Vengar la sangre: "Succession", la serie del momento

Después de casi dos años de espera, el clan Logan está de vuelta con una tercera temporada que arrancó con todo.

Sabemos desde hace décadas que “los ricos también lloran”, y a mí honestamente me importa un carajo. Entonces, ¿por qué esperamos tanto el regreso de Succession, la serie de HBO Max que retrata a una familia de magnates miserable, mezquina y dañada? El clan Roy tiene algo podrido, es ese ojo bizco que no podés evitar mirar, el chiste inoportuno que se te escapa en el peor momento, el fallido donde el inconsciente delata eso que realmente estás pensando.

Quizás las claves del fenómeno global de Succession estén en la falla. Sus personajes parecen tenerlo todo, y esa es su principal condena; son barriles sin fondo. No importa cuánto poder acumulen, nada será suficiente para alcanzar una pizca de felicidad porque son capaces de huirle al escarnio, a la cárcel y a las consecuencias de sus actos, pero no pueden escapar de sí mismos. Ni nosotros de ellos.

La línea argumental es conocida gracias a las innumerables reproducciones de memes, diálogos de cada episodio, referencias en cualquier reunión de amigos y latiguillos robados a la serie: Succession retoma en algún punto la historia de Rey Lear. Un anciano está llegando a su ocaso y sus hijos se pelean por sucederlo en el manejo del poder.

Gracias a esta serie, el prócer Brian Cox no pasará a la historia como el Hannibal Lecter menos exitoso (hizo el papel del célebre caníbal en Manhunter, la película sobre la novela Dragón rojo dirigida por Michael Mann), sino como un auténtico viejo garca que se atornilla al sillón de su reinado. Y se comerá a sus propias crías si es necesario.

Logan Roy es la criatura (im)perfecta en manos del actor escocés Brian Cox.

Porque Succession tiene también ese guiño a la tragedia griega, un Tiestes y Atreo retorcido donde no hay mejor cariño que comerse a los niños. Lo confirma el coro que aplaude los insultos increíbles del patriarca y venera esa psicopatía que maneja para explotar todas las debilidades de sus descendientes en su propio beneficio. Ray es tan despreciable como para decidir sobre el final de la segunda temporada que llegó el momento de un sacrificio de sangre y entregar a su propio hijo pródigo sin que se le mueva un pelo.

Sin embargo, los espectadores, al igual que sus víctimas, no podemos soltarlo. Quizás porque reconocemos en cada una de sus barbaridades nuestras potenciales bajezas o nos topamos con la fantasía inconfesable de decir cualquier cosa impunemente, un “ya fue todo” sin culpa y con goce.

La palabra recupera el centro de la escena con Succession, la prueba está en los dos primeros episodios de esta tercera temporada: en el capítulo inicial todo se basa en un duelo telefónico sin tregua, casi una obra teatral al ritmo de los peores audios que alguna vez dejaste en WhatsApp. En el segundo, una reunión entre hermanos donde todo es diálogo y réplica filosa como un Tramontina.

En un mundo audiovisual dominado por la imagen cuasipublicitaria, las web series de quince minutos o el spin off superheróico del momento, una serie donde se habla con aquella velocidad de las películas clásicas es algo casi revolucionario. Muchos comentarios en redes apuntan a la dificultad para leer tantos parlamentos trepidantes: en los últimos tiempos muchos se han habituado a dudosos doblajes neutros. Succession nos desafía a algo que es tan viejo como el teléfono de línea: no sólo se trata de ver sino de escuchar. Y disfrutar a descubrir estos dobles sentidos que escapan al subtitulado.

Quizás las claves del fenómeno global de Succession estén en la falla. Sus personajes parecen tenerlo todo, y esa es su principal condena; son barriles sin fondo.

Porque la ironía también es uno de los pilares donde se asienta Succession, la serie más tuitera del planeta. Título, desarrollo y remate en muy pocos caracteres podría ser la base de muchísimas escenas. No hablamos de tuits virales bobos, sino de aquellos que, como las donas enviadas por Roy a sus hijos, pueden estar envenenados.

Succession hace una apuesta radical por la ironía más áspera, los plots más enfermos y los personajes más míseros en esta época de corrección, agendazo, deber ser, empatía de cartón y frases inspiracionales. A Succession le gusta hablar, molestar, burlarse, y lo hace como nadie.

