Pedro Mairal: el novelista que sacudió al mundo de la literatura

Su debut como novelista revolucionó al mundo literario, aunque nunca terminó de creérsela. Hoy, sus libros y sus poemas se leen en varios países, y sus historias, algunas proyectadas hasta en el cine, ya son parte de la cultura pop de América latina. 

Por Silvina Giaganti
Fotos: Pablo José Rey (Universosliterarios.com)


Al momento de conectarnos, Pedro Mairal entra en un link de Zoom y yo en otro, pero seis minutos después ya estamos en la misma pantalla para achicar la distancia entre Buenos Aires y Montevideo, ciudad en la que ahora vive, y hablar sobre ganar un premio de novela a los 28 años, sobre si se siente un varón sobreviviente en esta época de escritoras mujeres y sobre cómo gestiona el deseo masculino en su obra.

–Con Una noche con Sabrina Love, ganadora de la primera edición del Premio Clarín de Novela, entraste por la puerta grande en el mundo de la literatura. Fuiste premiado por un jurado de pesos pesados con la difusión y amplificación que tuvo tu nombre, con el dinero y con la proyección de tu obra a futuro, que te confirmó como escritor. ¿Ese reconocimiento te frenó o pudiste capitalizarlo? 

–Usaste la palabra “obra” y la palabra “escritor”. Sinceramente, yo no tenía obra y no era escritor todavía. Estaba crudo, tenía 28 años, era la primera novela que escribía, que para mí era como un cuento largo, y de golpe fue como hacer un gol de media cancha, de esos en los que te das vuelta antes de meterlos porque pensás que no van a entrar. Y me superó todo eso, me quedó supergrande. El libro salió en Anagrama y era como “bueno, ahora dale; ahora sos escritor latinoamericano; a ver, escribite otra”. Quedé completamente mudo a nivel novela, recién volví a escribir otra siete años después. Ese tiempo lo necesité para recuperar mi silencio y crecer a mi velocidad. Y mi velocidad fue irme a editoriales independientes a publicar mis poemas y mis cuentos y rodearme de una tribu de poetas y narradores. 

–En el momento de ganar el Premio Clarín, ¿ya tenías un lugar de pertenencia en el ámbito de la literatura, amigas y amigos escritores, o no te habías hecho de acceso a ese mundo?

–Yo empecé a leer mis poemas en La voz del erizo, en el Centro Cultural Rojas. Delfina Muschietti me abrió las puertas siendo yo un chico que venía de Barrio Norte, no era Puan para nada, y medio que no sabían dónde ubicarme cuando yo leía ahí. Y con mi acento de Barrio Norte me preguntaban: “¿Y vos de dónde sos?”, como si fuera de otro país casi. Siendo medio un outsider fui conociendo gente por fuera de los prejuicios. La poesía fue un vaso comunicante gigante; me hice amigo de Cucurto, Casas, Llach. Y en ese momento empezó lo de los blogs como lugar de cruce generacional también fundamental.

–¿Cómo gestionás las demandas de hoy, las de dar notas, responder a invitaciones, publicar, con un reconocimiento acumulado de años? 

–A los 35, 40 años, yo hacía todo, me metía en todas, me entregaba a la demanda. Ahora tengo que tener más cuidado porque la demanda es constante. El que pide no se da cuenta, lógicamente, por eso no se puede reaccionar hastiado, hay que ser siempre cordial con eso. Pero es verdad que la palabra más poderosa en este momento para mí es “no”. Y que me cuesta muchísimo decir, pero al fin del día me permite tener tiempo para estar con mi hija y pasear al perro. De todas formas, soy un tipo muy atomizado, hago canciones, escribo una columna para Folha de S.Paulo, doy seminarios. Por eso, lo que me enfoca al final del día es ¿tengo ganas de hacer esto? ¿Me pagan lo suficiente para no estar a las puteadas haciéndolo? Pero por supuesto me interesa leer, escuchar y saber en qué están mis contemporáneos, y también los más jóvenes, porque como contemporáneo uno también envejece y no está bueno quedarse con la franjita de lo que hacen los de tu edad nada más. 

