La Argentina se convirtió en el primer país que prohibió por ley la producción de salmón en Tierra del Fuego y volvió a encender la mecha entre ambientalismo y desarrollismo. Científicos, referentes ecológicos, políticos y cocineras debaten acerca de este fallo histórico.


El 30 de junio pasado, por decisión unánime, la legislatura de Tierra del Fuego le puso límite a la producción intensiva del salmón, una industria de capitales extranjeros que tenía como objetivo instalarse en el Canal Beagle.  

Luego de tres años de debates en los que oenegés, científicos, la clase dirigente, referentes económicos y ciudadanos se documentaron sobre los pros y contras que podría traer esta práctica se aprobó la ley que promovió el diputado Pablo Villegas, del Movimiento Popular Fueguino, que prohíbe la salmonicultura en la provincia.

Qué es la salmonicultura

El salmón es una especie exótica originaria del Atlántico Norte y la Argentina tiene una larga tradición de problemas con este tipo de especies. Según la mayoría de las fuentes consultadas, la manera en que se cultiva este pescado que adoran los cultores del sushi es nociva para el ambiente marino, no genera un caudal de empleos relevante -en contraste con el turismo, que se vería afectado por estas prácticas y genera 16 mil puestos de trabajo –, y también afectaría al resto de la fauna marina local, que tiene en la centolla, la merluza negra y la trucha arco iris sus productos estrella.

El proceso tiene tres pasos: la cría, el engorde y la faena. Pero solo el segundo paso, que requeriría escasa mano de obra, es el que se quería llevar a cabo en el Canal Beagle, ya que la calidad, la temperatura y la quietud de sus aguas son fundamentales en este tramo. Es por eso que se utilizan bahías y fiordos como en el sur chileno, donde se concentran unas 500 salmoneras, el ejemplo al que todos apuntan.

Para este cultivo se utilizan varias jaulas ubicadas una al lado de la otra, que juntas tienen el tamaño de una cancha de fútbol. En cada una se crían unos 80 mil ejemplares, y en total llegan a unos 800 mil. Como están encerrados, se les da alimento balanceado. Además, al ser una especie exótica, es más vulnerable a las enfermedades, es por eso que hay que darles antibióticos. Todos estos restos van a depositarse en el lecho marino.

Estefanía González es geógrafa y activista de Greenpeace. Oriunda de Chile, sigue el curso del salmón, que se introdujo por aquellas aguas hace treinta años. “El problema son las jaulas con los salmones hacinados, a los que les dan 800 veces más antibióticos que en Noruega. Además, los salmones se están muriendo, aunque es difícil tener la cifra exacta de mortalidad. En 2019 se descubrió que una empresa falsificaba esa información, pero se estima que mueren 93 mil por año en cada centro. Se generan 900 mil kilos de fecas y 180 mil kilos de alimento no consumido, generando una contaminación sistemática por nutrientes que favorece el desarrollo de las microalgas toxicas de marea roja, que intoxican a los mariscos que consumimos los seres humanos, para quienes la marea roja es mortal”.  

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Nancy Fernández, Licenciada en Ciencias ambientales, investigadora de la Universidad de Tierra del Fuego y presidenta de la Asociación Mane’kenk, una ONG fueguina, aporta más argumentos.

«Ha habido mortandad completa en una sola jaula. Y uno de los perjuicios más importantes es la rotura de esas jaulas. Al salmón del Atlántico norte le gusta el agua limpia. Todos los deshechos orgánicos generan una sopa orgánica que se deposita en el fondo del mar, que ante la falta de oxígeno produce un caldo orgánico que contamina el fondo marino”.

“La salmonicultura, como está planteada, usa técnicas de producción de hace 50 años”, aporta Gustavo Lovrich,  biólogo marino del Conicet, que trabaja con la pesca de centolla, y participó en el Colectivo de Autoconvocados No a las Salmoneras. “Es un modelo que genera un pasivo ambiental importante, comprobado en Chile.”

Emiliano Ezcurra fue vicepresidente de Parques Nacionales y es el Presidente de Banco de Bosques. Asegura que los salmones suelen escaparse de sus jaulas, y que eso, naturalmente, impacta en la fauna marina. “Pueden generar problema ecológicos en ríos patagónicos libres de salmónidos exóticos”.

En ese sentido se expresó también Juan Cabandié, Ministro de Ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable de Argentina, quien aseguró para El Planeta Urbano que “la salmonicultura podría afectar la fauna ictícola autóctona y producir otros desequilibrios con las especies características de la zona. Se trata de respetar los equilibrios. El único camino para el desarrollo es la sostenibilidad. En tal sentido, esta una decisión acertada y tenemos que celebrarla”.

