Dueño de papeles inolvidables y elegido por Alfredo Alcón para protagonizar su última obra, el actor transita un presente sin igual entre el éxito de El reino y el sueño cumplido de haber interpretado a Hamlet en el Teatro San Martín.


Príncipe de Dinamarca, carnicero analfabeto, detective aficionado especialista en resolver crímenes, desapariciones y maldiciones familiares, titiritero en el reino de la política. Máscaras, rostros y cuerpos habitados por Joaquín Furriel, quien sobre la base de talento, determinación, curiosidad e inconformismo se ha convertido en uno de los actores más prestigiosos de nuestro país.

El dramaturgo Javier Daulte, quien lo dirigiera en Lluvia constante, emblemática obra teatral en la que Furriel integraba una dupla memorable junto a Rodrigo de la Serna, lo define como “un actor tremendamente disciplinado”. “Junto a su enorme talento, ese es su aspecto más destacable. Dócil para dejarse guiar y muy exigente consigo mismo, se empeña con el texto hasta lograr apropiarse de él desde el pensamiento y la emoción.”

El 2021 lo encuentra entretenido con el éxito de El reino, en la que compone al manipulador Rubén Osorio, y en plena realización de la tercera temporada de El jardín de bronce, donde encarna a Fabián Danubio, uno de los mejores personajes de las ficciones argentinas de los últimos años.

Relajado y reflexivo, se toma un tiempo para dialogar con El Planeta Urbano sobre su oficio, desde el intelecto y la pasión.

“Hamlet fue el objetivo más importante que tuve como actor y me da mucha felicidad haberlo podido hacer bajo la dirección de Szuchmacher, con semejante elenco y en el Teatro San Martín.”

Ya sea en cine, en televisión o en teatro, uno está acostumbrado a verte protagonizar, pero en El reino estás dentro de una propuesta más coral, ¿cómo te adaptaste a eso?

–Formar parte de un equipo es algo que me interesaba. Al mismo tiempo que El reino, estaba haciendo Hamlet; no hubiese podido estar en algo con más carga horaria a nivel interpretativo, me adapté muy fácilmente. He trabajado, por ejemplo, con Julio Medem en El árbol de la sangre y formé parte de lo que era el coro de la historia.

Me gusta mucho poder ir rotando. Es verdad que en general formo parte de proyectos donde tengo la posibilidad de llevar la historia de manera más personalizada, como en El jardín de bronce, Hamlet o la mayoría de las películas que hice, pero me pareció que El reino tenía esa invitación a formar parte de un gran elenco, una gran producción, y con Marcelo Piñeyro.

–Y también tenías un antecedente con Claudia Piñeiro, ¿no? Por Las grietas de Jara.

–Claro, a Claudia la conocí ahí y me quedó un vínculo muy lindo con ella, es alguien que me gusta mucho como escribe, es de Burzaco como mi papá, que sigue viviendo ahí, y siento que tener un origen similar te une. También conozco mucho su obra, y apenas empecé a leer la serie supe que era interesante lo que iban a proponer Claudia y Marcelo. Además ya habían hecho juntos Las viudas de los jueves, son una dupla muy buena.

–Acá te volvés a meter en el terreno de la política, como en Entre caníbales.

–Los personajes de Entre caníbales, de Montecristo y este tienen una relación entre sí. Pero quizás Rubén Osorio está un poco más en las sombras que los otros dos; es un tipo con poca construcción de su vida íntima, no se sabe nada de cómo es realmente. Está todo el tiempo operando políticamente y tiene una manera muy amoral de llevar sus asuntos; es pragmático y punto.

En ese sentido, los personajes de Montecristo y Entre caníbales eran diferentes porque tenían objetivos individuales, poseían un ego diferente. Osorio vive a la sombra, no quiere que lo vean, su forma de estar presente es tratar de ser operativo para meter la fórmula de gobierno a como dé lugar.

“Trabajar con Alcón, conocerlo, convertirnos en amigos y que después él me dirigiera en la última obra de teatro que hizo, en la que compartimos escenario, fue algo único.”

–Hace un rato hablábamos de Hamlet, que es uno de los mejores personajes a los que un actor puede aspirar, ¿qué significó para vos interpretarlo?

Desde chiquito, no sé por qué, pero desde que empecé a estudiar actuación me parecía que tenía que hacer a Hamlet. En aquella época era un lugar común, pero después, cuando estudié en el Conservatorio, empecé a entrenarme, a estudiar, a trabajar y a ganar herramientas del oficio, y con el tiempo se transformó en algo que quería hacer de verdad.

