Se recibió de psicóloga y en la actualidad trabaja en el área de salud y adicciones del hospital Bonaparte. Pero gracias al legado de su padre advirtió su costado melómano y se perfeccionó, junto a grandes maestros, para dar a luz, en 2019, su disco debut, con el que además ganó este año el Premio Gardel en la categoría “Mejor álbum de tango”.


“No soy una persona que planifique demasiado. Dicen que porque soy de piscis avanzo sin tanta dirección”, afirma, en diálogo con El Planeta Urbano, Mariana Mazú, mientras toma mate y sonríe. Sin embargo, parecería tener bien claro su camino.

Diversos acontecimientos de su vida fueron dándole forma a quien es hoy: su crianza en O’Higgins, un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, donde viven mil habitantes; su llegada a la Ciudad de Buenos Aires para estudiar Psicología en la UBA; su maternidad joven –a los 21 nació Joaquín, su primer hijo, y a los 23, Morena–, y su trabajo en los hospitales de salud mental Borda y Bonaparte.

Durante todo este trayecto, la música, en gran medida gracias al legado de su padre, que cantaba, la acompañó. “Es mi motor de deseo fundamental”, afirma. Fue así que, en un momento, sintió que debía tomarse más en serio lo que para ella siempre había sido una suerte de juego: “En 2013 muere mi papá y sentí la necesidad de volcarme de lleno a ello. Fue mi modo de hacer el duelo. Ahí empecé a estudiar. Me empecé a hacer cargo”.

Ese camino la llevaría a estudiar con Alejandro Guyot –el primero que confió en ella, cuenta– y Noelia Moncada, entre otros, y a cruzarse con Hernán Cucuza Castiello y Acho Estol (La Chicana), quien produciría La bella indiferencia, su disco debut con el que ganó el Premio Gardel 2021 a “Mejor álbum de tango”, y que tiene fecha de presentación el 1º de octubre en Lucille (Gorriti 5520).

“En un momento donde el género está puesto muy en cuestión, me parece raro que algo tenga que tener una etiqueta rígida.”

Ese reconocimiento la sorprendió y llenó de satisfacción casi en partes iguales. La incentivó a continuar profundizando aún más por el camino musical aunque sin descuidar su trabajo como psicoanalista, que también forma parte central de su vida. “Siempre fui de poner el cuerpo”, dice mientras reflexiona sobre cómo se cruzan estos mundos, el arte y la salud mental, así como también se mezclan en su disco versiones de “11 y 6”, de Fito Páez, o “Calle Melancolía”, de Joaquín Sabina, con tangos como “Tormenta”, de Discépolo, y ritmos como el vals o la cumbia.

–Tu disco ganó como “Mejor álbum de tango” pero también incluye otros géneros. ¿Siempre tuviste en claro que querías esa fusión?

–La dirección se fue armando aunque uno no la piense. Este primer álbum es mi cajita musical. Representa todo lo que escuchaba. En un momento donde el género está puesto muy en cuestión, me parece raro que algo tenga que tener una etiqueta rígida.

Porque hoy todo se piensa de otro modo: las relaciones, los vínculos… ¿Por qué no la música? ¿Por qué estaría mal que en un mismo disco haya un tango y una cumbia? Está bueno cuestionar todo. Ni siquiera el tango es triste: hay algunos que son recontraalegres.

–En el disco se percibe algo de lo genuino en tu interpretación. ¿Coincidís?

–La música es mi recarga energética. Restos de lo visto, oído y percibido conforman mi manera de interpretar. Que nunca es pensada. No me sale planificarla. De hecho, ensayo bastante poco. No lo veo como un acto de irresponsabilidad. Simplemente funciono así.

Por ejemplo, la canción “Calle Melancolía” fue la primera que grabamos en Estudios ION y no me gustó cómo había quedado. Le dije a Acho que quería grabarla de vuelta. Fui a su casa, le pedí que me dejara sola, la grabé de nuevo y esa sola toma, de corrido, finalmente fue la que quedó en el álbum.

“Creo que el aprendizaje de esta pandemia tiene que ser que uno no se salva solo, sin solidaridad. Lo que le pasa al otro, también, en algún punto, te pasa a vos.”

