Lisa Cerati: una artista con la curiosidad como guía

Del diseño gráfico y la dirección cinematográfica al desafío de comunicar frente a cámaras. Cómo volcó su pasión de niña por jugar a conducir programas de televisión –en los que entrevistaba a Gustavo Cerati y a sus amigos– en Antiarte, un ciclo de Canal (á) donde, como lo ha hecho Cecilia Amenábar en el pasado, investiga vida y obra de artistas. Un mix de influencia familiar y su “frustrado” deseo de ser detective y “resolver misterios”.

Con humor ácido, una timidez solapada y una cadencia como fuera de época, Lisa Cerati es una de las artistas visuales más prometedoras. No sólo estudia Diseño Gráfico y hace unas ilustraciones encantadoras, también brilla como directora cinematográfica, tanto en videos para Richard Coleman como en complicidad con su hermano, Benito Cerati, con quien se ha divertido creando piezas inspiradas en el expresionismo alemán para Zero Kill.

Multifacética y emprendedora, dice que paulatinamente –y aunque sigue desconfiando de los vaivenes de la exposición y mira de reojo la compulsión de las redes sociales– se atreve a mostrar un poco más sobre ella. Es por eso que se animó al desafío de pasar al otro lado de la cámara para conducir Antiarte, un nuevo programa en Canal (á) producido por su madre, Cecilia Amenábar. En una charla sin restricciones, repasamos los juegos y los misterios que quería dilucidar de niña, los cuales, descubre, marcaron los pasos de su lúdico y experimental presente.

–¿Con qué expectativa encaraste la conducción de tu programa sobre arte? ¿Cuál fue la génesis y qué prejuicios tuviste que derribar?

–De Canal (á) llamaron a mi mamá para hacer un programa y ella directamente vino a proponerme que lo conduciera. Como sabía que me gustaba “el show de la tele” a puertas cerradas y filmar entrevistas caseras, me preguntó qué me parecía. Y la propuesta está buenísima porque se plantea explorar el mundo de los artistas plásticos de hoy en Buenos Aires.

–Se te ve muy exigente y detallista en todo. ¿También lo sufrís?

Me siento muy exigente con absolutamente todo. Puede ayudar y te puede frenar por mucho tiempo, y no está bueno. Para mí, este programa es un símbolo de que ya fue, de que hay que disfrutar y relajarse. Cuento con presiones externas que están también en mi cabeza. En la pandemia me dejé llevar un poco más. Y estoy tratando de ir por ese camino, el del punto medio, para no sobrepasarme.

–Recuerdo un programa similar conducido por tu mamá en la misma señal, que fue muy icónico. ¿Lo llegaste a ver?

–Lo viví desde otro ángulo, pero sí. Con mi mamá compartimos mucho amor por el arte en general, nos gusta ir a museos y conecto mucho con ella por ahí. Está muy pendiente de la escena de los artistas, la admiro un montón y siempre hizo cosas copadas para mí.

–Hablemos de los programas caseros que hacías cuando eras chica.

–Los hacía con mi hermano o con una amiga. Siempre me gustaba ir por todos lados con esas handycam de los 90, filmaba todo y hacía cualquier cosa. De todo eso rescato que me gustaba entrevistar a amigos de mis papás. Era una especie de noticiero y les rompía las pelotas a todos. Inventábamos noticias absurdas e involucrábamos a conocidos.

–¿Qué otros juegos por el estilo, creativos, hacías?

–Cuando tuve mi primera computadora, descubrí iMovie y empecé a hacer propagandas graciosas de productos. Por ejemplo, hacíamos una especie de crema para la cara que te dejaba peor. Entonces, amigos o familiares la probaban y terminaban con la cara deformada. Me divertía estar en todo, en la idea, filmarlo, editarlo y subirlo a YouTube. En el colegio nunca me destacaba en nada, pero cuando había algo en video le ponía pilas.

–¿Qué programas te marcaron?

–Siempre fui muy fan de Capusotto. De adolescente veía cosas de chicas, era fan de Cris Morena y tuve toda esa etapa. Con mi abuela materna veíamos mucho Nat Geo y History Channel, que parecía un embole pero agarré el encanto de la curiosidad. Me hacía aprender muchas cosas y de ahí vienen las ganas de este programa.