Así que para mí Hamlet es el objetivo más importante que tuve como actor y me da mucha felicidad haberlo podido hacer y en el contexto en el que se dio, con la dirección de Szuchmacher, con semejante elenco, en esa sala, en el San Martín, y también lo que pasó con el público, que fue inolvidable.

–Es inevitable preguntarte por tu vínculo con Alfredo Alcón, que hizo un Hamlet memorable en su momento. ¿Qué representó él en tu vida?

–Yo tuve el beneficio de encontrarme con gente muy talentosa que admiro mucho, y Alfredo, sin lugar a dudas, era más que todo eso porque él fue un emblema dentro de nuestro colectivo. Trabajar con él, conocerlo, convertirnos en amigos y que después él me dirigiera en la última obra de teatro que hizo, que fue Final de partida, de Beckett, en la que compartimos escenario, es algo único.

Sigo recordando todo lo que aprendí y que quizás en su momento no me había dado cuenta. Hoy me siguen cayendo las fichas, porque él te enseñaba, pero era un maestro sin proponérselo. Un gran tipo, con gran personalidad y sobre todo un artista sublime. Estoy muy agradecido con la vida, que me dio la posibilidad de conocerlo.

–Tenés un tocayo casi tan famoso como vos, Joaquin Phoenix. ¿Qué opinión te merece?

–Por un lado, me parece que siempre es interesante ver a actores como él en una industria aparentemente tan exigente como la de Hollywood, en la que Joaquin logró hacer una carrera tan propia sin dejar de estar dentro del sistema. Es una valorización de la identidad que tiene; muchos no pueden lograr eso.

Hay como un estándar al que muchos quieren pertenecer, y de repente él, sin haber hecho nunca un superhéroe, logró un trabajo de muchísima popularidad como el Guasón. Es un actor extraordinario, de los grandes que hay en el mundo; siempre dan ganas de verlo porque también te enriquece como espectador.

«Es verdad que en general formo parte de proyectos donde tengo la posibilidad de llevar la historia de manera más personalizada, pero me pareció que El reino tenía esa invitación a formar parte de un gran elenco».

–Cuando hablamos de Hamlet, dijiste que era casi un sueño que tenías desde chico. ¿Qué sueños te quedan como actor?

–¡Muchos! Proyectos que aún no sabés cómo son pero te vas formando una idea de cómo podrían ser. Hay varias obras de teatro en las que me gustaría trabajar, algunas en el corto plazo, otras más adelante. En el teatro hay un recorrido muy generoso para actuar. No te lo puedo contar todavía, pero hay un texto que leí tres veces en la pandemia y dije: “Me parece que acá está”. Es una obra clásica, me gustan mucho los textos cásicos.

–La última: hoy es imposible no mirar el Instagram de los actores antes de entrevistarlos. Pasó un tiempo ya, pero te lo quiero recordar: hiciste un muy lindo posteo con el tema de la Selección argentina y el triunfo en la Copa América, ¿cómo viviste eso?

–Lo viví con mucha felicidad, primero porque tengo la sensación de que los argentinos y las argentinas nos castigamos mucho. Venimos de muchísimos años donde la grieta nos quitó la posibilidad de reconocer un montón de valores positivos que tenemos como sociedad. Nos hemos recuperado de muchísimas situaciones muy cruentas: una dictadura cívico-militar, una guerra, una década de neoliberalismo. Muchas veces nos duele el país que tenemos, y yo siento que, habiendo viajado, hay muchas cosas que funcionan mejor en otros países, pero tampoco hay un país en el que uno diga “qué bueno, acá tengo todo solucionado”.

Y de alguna manera creo que haber ganado la Copa América tiene que ver con esos pequeños momentos de felicidad popular real, en los que estamos todos unidos, con diferentes niveles socioculturales festejando algo. A mí me fascina el fútbol, y generacionalmente tuve la oportunidad de ver a Maradona y también a Messi. Y era hasta casi necesario que Messi ganara una copa con el Seleccionado nacional.

Que un deportista de su nivel, que ha hecho cosas tan brillantes y maravillosas por el fútbol, haya logrado esto me llena de felicidad porque es una manera de que nuevas generaciones que nunca vieron festejar un título a la Selección argentina puedan descubrir otro granito más de amor a nuestro país, que en este momento es tan necesario. Y que el gol de la final lo haya hecho Di María es algo perfecto.

Fotos: Sebastián Arpesella.