Transhumanismo y transespecie. Ser un cyborg. Crece la tendencia de los implantes para la optimización del ser. El debate ahora es cómo se plantea la configuración de derechos de los cuerpos intervenidos con tecnología. 


Primero fue la literatura, luego el cine. Acaso mucho antes de eso, el concepto de transhumanismo existió en los sueños de los primeros hombres en los que una fusión entre sus cuerpos y las máquinas se sentía tan irreal e incómoda como sospechosamente probable.

Hoy, a casi un siglo de la concepción del término, lo que aparentaba ser una idea propia de la ciencia ficción se convirtió en un movimiento creciente, en una tendencia global: la modificación de nuestros cuerpos mediante la tecnología con el objetivo de mejorar las capacidades físicas y mentales está cambiando la forma de pensar (y pensarnos en) el futuro.

A través de prótesis e implantes, la optimización de las habilidades humanas convierte a los seres híbridos en cyborgs, versiones 2.0 o encarnaciones del mal, según la mirada. Con su avance, el transhumanismo, como todo, también genera un abismo divisorio entre sus defensores y sus detractores y pone sobre la mesa el debate ético ante la incorporación de la tecnología en nuestro funcionamiento biológico y la consecuente intervención en la evolución “natural” de la especie. ¿Pero quiénes son y cuáles son las intenciones de estos cyborgs y biohackers? 

Aunque la palabra cyborg fue acuñada en 1960 para nombrar a una criatura conformada tanto por dispositivos cibernéticos (“cyb”) como por elementos orgánicos (“org”), el primer cyborg como tal –en la vida real– tardó unas cuatro décadas en materializarse.

En 1998, el científico inglés Kevin Warwick se implantó en el brazo un chip de 2,5 centímetros de radiofrecuencia (RFID) que le permitía ser ubicado y abrir las puertas de su laboratorio sin tocarlas. En aquel momento, el riesgo de que todo saliera mal era mucho mayor, pero Warwick no hizo caso a las advertencias y luego se colocó otro dispositivo que le permitió, a través de señales nerviosas, controlar un brazo robótico ubicado en otro continente. A pesar de que no mantuvo los elementos en su cuerpo, el británico continúa siendo considerado el primero de esta especie mixta que dejó de autopercibirse humana con sus antenas, aletas o microchips.

Muchas veces, la intención de incorporar tecnología externa al cuerpo en busca de extender virtudes o exacerbar sensaciones se inspira en la propia naturaleza, como, por ejemplo, el sentido de orientación de las aves o la visión nocturna. Y en contrarrestar falencias o condiciones, como el caso del alemán Enno Park, que se instaló un órgano electrónico en su cabeza para combatir su sordera.

Así, varias empresas e instituciones hoy se dedican no sólo a realizar estos implantes sino también a defender los derechos de los cyborgs. En 2010, en España nació la Cyborg Foundation, creada por los artistas cyborg Moon Ribas (que a través de un implante en sus pies conectado a sismógrafos siente las vibraciones de la Tierra) y el irlandés Neil Harbisson, el primer cyborg en ser reconocido oficialmente por las autoridades, luego de que en 2004 se le permitiera posar en la foto de su pasaporte británico con la antena que se implantó en su cabeza y cuelga sobre su frente.

“Yo les expliqué que era un nuevo órgano, que me identificaba como cyborg, que soy tecnología y que la antena es parte de mi cuerpo. Al cabo de unos meses, terminaron aceptando esta explicación”, comentó en su momento. Su antena le permite “escuchar” los colores que sus ojos no ven debido a su acromatopsia (sólo ve en escala de grises), a través de las vibraciones de sonido emitidas por las diferentes tonalidades.

Él también asegura que puede percibir colores invisibles, como infrarrojos y ultravioletas, y recibir imágenes, videos, música o llamadas directamente a su cabeza desde aparatos externos como teléfonos o satélites. Habrá que creerle.

A través de la Cyborg Foundation, Harbisson y Ribas (ambos de 36 años) ayudan a los humanos a convertirse en cyborgs, defienden sus derechos y promueven el arte híbrido: colaboraron con distintas instituciones, como Braille Sin Fronteras en el Tíbet o la Sociedad de Ciegos de Pichincha en Ecuador, ofreciendo estas antenas sonocromáticas para que las personas ciegas pudieran “ver” colores, y la asociación Mesa & Cadeira de Brasil con la que desarrollaron el primer sistema de comunicación “transdental”, implantes que permiten comunicarse fusionando tecnología Bluetooth y código morse.

Con la creación de la Transpecies Society intentan dar voz a las identidades “no humanas” y defender su derecho de diseñarse a sí mismas, ofreciéndoles la posibilidad de crear comunitariamente nuevos órganos y nuevos sentidos. 

La complejidad de la cuestión de la identidad, hoy expuesta gracias al debate en torno a la sexualidad y las etiquetas de género, aquí alcanza un nuevo nivel, pero el camino ya está algo allanado: más allá de la autopercepción, los derechos deben ser los mismos, sin excepciones, en pos de una convivencia en sociedad integrada en un mundo feliz. Es 2021: Darwin bien muerto está. 

Texto: Yamila Trautman