Su devoción por los museos la llevó a crear, en 2020, junto a la historiadora y curadora Victoria Cobos, The Art Break, una propuesta que invita al público a recorrer virtualmente distintos espacios culturales de la Argentina y el mundo con una mirada única sobre el arte, a través de una selección de sus obras más relevantes.


Desde hace más de veinte años, Sofía Weil de Speroni decidió vivir entre salas de museos, cuadros, exposiciones, muestras, pinturas, colores, artistas, para encontrarse con algo más esencial, que no entiende de razón, estructuras ni reglas. El libre juego del arte y los sentidos que estimula y escapa de todo tiempo y espacio, cuando la consigna es simplemente estar ahí, presenciarlo y abordarlo.

Sofía dedicó su vida a estudiar museografía de diferentes ciudades del mundo, y trabaja en la gestión de varios proyectos, entre ellos, es coordinadora del programa Amigo Joven, del Museo Nacional de Bellas Artes y de la Federación Argentina de Amigos de Museos, fundadora de Amigos del Malba y miembro de los Patronos Internacionales del Museo del Prado.

El año pasado, junto a Victoria Cobos, historiadora y curadora de arte, decidieron unir sus fuerzas en busca de generarles a las personas una pausa para simplemente dejarse caer en las manos del goce del arte. Así crearon The Art Break, una especie de club de experiencias que promueve el bienestar cultural. Un viaje digital guiado por culturas de todo el mundo, donde lo único que se necesita es tener conexión a internet. Y desconexión con todo lo que pase afuera. 

Sofía junto a Victoria Cobos, las creadoras de The Art Break.

–¿Qué fue lo último que viste a nivel arte que te haya conmovido?

–Algo que me impactó fue lo que vi en Fundación IDA, que recopiló muchos de los archivos de diseño de los años 60 del diseñador argentino Ricardo Blanco. Posteó unos diseños de cerámica de Colette Boccara de Jannello, la mujer del arquitecto que hizo el Pabellón de la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes.

Ella era ceramista y tenía su empresa en Mendoza, que hoy devino en Cerámicas Colbo. Hicieron un posteo de unas cerámicas que hizo ella en los años 60, me hicieron alucinar en colores. Soy fan de los museos, soy altamente curiosa, me mostrás un museo de autos e igual me fascina. 

–¿Cuáles son tus primeros recuerdos de museos?

–De chica tuve la suerte de viajar mucho. Siempre me asombraron las momias, los castillos medievales; ir a Israel y ver todo el tema de los asentamientos romanos. Me gustaba más el impresionismo, que era más fácil, cómodo de ver, sensorial. A los 18 años hice cursos de historia del arte en el Museo de Bellas Artes. Son veinte años de mirar, conocer, estudiar.

Soy la clienta número uno de los museos. Pérez Gollán, que fue director del Museo Histórico Nacional, dijo que él al museo quería entrar como habitante y salir como ciudadano. Es entender, conocer, aprender. Además genera riqueza. En el Malba, cuando vino la muestra de Yayoi Kusama, todos los negocios de la vuelta aumentaron la facturación. ¿Por qué Nueva York invirtió en el MoMA? Porque atrae turistas.

–¿Qué sentís que caracteriza más a la museología en la Argentina?

–Acá, la sociedad civil tiene una pata muy importante en los museos. Afuera vas a un pueblito pequeño y hay un presupuesto de Cultura nacional que está apoyando un museo. Y acá, por ejemplo, el Convento de San Lorenzo en Santa Fe, si la sociedad civil no interviene, no crece. La sociedad civil se lo va apropiando, no el Estado. El museo se había quedado en algo de reverencia total, distante.

Ahora nos apropiamos del museo, vamos y conocemos. Una buena museografía con ingenio se logra. Hay museos excelentes en Rafaela, en Mar Chiquita. No necesariamente en las ciudades más ricas están los mejores museos. A veces, cuanto más dinero hay, más tonterías hacen. 