Por eso se mete en carriles donde sólo esta familia puede ser inimputable. Un primogénito estúpido y derechoso en pareja con cierta ex actriz porno de pretensiones artísticas carísimas (Alan Ruck, quien se arroja sin temor a la comedia); una hija inteligentísima cuya debilidad emocional es letal (Shiv, interpretada por la genial Sarah Snook, uno de los hallazgos de esta serie), y ese hijo menor tarambana de lengua rápida que demuestra ser más pillo de lo que todos creíamos (Roman, encarnado por Kieran Culkin, gnomo feroz, enano maldito, el replicante cínico que todos amamos).

Justamente, Roman lleva adelante una de las líneas menos convencionales de la serie. Ha desarrollado una relación materna-perversa-sexual-amorosa con Gerri (la magnífica J. Smith Cameron, gloria del teatro y compañera del director Ken Lonergan en la vida), una sexagenaria que maneja los hilos del conglomerado mediático. Sí, Succession confirma que las viejas tienen sexo, hablan cochinadas y se calientan con pibes pajeros. No se me ocurre nada más revulsivo en un mundo donde pareciera que la vida y la cama se terminaran a los 35.

El brillante Kieran Culkin.

Pero mientras nos deslumbramos por otros satélites encantadores como Tom, el yerno cornudo víctima nata (lo mejor que hizo en su vida Matthew Macfadyen), o el primo Greg, dueño de ese cuerpo con el que nació incómodo, dentro y fuera de cualquier círculo social forever (Nicholas Braun, otrora chico Disney, cuyos dos metros de estatura ya son el remate del chiste cuando se para al lado de Kieran y su escaso 1,67. La maldad de poner a esos dos juntos no te la robo, amigo), sabemos que la verdad es otra. Lo único importante es Kendall.

#TeamRay o #TeamKendall, ese es el dilema. Porque Kendall, hijo elegido, mente brillante, drogón perdido, muñeco roto, es el único que, diría mi psicoanalista, puede tachar el nombre del padre. Detrás de ese rostro transformado en una máscara de desolación o en el brillo del triunfo con sólo pestañear, está Jeremy Strong, un actor prodigioso. Se lo discuto a cuaaalquiera, vengan de a uno, ya elegí trinchera.

Jeremy, hijo de una enfermera psiquiátrica, intuye el peso de estar fallado. Primero fue el pobre que llegó a la Universidad de Yale, después el tipo no muy hegemónicamente atractivo que siempre soñó con ser Hamlet (paradojalmente, en Succession está a punto de matar al padre en vez de vengarlo. Lo charlamos en la próxima sesión), más tarde se convirtió en asistente de Daniel Day-Lewis (según cuenta en The Guardian, lo ayudaba en cosas muy básicas y no le hacía el café, porque Daniel es poco divo comparado con algunas celebrities argentas, se lo prepara solito) y además fue discípulo de ese actor bestial tan extrañado llamado Philip Seymour Hoffman.

Kendall Roy (Jeremy Strong), ¿oveja negra o mosca blanca?

Quizás por todo esto, Strong cree que el actor debe ser un recipiente vacío, la cáscara dispuesta a ser habitada por su personaje. “Una mitad del año soy Jeremy y la otra soy Ken”, dice. Actor del método, cuenta la leyenda que evita cruzarse en el set con su amigo personal Brian Cox para no contaminar la tensión que debe existir entre sus personajes. Al dato de su madre enfermera psiquiátrica agregale su matrimonio con una psicoanalista danesa. Esa cabeza no descansa. Tampoco la de Kendall, el único hijo de Roy con garras de sucesor.

En el duelo a muerte con su padre está el corazón de la serie, la fuente de todas las contradicciones, las bajezas y también el amor en su forma más monstruosa. Esa relación padre-hijo es una planta carnívora donde no sabemos quién es el insecto que será fagocitado. Ken está roto, pero tiene huevos. Cuando su padre dice refiriéndose a él “que nadie le hable a la serpiente”, es porque sabe que en ese nido puede gestarse su caída. La tercera temporada lo encuentra enfrentado con su progenitor, imbuido de esa rara valentía que emana cuando todo está perdido. El instinto de supervivencia que aflora en el instante exacto de dar un volantazo que te puede salvar a vida o dejarte moribundo al costado de la ruta.

Con la noticia de una cuarta temporada confirmada sabemos que a los Logan les quedan muchas carreteras perdidas por recorrer. Esperamos esos inicios de temporadas lentos, como le gustan a su creador Jesse Armstrong, un par de episodios donde vamos comiendo el salamín y el quesito mientras preparamos el fuego para el asado. Los mejores cortes ya están en la parrilla. Kendall rapea: “L to the OG”. Y que nos envuelvan las llamas.

Fotos: gentileza HBO Max

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