–Como mujer cantante de tango, ¿cómo pensás el género, asociado al machismo, en tiempos de cancelaciones y deconstrucciones?

–Creo que en todas las épocas, las cosas para las mujeres no han sido fáciles. Quizás ahora no voy a elegir cantar “Contramarca” o “Nunca tuvo novio”, pero creo que hay que respetar la subjetividad de la época en que fueron escritas las cosas. Intento ser coherente con mis actos, no sólo con lo que digo, y rodearme de gente que también lo sea. Porque hablar bien lo hace mucha gente. Después hay que actuar en consecuencia y bancarse el vuelto de eso. No está bueno ser duros con cosas que fueron escritas en otra época. La obra es la obra.

–¿Por qué el título, La bella indiferencia?

–Es un término psicoanalítico que se utiliza para nombrar a la histeria como neurosis. Es un modo de nombrar esto de no hacerse cargo de las cosas cuando son evidentes. Quizás el tema que más acompaña el título del álbum es el vals “La negadora”. Hace referencia a esta necesidad de seguir adelante y no darnos un tiempo para estar mal, que también acompaña mucho esta posmodernidad de ir todo el tiempo al palo, no estar mucho en el aquí y ahora, evadirnos.

La negación es un mecanismo necesario pero me da la sensación de que lo utilizamos en exceso. Si hay algo que yo no puedo es ser indiferente con la realidad por el lugar en el que elegí estar.

Respecto a eso, tu vida se alterna entre la música y tu trabajo como psicoanalista, tanto en hospitales como de forma privada. ¿Cómo venís atravesando la pandemia?

–Fue re loco, porque en abril me iba a ir de gira, se suspendió y me metí de lleno en el hospital. Como no tengo hijos chicos, estuve trabajando en el peor momento, cuando estaba sola en la calle. Trabajo en el Hospital Nacional en Red “Laura Bonaparte”, que es de salud mental y adicciones. Tampoco pude cantar mucho aunque el disco siguió su recorrido por las plataformas digitales, donde le fue muy bien.

Por otro lado, como la gente empezó a estar muy mal, mi consultorio personal explotó de pacientes. Es gratificante sentir que uno hace algo por el otro. Creo que ese tiene que ser el aprendizaje de esta pandemia: que uno no se salva solo, sin solidaridad. Lo que le pasa al otro, también, en algún punto, te pasa a vos. Me preocupa la falta de empatía.

Con el gran Cucuza Castiello en el escenario de Café Vinilo.

–En algunas entrevistas contaste que la música te ayudó a desactivar situaciones muy complejas en cuanto a la salud mental.

–Siempre fui de poner el cuerpo. Era la justiciera desde muy chica, de primero a quinto año, en un colegio de monjas. Desde que trabajo en salud, trabajo en hospitales en donde la cosa se pone fea. Estuve el día en que entró Macri y tirotearon a todos. Ese día hicimos cuerpo a tierra y se descompensaron todos los pacientes. Justamente, había un paciente que nos había llevado un año, por lo menos, compensar entre el equipo porque él creía que era Jesús y tenía todo un delirio muy sistematizado con Macri.

Y resulta que ese día fue como que el delirio se le hubiera hecho real y no había forma de levantarlo. Yo lloraba porque le pusimos mucho el cuerpo para que estuviera mejor. Lo habían encontrado en la Patagonia bañándose en aguas heladas, delirando. Poner el cuerpo es de todos los días y es muy desgastante. A Jesús lo armamos un montón con música, medicación, palabras, y en un segundo entraron los gendarmes a tirarnos todo abajo. Después no había forma de armarlo.

–¿Qué sentís que aporta la música en estas situaciones?

–Hemos podido diluir situaciones de ese estilo con música. Siempre amansa o te distrae de lo que ibas a hacer. Lo que sucede mucho es que la gente está muy violenta, pero es porque alguien ya ha sido violento con ellos. El Estado, sus familias o lo que sea. Hice guardia los sábados a la noche durante cuatro años y Parque Patricios es tierra de nadie. Imaginate lo que hemos tenido que cantar. Hemos cantado mucho.

Escuchá La bella indiferencia:

Fotos: Marcelo Santángelo.