Me acuerdo de que me mostró un especial sobre alienígenas ancestrales, que tiene que ver con investigaciones sobre aliens y preguntas que no te podés responder. Los veía y decía: ‘Qué divertido sería hacer esto’. Así que pasaba de Casi ángeles a los alienígenas.

–Una curiosidad muy fomentada.

–Sí, de parte de todos. Desde el lado musical, mi papá, y sobre todo mi hermano, que me abrió puertas musicales sarpado, porque es un Wikipedia de la música. Obvio que mi papá también, pero capaz era muy chica. Hoy, por ejemplo, veo sus gustos en los libros que encuentro de él y me sigue abriendo mundos.

Ponele, me pasó en la adolescencia que era más fan del cine que de otras cosas, entonces veía películas de Wong Kar-wai o David Lynch, y encontraba cosas que mi papá tenía un montón, y era como si estuviéramos hablando pero no. Me siento muy agradecida de estar tan empapada en el arte. Mis padres tenían muchos amigos artistas plásticos y mis tías también, así que fue una sobredosis de arte.

–¿Qué querías ser cuando eras chica que no haya estado relacionado con el arte?

Quería ser detective. Y tiene que ver, ahora que lo pienso, con esto de investigar para hacer estos programas. Me gustan las novelas policiales y resolver misterios. En otra época también pensé en la astronomía. Son sueños frustrados.

–¿Cómo ponías eso detectivesco en práctica en tu casa?

–Siempre buscaba misterios en casa. Jugábamos a eso, mi hermano también tiene ese costado. Por ejemplo, jugábamos a juegos de mesa para resolver crímenes.

–Como artista visual tenés un largo camino y te destacaste en la dirección de videoclips. ¿Qué piezas te marcaron?

–Comencé a hacerles videos a amigos, después a Beni y a Richard Coleman, que le había gustado el de Beni, y también a mi novio, Facundo Iñigo. También hice piezas más conceptuales que expuse en Mansión Berlín y le hice visuales a Fernando Samalea.

–¿Te ha influido la mirada ajena a la hora de hacer cosas propias, teniendo tanta exposición?

–En la adolescencia tenía muy presente la mirada ajena, más en la época en la que tenía Twitter, donde siempre está el que tira para abajo, los haters que te pegan donde más duele. Siento que hay que protegerse, por eso opté por cerrar la cuenta y decidí no buscar nada de mí ni de nadie. Este tiempo me permitió tener mi propia voz.

–Mucho se dice sobre el peso del apellido. ¿Cómo fuiste lidiando y liberándote de esa presión?

–Cada uno hace su camino, y cuando te encontrás que comentan lo que hacés es una presión que no es tan común. Envidio a mis amigas que crecieron sin esa presión. Pero lo acepté y también sé que hay un montón de cosas geniales. Es una mochila copada que a veces puede ser horrible. La clave es protegerse. Hoy sólo tengo Instagram público y me sirve porque no suelo recibir tanto hate como tuve en Twitter. Así que dejo pasar sólo lo bueno.

–¿Las redes sirven como inspiración o terminan siendo “expulsivas”?

–Como le debe pasar a mucha gente, estoy mucho tiempo en las redes, sobre todo en Instagram. Y están diseñadas así a propósito, para que seas esclavo de eso. Me doy cuenta de que estuve tres horas ahí ¿y qué gané?, nada. Uno ve tres mil fotos por día y está un poco contaminado, pero la entiendo como herramienta. Últimamente, estoy medio saturada pero porque no surge inspiración.

–¿Cuál es tu posición respecto a la cultura fastfood de hoy, con tanto trap como discurso homogeneizante? ¿Es algo que te abruma o aburre?

–Personalmente, siento que vivo en otra época porque no consumo lo que es mainstream. No tengo nada en contra, pero me lleva al fastfood en todo sentido. Siento que se perdió lo romántico del arte, eso de transportarte, que me pasa cuando escucho canciones de los 70. Hasta mostraban elegantemente lo sexual; hoy es todo más directo. Creo que la música de hoy tiene un fin más social que espiritual.

Fotos: Facundo Iñigo, Sebastián Arpesella y gentileza Canal (á)

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