando en todo esto que vive, cómo va sufriendo los abusos y, a la vez, va perpetrando otros abusos también. Todo eso es lo más complicado siendo que yo, Juan, no tengo esa experiencia en mi vida y hay que encontrarlas. Eso lleva horas y horas de buscar, de pensar, de estudiar. Es un proceso de ensayo y de trabajo. Hace muchos años que tengo un coach y para cada proyecto, un par de meses antes o un mes antes, depende del tiempo que tengamos, alquilamos una sala y ensayamos, ensayamos, ensayamos. Para mí lo más difícil es meterse; salirse es fácil, porque siempre es un juego de actuación.

–Tenés que adoptar una identidad que, como me decías, es completamente ajena a tu realidad, ¿visitaste cárceles o centros de rehabilitación?

–Fui a Devoto antes de que empezara la pandemia y fui un par de veces al Centro Universitario de Devoto, que es una parte de la UBA dentro del penal, y ahí tuvimos varias charlas. Fue superenriquecedor para mí porque El marginal muestra una parte de la cárcel, pero existe otra. Ahí están los internos que leen, que estudian, que están tratando de ver qué hacen con lo que cometieron, cómo reprocesan eso, cómo salen adelante, cómo se revinculan con sus familias, con ellos mismos, cómo zafan de las adicciones adentro de la cárcel, porque también es algo muy corriente, hay gente muy intoxicada dentro de la cárcel. Y con respecto a la adicción, yo tengo un amigo que es psiquiatra y que me ha ayudado muchas veces con muchos trabajos, creo que desde que hice Tiempos compulsivos, y es siempre muy interesante. Hablo mucho con él de todos los personajes y, en este caso puntualmente, cosas técnicas, como los síntomas o cómo es el proceso de adicción, como para poder tener ese background bien claro.

–Has mencionado el magnetismo que tiene la marginalidad en el público a partir de un libro que leíste, ¿podrás profundizar un poco más acerca de esto?

–Sí, hay un libro de César González que es bárbaro. Él es un cineasta y poeta que estuvo mucho tiempo en la cárcel, y es muy interesante y recomendable la reflexión que hace. Vemos un montón de ficciones que están tratando esos temas, algunos de una manera, otros de otra, pero me parece que hay algo que tiene que ver con el lugar en donde estamos nosotros como artistas y el lugar en el que vivimos. Formamos parte de un sistema en donde cada vez queda más en claro que la gran mayoría va quedando afuera, va quedando en el margen de lo que está bueno, de lo que es deseable, de lo que es disfrutable, de lo que es placentero, de lo que está valorado. Entonces, todo eso que queda afuera es un montón de material para nosotros para poder trabajarlo, poder explorarlo, poder darle una voz, poder entenderlo y reflexionar. Me parece que la ficción muchas veces puede ocupar ese lugar, el de posar la mirada sobre algo y que, de una manera y con lenguaje artístico, eso pueda hacerles a los que están mirando, pensar, reflexionar o hacerse algunas preguntas. Ya con que alguien se haga una pregunta es un gran logro, ¿no? Ya si uno hace una serie en donde no se siguen repitiendo los mismos esquemas y los mismos sesgos, eso es un logro. No es sólo no caer en un lugar común, es una población que ya está muy estigmatizada y que además padece mucho estigma. Entonces, digo, si uno hace una serie para volver y seguir reestigmatizando, no tiene mucho sentido. Es poder correrse y enfocar desde otro lado.

–Hay algo con los personajes, con casi todos, que no es que “el policía es el bueno y el preso es el malo”. Hay una amalgama de dolor y sufrimiento que te permite conectar y empatizar en diferentes lugares con diferentes individuos.

–Claro, y me parece que eso es parte de la riqueza de tener personajes complejos que tienen mucha maldad, por un lado, pero también tienen nobleza y también tienen fragilidad. Y es lo que pasa, ¿no? No existe el lugar donde son todos malos o todos buenos, la verdad es que no es así, porque todos tienen necesidades, todos quieren ser queridos, todos quieren gustarle al otro. Pasa en todos lados.

