La era de las cancelaciones masivas, hoy casi una bola de nieve imparable, exigen que los arrepentimientos publicados en redes sociales sean verosímiles y estén bien fundamentados. Todo un ciclo de penitencia performática al que las celebridades deben saber responder. 


“A nadie quise ofender; de todas formas, a quien se haya sentido ofendido, desde ya mis disculpas.” Si sos un personaje público y vas a disculparte así, pensalo dos veces. Una disculpa torpe con la sola intención del control de daños puede enterrarte un poco más en el pozo. Y para las celebrities e influencers, que hoy un poco son lo mismo, la vida online requiere reflejos muy afilados para abrir la boca después de un error. Como dice Elton: “Sorry seems to be the hardest word”.

Saquemos de la ecuación los asuntos judicializables, esos para los que las disculpas nunca van a ser suficiente reparación, y nos encontramos con un ciclo imposible de seguir de penitencia casi performática, incluso de las personalidades más “woke”: nuevas disculpas públicas todos los días. 

Para las nuevas generaciones, suele tener que ver con metidas de pata autodocumentadas. Como lo que pasó recientemente con la cantante Billie Eilish, que se disculpó después de que apareciera en las redes sociales un clip de hace cinco años, cuando tenía trece, en el que hacía la mímica de una palabra que se considera un insulto racista. “Dije una palabra de una canción que en ese momento no sabía que era un término despectivo usado contra miembros de la comunidad asiática. Estoy consternada y avergonzada. Lo siento.” 

Billie Eilish: el pasado la vino a buscar, lloró, se arrepintió y se disculpó.

Lena, la usuaria de TikTok que viralizó la queja, celebró la disculpa. Dijo que estaba “contenta” de que Billie “finalmente dijera algo”. Nunca sabremos si Lena estaba más feliz de haber obtenido una disculpa o de haber obtenido la validación de su queja por parte de su ídola. Pero sí tenemos la lección de que, al no ponerse a la defensiva y no desestimar la crítica como simple “cultura de la cancelación”, Billie desactivó una ola de mala prensa en plena salida de un nuevo proyecto.

Lin-Manuel Miranda tuvo menos suerte. En la misma semana que Billie, el actor y creador del fenómeno musical Hamilton estaba presentando la versión cinematográfica de su primera obra, In the Heights, ambientada en el diverso vecindario de Washington Heights de Nueva York. Para muchos críticos, la versión de Miranda de la zona ejerce lo que se denomina “colorismo”, con actores latinos de piel clara interpretando papeles que deberían reflejar una mayor diversidad étnica.

Miranda, responsable de poner al menos una idea de latinidad en el centro de la alta cultura yanqui e impulsar la carrera de muchísimos actores de ascendencia latina, se tomó en serio las críticas, pero tuvo el trago amargo de no poder hacer nada para revertirlas. “Al tratar de pintar un mosaico de esta comunidad, nos quedamos cortos. Lo siento mucho. Estoy aprendiendo de los comentarios, les agradezco por plantearlos y los escucho. Estoy tratando de mantener un espacio tanto para el increíble orgullo por la película que hicimos como para ser responsable de nuestras deficiencias. Prometo hacerlo mejor en mis proyectos futuros.”

Pero su promesa no fue suficiente para muchos, y aún después de las disculpas había considerables voces reclamando acciones correctivas más extremas, como la cancelación de la película

In the Heights, de Lin-Manuel Miranda, acusada de mostrar «poca diversidad» en su retrato de la comunidad latina.

En su libro Conflict Is Not Abuse, la escritora Sarah Schulman habla de la sobreactuación del daño como el resultado del fracaso del diálogo previo que requieren temas complejos y zonas grises de la experiencia humana. “Hay que separar la exageración del daño del daño mismo, porque lo necesitamos para conservar las protecciones legítimas de las víctimas de la violencia y la opresión concretas”, advierte. 

Una disculpa sincera tiene valor: no importa si lastimamos a alguien de manera intencional o accidental, tenemos que asumir la responsabilidad. Reconocer nuestros errores nos da la oportunidad de reconstruir la confianza, validar experiencias y sanar heridas. Pero el riesgo de que se eleven todos los errores al mismo nivel de ofensas graves sólo puede redundar en invitaciones a la burla que hasta hace poco únicamente suscitaba la derecha más reaccionaria. 

Cuando el rapero queer Lil Nas X sacó su serie limitada de “zapatillas satánicas” como parte de la campaña de su nuevo single, sectores cristianos se sintieron ofendidos. Nas publicó un video titulado “Lil Nas X se disculpa por sus zapatillas satánicas” que empieza con él dando el típico discurso de arrepentimiento, hasta que lo corta abruptamente y sigue promocionando su nuevo single. Una clase maestra en comportamiento troll ante críticas absurdas.

Lo más probable es que internet siga llevando esta tendencia al absurdo. El año pasado, el beauty gurú y youtuber James Charles, que conoce bien la experiencia de tener que pedir disculpas públicas, condujo Instant Influencer, su reality de aspirantes a estrellas de internet. En un episodio anuncia uno de los desafíos: crear un video de disculpa que sea creíble y que no termine destrozado por los comentaristas.

Está pensado en tono jocoso, pero Charles no deja de traslucir el cinismo con el que se va a digerir esta era de ofensas permanentes: “Para un influencer disculparse es algo que es muy probable que suceda”, les dice a los participantes. “Por lo que es mejor siempre estar preparado.”

Texto: Gabriel Orqueda