Mauricio Kartun: un creador con corazón teatral y discurso poético

El reconocido autor y director cuenta cómo fue el reestreno de su multipremiada obra Terrenal, mientras reflexiona sobre el oficio y el presente de los escenarios.


“El teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma”, decía Arthur Miller. La atemporalidad de esta frase es indiscutible. Más allá de las convenciones de cada época y de las circunstancias que lo rodean, el teatro no caduca ni pasa de moda porque, de alguna manera, intenta hablar de lo eterno.

Después del punto de inflexión sufrido a partir de 2020, demostró que es un ritual vivo que percibe los cambios, las crisis y las fobias y tiene el don de abrazar y capitalizar los sucesos para transformarse, volviendo más vigente que nunca. De este arte, el dramaturgo, docente y director Mauricio Kartun es, sin duda, uno de los principales referentes de nuestro país.

Portador de una gran elocuencia poética, define su tipo de escritura como “cachivachesca”, porque cree que “la creatividad no es otra cosa más que la capacidad de relacionar elementos antes no relacionados, cosas que a priori en la cabeza era imposible que estuviesen juntas, simplemente, por no pertenecer a la misma red conceptual”.

En Terrenal. Pequeño misterio ácrata, fiel a su estilo ecléctico, Kartun relaciona un mito bíblico y el origen del capitalismo con la apropiación de la tierra, el humor en tono de clown, tres actores brillantes y un texto exquisito, que hacen de esta pieza un fenómeno del teatro independiente. La obra, que tiene en su haber ocho temporadas, 90 mil espectadores, 25 premios y recorrido por 20 festivales internacionales, se presenta actualmente en la Sala Caras y Caretas (Sarmiento 2037) y sigue agotando sus localidades.

–¿Cómo fue reponer Terrenal en este escenario tan particular de pandemia y el reencuentro con algo que había quedado vedado desde hacía un año y medio? ¿Y el recibimiento del público?

–Perturbador. El día del reestreno escuchábamos el rumor del público entrando en la sala, y eso que antes era rutina nos parecía música. Qué patéticos somos los humanos que necesitamos que algo nos falte para valorizarlo. Más allá de la circunstancia general, nos tocó reponer con elenco modificado: Claudio Da Passano reemplazó a Rafael Bruza, amigo querido que murió este año.

Tormenta de emociones por todos lados. Darle la bienvenida a Claudio en el saludo de la primera función, dedicársela al Rafa. Mirar esa platea de teatro repleto pero raleada por el aforo. Así como a veces en las parejas las separaciones o las peleas sirven para replantear, modificar y volver con más pasión, me parece que esta distancia forzada nos ha hecho renovar votos.

–Una obra que va por su octava temporada, evidentemente, tiene mucho para decir y su mensaje no caduca. ¿A qué creés que se debe este fenómeno?

En el teatro, el fenómeno, antes que nada, lo producen los actores, las actuaciones. Ahí está el soporte fundamental de cualquier disfrute que puedas tener. Y las actuaciones aquí son muy seductoras. Y dedicadas: nadie hace la plancha, a cada función se le ve el trabajo, la energía, esas cosas que el público agradece. Después, el humor, imagino. Y envolviendo todo y dándole sentido, el relato, el mito. Por supuesto, la receta abarca a otros miles de espectáculos que no han tenido la misma suerte. O sea, y para ser sincero, vaya a saber.

–¿Cómo se construye esta nueva dialéctica de los actores con huecos en el público, teniendo en cuenta que el aforo es limitado, por más que la sala esté llena? ¿Qué le da al ritual teatral? ¿Hay una nueva energía de emisión?

–Otra rareza. El efecto visual desde el escenario es de platea raleada. Pero hay gente hasta la última fila. Las energías cambian, sin duda. El ritual teatral nunca es puro, no deja afuera a la realidad, esa convivencia es parte inseparable de su fenómeno. Ver una obra en ese contexto, y representarla, es hablar también de ese contexto, es ponerlo allí haciendo preguntas y hasta contestándolas.

–¿Cómo sos en tu rol de autor y director? ¿Ves todas las funciones, corregís? ¿Seguís disfrutando del hecho performático de los actores?

El teatro es un hecho vivo. Tiene algo lindo de jardín, de moverse con el viento y modificarse con la luz y el clima. Al director que no lo entienda le quedan dos chances: poner una fábrica de flores artificiales, hacer marcas rígidas y arrancarse los pelos después porque se le nota el plástico, o despreocuparse del mantenimiento y resignarse a que de a poco se vuelva todo matorral. No. Hay que estar, hay que acompañar al espectáculo en su vitalidad.

Y hay que aceptar, como cualquier jardinero, que a veces se trata del laburazo de trasplantar un árbol –hacer reemplazos, por ejemplo– y a veces de recorrer con paciencia primorosa los canteros sacando una hojita seca aquí y poniendo un tutor allá. No es un trabajo en el sentido sufrido del término, es puro disfrute creativo.

Si lo mirás en general, al trabajo de los actores lo perdés en el paisaje. Pero si lo observás en sus detalles (las inflexiones, las intenciones, los tonos, los movimientos), entonces sí cada función resulta diferente de la anterior y podés apasionarte en ayudar a desarrollar y a corregir.

–Sos un pionero en abrirte un blog en estos tiempos, donde publicás relatos por entregas; es algo como anacrónico. ¿Qué te da esta suerte de folletín?  ¿Qué encontrás en lo narrativo que no tiene lo teatral?

–Paliativos, digamos. “A falta de pan…”, dice el refrán. En el cierre más duro de la cuarentena, sin estreno posible, sin expectativas de salas abiertas, escribir teatro no se me daba, y apareció este impulso. Somos siempre víctimas del impulso. La escritura no es algo que puedas contener mucho tiempo.

Salís a caminar, aparecen las imágenes, te entusiasmás con algún eureka, qué sé yo, es como el agua: encuentra por algún lado su declive, su zanjita, y por ahí desagota. Corrió por ahí, por los relatos y el humor. Al fin y al cabo, los que escribimos no tenemos mejor manera de distanciarnos un poco de nuestros conceptos, de nuestros tópicos. Ni otros mecanismos para pensar.

A veces cuesta entender que la escritura es una forma analógica del pensamiento. Y andá a decirle a la cabeza que no piense. Escribí primero un folletín, Konsuelo, y después una saga de relatos sobre un mismo personaje, Salo solo. Ese formato obsoleto del blog le vino perfecto para secuenciar todo por entregas semanales.

–¿Cuál es tu mirada hoy sobre la cultura en general y las artes escénicas en particular? ¿Cómo vivís la revalidación del tiempo que inexorablemente estamos teniendo?

Un tiempo de cambios. Y de validación violenta de nuestra necesidad vital de ficciones, de mitos. El encierro forzado ha creado enorme demanda de series, por ejemplo, de películas que puedas consumir en línea. La industria está trabajando mucho. Y al teatro la abstinencia lo revaloriza, hay buena circulación de público.

La cultura, siempre y sin excepción, es la ventana por la que ventilamos; nos oxigena y disuelve la peste de nuestras obsesiones. Tan sano sería que lo entendiera de una vez por todas esa parte del poder que la sigue viendo ornamental…

Terrenal. Pequeño misterio ácrata

Con Claudio Da Passano, Tony Lestingi y Claudio Martínez Bel

Dirección: Mauricio Kartún

Sábados a las 20

Sala Caras y Caretas (Sarmiento 2037)

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