–¿Algo de esto que mencionás lo podés conectar con lo que le pasa en profundidad a tu personaje?

–Yo creo que Pastor, detrás de su coraza tan fuerte que tiene y que armó a lo largo de su vida, tiene una nobleza y una fragilidad que es lo que hace un poco el contrapunto a la frialdad, crudeza y maldad que pueda tener. Transita un poco esa contradicción de cosas que le pasan, que se debilita pero tiene gestos nobles y poca posibilidad de expresarlo.

–Hay un tema recurrente, al menos en esta temporada, que es la fe. Pastor tiene un diálogo breve cuando ingresa nuevamente en la cárcel en el que le preguntan si cree en Dios, y responde: “En Dios sí, en intermediaros no”.

–En principio, Pastor es un antisistema, en un montón de sentidos. Es una persona espiritual, que tiene mucha fe, que tiene una formación religiosa pero no tiene nada que ver con la Iglesia, no se siente representado. Y en mi caso, yo no tengo una formación religiosa, me gusta mucho el mundo de las religiones, como historia, como un fenómeno cultural, pero no soy religioso. Sí tengo algo espiritual en un sentido. Por ejemplo, creer en el amor como una fuerza. En el amor y en la empatía por el otro, como una fuerza. Eso ocurre en todos lados, tanto dentro como fuera de la cárcel, de una escuela, de un hospital o de una oficina. Cada uno tiene su cuota de poder, todos la tenemos, hay gente que tiene más y gente que tiene menos, pero todo radica en ver cómo lo maneja. Está un poco ahí la cosa.

La divina tragedia

“Yo también, en la mitad de mi vida, vine a caer en esta oscuridad”, se escucha la voz de Pastor mientras lee unos papeles que encontró dentro de un libro, y continúa: “Todos los pecados están presentes en este lugar. Pero no están todos los pecadores, nada más los pequeños. Sin poder, no hay libertad. Los grandes pecadores siempre zafan, al menos en esta vida. Busca el ángel que te guiará por las aguas subterráneas del infierno hacia la libertad”.

Momentos antes, sumido en la soledad y condenado al encierro más abominable al que llaman “el buzón”, el personaje interpretado por Juan Minujin abandonaba toda esperanza queriéndole poner fin a tanto dolor. Y es ahí, en ese mismo infierno, en el caos más absoluto, donde los demonios danzan porque se acerca el final, que se topa con una frase de la Divina comedia, que dice: “Buscá la libertad que sabe cara, quien por ella de vida se desnuda”. Y así, como una ráfaga de luz que ilumina un bosque petrificado, el magnetismo de las palabras lo calman, el arte lo rescata y la estrategia de escape vuelve a apoderarse como una nueva pulsión de vida.

–Hay algo muy interesante que está planteado con tu personaje, que es la conexión que se establece con la Divina comedia. Se puede hacer una lectura de analogía entre lo que transitan tanto Dante Alighieri en el libro como Pastor.

–Fue una idea de los autores y de Sebastián [Ortega]. Está bueno porque le da al plan de fuga una poética distinta que tiene que ver con la libertad que, en definitiva, es algo que uno puede o no tener, preso o no. Las facilidades, el dinero y el poder no te dan libertad, esa cosa íntima de la libertad, la que estamos negociando todo el tiempo. Y la libertad en todos los sentidos. Viví mucho tiempo fuera del país, con lo cual adoro la Argentina, me gusta y la siento mucho mi lugar, pero me gusta también la cosa de la no territorialidad, de que en realidad no importa si naciste acá o 200 km más allá, en definitiva, hay algo que nos va uniendo, que tiene más que ver con cuál es nuestro rol acá, en este mundo. Y eso es mucho más allá de si naciste bajo una bandera u otra. Eso también es libertad.

Créditos:

Fotos: Cony La Greca

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