“Hay gente que nunca viajó en su vida, y a través de The Art Break conoció lugares nuevos. Gente que nunca salió y la pudimos hacer viajar sin viajar. Es democratizar la cultura.”

–¿Cómo nació The Art Break?

–Antes de la pandemia, viendo que en la Argentina vivíamos muchos años de tensión, los equipos de trabajo tenían un estrés muy importante, y se me ocurrió utilizar los museos como un espacio de bienestar cultural. ¿Por qué tenés que hacer un after office o dar yoga?, ¿por qué no hacés un paseo a un museo? Es un espacio de encuentro, de diálogo, donde se democratiza la mirada, se establecen nuevas relaciones. El arte es para todos, no tenés que entenderlo para gozarlo y disfrutarlo.

Íbamos a lanzarlo el 23 de marzo en una galería, y llegó la pandemia. Así que cerramos el proyecto físico. Y a los dos meses pensé: “A mí me gustaría que me guíen por estos museos maravillosos en un momento de relax”. Y con Vicky se nos ocurrió generar The Art Break como una pausa. Empezamos enfocando el proyecto a las empresas, uno de nuestros clientes fue Mercado Libre para todos sus empleados en Latinoamérica. Generamos visitas de muy fácil acceso, para que el arte sea fácil para todos. 

–¿Qué vendría a ser el bienestar cultural para vos?

–Perderte en un cuadro de arte, absorber por los sentidos. Abrirte a aprendizajes nuevos va a ser tan importante en tu vida diaria que te va a ayudar a resolver otros conflictos. La gente está en su casa y necesita charlar de otras cosas. Nosotros les damos belleza. Para Globant, por ejemplo, armamos un ciclo llamado “Museos para curiosos”. Visitamos museos donde aprendemos lo que es un faraón, un jeroglífico; si el museo está en París, vemos qué es la torre Eiffel, cómo se construyó. Agarramos un museo y vemos qué recorrido vamos a hacer. Sabemos que muchas cosas van a quedar afuera, porque no lo hacemos pesado. No hacemos una visita lineal, nos vamos inspirando.

“No necesariamente en las ciudades más ricas están los mejores museos. A veces, cuanto más dinero hay, más tonterías hacen.”

–¿Qué genera la experiencia en el público?

–Hay gente que nunca viajó en su vida y así conoció lugares nuevos. Gente que nunca salió y la pudimos hacer viajar sin viajar; es democratizar la cultura. Otros sí han viajado, pero no entraron en tal museo o no hicieron tal cosa. Abrimos los micrófonos en un momento y la gente empieza a compartir.

Empezamos muy puntualmente con museos y ahora pasamos a ciudades: probamos comida, te decimos dónde hacer las compras o qué edificios tienen buenas esculturas. Fuimos a Viena y era tan importante el diseño de la secesión vienesa como el cuadro de Napoleón de David en el Belvedere. Hacemos un popurrí para atraparte si tenés distintas inquietudes. 

–¿Cómo creés que uno puede fomentar el bienestar cultural a diario? 

–Es poder apreciar las artes de forma tal que tu mente se sumerja en un contexto de sensaciones, que hace que todo el resto de tus preocupaciones pase a no existir. Se puede dar perfectamente también con la música, que te pongas a cantar quince minutos, o con la literatura, que te metas en el mundo de fantasía de un escritor. Esto es meterte con colores, historias; un cuadro te permite gozar con muchos sentidos. Se nutre el alma y es gratis. Es cuestión de tomarlo.

Yo sigo las redes de varios museos y me anoto en cursos del Bellas Artes. El Prado sube historias, el Museo Histórico Nacional tuvo la muestra de Cándido López, con videítos y zooms de las figuras. El Archivo General de la Nación pasa cortos históricos geniales de la televisión; los museos ingleses tienen material digital buenísimo. Hay que ver lo que te guste, lo que te sienta cómodo. Como con la ropa, uno se viste con lo que le sienta cómodo. Sumergirte en el arte, y que te lleve a descubrir cosas. Es totalmente impredecible. Hay que dejarse sorprender.