Nico Sorín: el paso a paso de un hombre orquesta

Con el punk en la sangre y la música en el corazón, el director, productor y compositor acaba de editar el EP Solo No1, su primer proyecto en solitario, donde explota su costado más experimental y electrónico.

Nico Sorín no se casa con nada. Patea el tablero y se reinventa a cada paso que da. Se sube a escenarios como director de orquesta, se encierra en estudios horas y horas para componer música para películas y también para producir discos. Experimenta y se mete en diferentes géneros para cuestionar lo establecido.

Así originó un lenguaje propio que atrajo de forma magnética a directores de cine, como su padre, Carlos Sorín, o Alejandro Maci; a cantantes, como Miguel Bosé, a quien produjo, y a orquestas, como la London Session Orchestra o la Mexico Symphony Orchestra, las cuales dirigió.

También creó bandas con una insignia ecléctica, como Octafonic, Sorín Octeto, Fernández 4 y Piazolla, el octeto electrónico que homenajea al gran bandoneonista, y se presentó el 2 de diciembre en Niceto. Ya tiene un disco solista, Laif, y hoy se sumerge en la música electrónica, un espacio nuevo donde juega con todos esos sonidos que creó a lo largo de su carrera. El resultado fue Solo No1, un proyecto grabado en pandemia, lleno de samplers y sintetizadores que conviven y dialogan con el pop, el clásico, el electro, el jazz y lo experimental.

“Me molesta mucho cuando las cosas se encasillan. Me gusta patear el tablero.”

–Siempre estás haciendo muchas cosas diferentes a la vez con la música, ¿no?

–Sí, el problema de mi vida.

–¿Es un problema o es algo bueno?

–Es lo que es. A veces fue un problema, pero hoy estoy tratando de naturalizarlo, porque me aburriría mucho haciendo sólo una cosa. Cuando pienso que el que mucho abarca, poco aprieta, veo que con el tiempo estoy tratando de que todo eso que se abarcó, apriete. La música la vivo estando al frente de una orquesta, o con una banda de rock, o haciendo música electrónica, como ahora.

–Tu infancia estuvo rodeada de música, me imagino.

–Sí, de parte de los Sorín tengo una familia de músicos clásicos; los domingos en vez de comer asado se juntaban a tocar Brahms. Nací con la música de película de mi viejo, pero también me gustaba mucho el punk californiano, el glam rock, Metallica. Cuando tenía cuatro años me regalaron un piano de pared y fui solito tocando. A los doce ya sabía que quería estudiar música.

A los 17 caí a estudiar en Berklee, una escuela muy prestigiosa de jazz; yo venía tocando punk. Al toque conocí a Phil Wilson, un profesor trombonista glorioso que llegó a tocar con Louis Armstrong y Benny Goodman. Ser sapo de otro pozo, no conocer los idiomas del jazz, me jugó a favor. Cuando tuve Octafonic e hice rock, no era rock, era una orquesta de rock, y ahora con lo electrónico me pasa lo mismo. No pertenecer a un nicho te da más libertad.

–Claro, no te casás con ninguna escuela ni género.

–Yo tengo un problema con los rótulos, los géneros. El estilo sí me parece superimportante. Uno ve a Picasso y maneja diferentes géneros, pero el estilo es de él. Soy un degenerado, no me gustan los géneros. Con mi último lanzamiento pasa eso, y me pasó siempre: dirigía música clásica con pantalones de capoeira, tenía rastas. Yo de protocolo de orquesta no sabía nada. Ni dirigía, bailaba. Me molesta mucho cuando las cosas se encasillan. Me gusta patear el tablero.

–¿Y qué estilo pervive en vos?

–El punk en su lado más romántico, que tiene mucho que ver con la música clásica. El romance en la música: la música tiene que tener corazón siempre; es oscuro para tener ese contraste. Hay dos géneros, la música que tiene corazón y la que no lo tiene.


“Hay dos géneros: la música que tiene corazón y la que no lo tiene.”

–¿Algún pantallazo de esa vida en los Estados Unidos?

–Hice tres carreras, estacionaba autos para mantenerme. Vendía chocolates durante ocho horas todos los días, me peinaba para atrás con gomina, hacía chocolate caliente. Me intoxiqué con unos bombones divinos; vivía en Queens, en un departamento chiquito, comía arroz y chocolates cuando me iba a trabajar.

Y gané una beca en Los Ángeles, en el Henry Mancini Institute. Ahí nos encerraban, venía Quincy Jones a darnos clase, era una especie de Disney musical. Después me llamó Miguel Bosé para ir a trabajar con él como productor, y al mismo tiempo, a los veinte, mi viejo me dio Historias mínimas para hacerle la música.