–Es notorio que estamos en un momento en que la literatura escrita por mujeres está siendo publicada, reseñada, vendida y premiada. ¿Te sentís un sobreviviente como el varón escritor que sos?

–No, eso implicaría decir que hay algo heroico ahí, y para nada es así; yo diría que es un movimiento pendular, completamente justo que esté sucediendo, y si es el momento de las mujeres escritoras, que lo sea. Admiro un montón a Mariana Enriquez, a Selva Almada, a Leila Guerriero, a Samanta Schweblin. Las mujeres nunca fueron centro del canon, siempre son sumadas a destiempo. Sara Gallardo se tuvo que morir para que le dieran más bola. Entonces, que esto esté sucediendo ahora, es algo que por fin pone un equilibrio. 

–¿Temés que se malinterprete tu obra, es decir, que se les adjudiquen machismo a tus personajes o tramas? ¿Te convertiste en un vigilante respecto de cómo accionan y reflexionan tus personajes?

–Siento que hay un cambio de paradigma enorme y que algunas temáticas mías chirrían con la época; pero, bueno, viví más en el siglo XX que en el XXI. Yo creo que, por ejemplo, el deseo masculino de golpe tuvo muy mala prensa: fue tal la avalancha de casos de abusos que el deseo masculino quedó muy impregnado de eso, entonces el calentón, el pajero, es una cosa muy mal vista, mientras que el deseo femenino se glorificó.

Un amigo que fue jurado de poetas jóvenes me dijo que las chicas están pudiendo escribir sobre el deseo como nunca y que los varones no se animan a decir ni una palabra sobre el deseo. Yo invento personajes con los que no coincido moralmente y me los atribuyen, “mirá lo que dice Mairal”, y ponen en mi boca lo que dice el personaje. Hay una palabra bastante tramposa, que es “naturalización”. Te dicen, por ejemplo, “con ese texto estás naturalizando la violencia”. Eso me parece algo peligroso porque implica que la literatura tenga un fin didáctico, y la literatura no tiene por qué ser didáctica. La literatura es todo, no puede obedecer a la moral de una época.

Yo quiero crear personajes impresentables, con los que no concuerde, porque son individuos y tienen que estar vivos, no tienen que ser héroes morales o marionetas ejemplificativas; pueden ser gente horrenda. Sin duda, ahora soy mucho más consciente de los micromachismos, esas cosas que eran invisibles quizá y las empezás a ver en tu propia obra, en tu manera de hablar, en los chistes que hacés. Se modifica el pasado, y eso es curiosísimo, esta idea de que el pasado es impredecible, porque no podés saber qué hiciste, en el sentido de haber escrito en el pasado algo que hoy es controversial. Pero a la hora de escribir una novela o un cuento voy con todo al asador sin frenarme, porque sería un asco de mi parte estar haciéndome el moralito.

Si voy a crear la conciencia de un individuo deseante, sea mujer o varón, ese deseo va a ser incorrecto. El deseo es un lado B y todos estamos construyendo nuestro lado A en Instagram, pero la literatura es lo que te daría vergüenza que saliera en Instagram. 

–Hace poco, Sarah Jessica Parker mostró La uruguaya traducida al inglés en su Instagram. ¿Cuáles fueron las repercusiones de eso y qué sentís vos cuando pasa algo tan curioso y fuera de escala?

–Está buenísimo cuando una celebrity lee o muestra la tapa del libro porque es difícil sacar a la literatura del táper donde está. No sé si eso repercutirá en ventas o si un chico que no lee nada vaya a comprar un libro porque lo muestra Sarah. Pero lo da a conocer y eso está buenísimo.

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