Impacto económico

La voz disonante llegó desde el Ministerio de Desarrollo Productivo. Quien recogió el guante fue el sociólogo Daniel Schteinghart.

A través de un largo hilo de Twitter, expuso sus argumentos en defensa de la salmonicultura. “No creo que esté bueno festejar una prohibición a una actividad productiva. Me parece bien discutir cómo regularla, los modos de producción, pero no prohibir de cuajo”.

Schteinghart destacó que en el último año, la Argentina importó salmón chileno por la cifra récord de 45 millones de dólares y resaltó que las exportaciones del salmón, antes de la pandemia superaron los 5.000 millones de dólares al otro lado de la cordillera, doblando así  la exportación de nuestro país en carne bovina. También adelantó que la actividad podría tener un “importantísimo” impacto sobre el PBI, el empleo y la generación de divisas. “La acuicultura puede y debe ser desarrollada (con diversas especies, como la trucha) y hacerlo sosteniblemente”.

Para evitar confusiones, todas las demás fuentes resaltan que la ley no prohíbe la acuicultura, sino la salmonicultura. Además, coinciden en que el salmón podría cultivarse mediante el sistema RAS (Recirculation Aquaculture System), como el que están implementando en Noruega. Se trata del engorde en piletones en tierra con circulación continua de agua, donde también recirculan los nutrientes y deshechos. “Con esos deshechos -asegura Nancy Fernández- se puede producir  biogás para alimentar a la planta productora”.

La comparación con el modelo chileno, coinciden los entrevistados, es engañosa, sobre todo porque ahí el proceso productivo se lleva a cabo en las tres fases, y aún así, aquellas regiones siguen siendo las más pobres de todo el país.  

Juan Ignacio García es el Secretario de Industria y Promoción Económica fueguino y asegura que este tipo de producción es incompatible con la acuicultura de especies nativas y el turismo. “Me resulta muy incómodo sentirme en medio de la discusión porque me identifico con una mirada desarrollista. Tierra del Fuego tiene que desarrollarse a partir de los recursos naturales que tiene. La contradicción del modelo es que, aún cumpliendo los estándares, la actividad no dejó de ser contaminante. Apostamos a las actividades más sostenibles y consistentes, que generan miles de puestos de trabajo y no ponen en riesgo ni degradan la calidad del servicio o el espacio natural por otra actividad que genera puestos de trabajo limitados”.

Angeles de la Peña es abogada e integrante de Sin Azul No Hay Verde, del programa marino de la fundación Rewilding Argentina.No tenemos necesidad de instalarla, vemos las consecuencias en otros países como Chile, Estados Unidos, Escocia o Noruega. No solo cambia la identidad y la cultura de la pesca artesanal, sino que termina destruyendo el ecosistema. No es cierto que la salmonicultura viene a salvar la economía, ni la crisis alimentaria mundial. Es una industria que funciona como la minería o la industria de hidrocarburos, los beneficios no necesariamente derraman en la comunidad local, sino que además pueden destruir otras actividades, como el turismo.”

Estefanía, de GreenPeace, amplía. “Chile tiene esos precios por la escala en la que está instalada la industria. No es lo mismo el precio por un millón de toneladas que por mil. Decir que Argentina se está perdiendo una oportunidad y utilizar los números chilenos es inaplicable para Tierra del Fuego. No se trata de extrapolar el modelo de Chile”.

Narda Lepes, junto a cocineros como Francis Mallman, Fernando Trocca, Mauro Colagrecco o el local Lino Ardillón, quitaron el salmón de sus cartas y se sumaron a esta ley.

Sin embargo, Lepes no enarbola una postura radical, sino que presenta otras alternativas. “Los cocineros no lo vemos solo desde el ángulo ambiental. ¿Pero vamos a seguir promocionándolo, con esta costa que tenemos llena de pescado blanco, que es re buen pescado?  ¿Porqué no fomentamos lo que tenemos acá?”, se pregunta y revela que existe un proyecto de acuicultura en tierra para hacer pez limón. “Es mas rico que cualquiera, y organolépticamente, le puede competir al salmón, que se fue diseñando para que tenga mas grasa, para que sea lo más atractivo posible. No tiene ese color natural, es como un pantone y cada mercado elige”, revela la cocinera, quien confiesa que lo consume. “Si voy a un casa y hay salmón, lo como. No lo elijo, no lo promociono, no lo vendo, pero no estoy en contra. Comí salmones espectaculares y en la gastronomía un montón de familias venden sushi. No voy a ser hipócrita y decirte no comas que es veneno. No te voy a cerrar esa puerta, elijo abrirte otras”.