–¿Qué recordás de esa primera gran obra que compusiste?

–Fue duro porque yo vivía en Nueva York, mi viejo quería una guitarra portuguesa. Yo confundía el rol director/compositor y padre/hijo: tenía que hacer la mejor música del mundo. Fue mucha presión porque yo adoro a mi viejo, adoré la película, me parece que tiene un gran nivel de sensibilidad, y quería hacer la mejor música, pero el rol del compositor es hacer una música que le funcione a la película. Vinieron muchas pelis más, muchas peleas: “Esta es la última película que hago con vos”; hasta que nos entendimos y ahora hablamos telepáticamente.

–Con Historias mínimas ganaste premios. Enseguida tuviste un reconocimiento.

–El reconocimiento fue para mi viejo, creo; me decía: “¿Cuándo vas a trabajar para Ricky Martin?”. Cuando gané el Cóndor y el Clarín en Historias mínimas, me di cuenta de que fueron para él. Me pasa con mi hijo, que actuó a los cuatro años en El cuaderno de Tomy, la película de mi viejo, y ganó el Premio Sur como actor revelación. Los premios sirven para los padres y las madres. No para el artista.

Solo No1, tu nuevo lanzamiento, refleja esa mezcla de lo que viniste haciendo. ¿Qué te interesa transmitir?

–La búsqueda fue un poco forzada. Siempre estuve detrás de orquestas, de bandas grandes, y acá me encontré en una pandemia solo, sin poder ensayar con nadie, entonces mis equipos y mis samplers se convirtieron en mi orquesta.

Fue producto del encierro y de ver cómo yo por primera vez podía hacer un show y hacer música solo, que era algo que me daba mucho pudor. Y empecé a entrar en la música electrónica, que no conozco demasiado y tampoco quiero conocer demasiado. Hasta que salió lo del Mutek; lograr entrar en un festival de esa envergadura, de turista, fue espectacular.

Y este EP es un viaje: pienso la música como un viaje, después de tanto encierro. Empiezo con una especie de cemento derritiéndose y terminamos en un bosque escandinavo, con algunas reminiscencias de Thom Yorke. La primera parte yo me imagino a alguien galopando por el Cañón del Colorado.

–¿Siempre pensaste la música en imágenes?

–Sí, siempre se me ocurre algo visual para cada cosa. Laif fue otro proyecto que tuve e hicimos nueve videoclips; hablamos del amor, de la muerte y el nacimiento, hay todo un tema re visual y no tanto del habla; por más que cante en inglés, no me importa que se me entienda lo que digo. Quiero que la gente entre en ese viaje y haga esa tarea.

–¿Escuchás música en general?

Café y cigarrillos son mis musas: me levanto, café y cigarrillos y ver qué pasa. No escucho música hace un montón; a veces me gusta irme a lugares para componer. Hice “Sinfonía antártica”, me fui a la Antártida en 2013 y 2019, a sentarme en bases militares con partituras y escribir. Lo pudimos hacer para el G20, lo estrené ahí y en el CCK. Es una obra abierta, mi idea es seguir yendo a la Antártida.

Casi pierdo un brazo por el frío, porque levanté una caja de víveres de golpe. Estuve 23 días sin dormir del dolor, sin saber lo que me pasaba, con shocks eléctricos. Después volví a ir y seguiré yendo para decir, a través de la música, que estamos haciendo mierda el planeta.

La Antártida es un termómetro del planeta. Es muy hostil y poderoso, hermoso y frágil a la vez. Me parece fascinante encontrar la soledad absoluta en esos lugares para componer. Cuando volví en 2019 estaba en un barco ruso cruzando el Drake, atado a la cucheta, vomitando, todo mal, y decía: “¿Qué carajo hago acá?”. Igual iría de vuelta.

–¿Has sentido mucha presión en tu carrera, tipo la película Whiplash? ¿Es real eso?

Odié esa película. Yo tengo mucha exigencia conmigo, pero no voy a agarrar y romper un redoblante con la mano. Me pareció demasiado pasada de rosca. Y mirá que giré con big bands, era muy divertido. Tuve muchos profesores en Berklee que me invitaban a su casa, nos tomábamos una botella de whisky y nos quedábamos hasta las cinco de la mañana componiendo y dirigiendo.

La autoexigencia está, la inseguridad está, y cada vez que te ponés a hacer un proyecto nuevo, entre más riesgos tomás, más inseguro estás. A mí me encanta ese nervio. Creo que es un poco el motor y la nafta para hacer cosas: si encontrase un lugar de comodidad no me dedicaría más a la música.

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