El periodista y productor revolvió la Audioteca de la Biblioteca Nacional para emprender un camino lleno de música e historias de vida. Discos, magazines, casetes, un tesoro invaluable que cuenta distintas épocas de la cultura de un país.


Por Matías Roveta

Cuando se piensa en una biblioteca, lo habitual es imaginar libros, pero no discos. Por eso para Maxi Martina, cuando se acercó a la Biblioteca Nacional en 2010 para hacer un informe sobre el Himno Nacional Argentino, la sorpresa fue total al descubrir que allí también existe una Audioteca: un espacio que contiene 70 mil vinilos con música de todos los tiempos. Tras conversar con Estela Escalada, la persona que desde 2009 y bajo la gestión de Horacio González (fallecido el 22 de junio) tenía como misión ordenar y recuperar ese catálogo, su olfato periodístico lo llevó a darse cuenta de que había que hacer algo con eso.

Finalmente, en 2015 nació Vinílico, un ciclo de entrevistas audiovisuales, con público y producidas por Vorterix, que Martina hizo a lo largo de tres años en la sala Borges de la BN, con artistas de la talla de Ricardo Mollo, David Lebón, Fito Páez o Lula Bertoldi, por citar algunos casos. La idea era que los músicos seleccionaran vinilos de la Audioteca y, a partir de allí, se dispararan historias de vida, recuerdos y trayectorias. En diálogo con El Planeta Urbano, Maxi Martina analiza la importancia de contar con la Audioteca, el proyecto Vinílico y el libro homónimo recientemente editado que lleva al papel el resultado de esos encuentros.

–Cuando descubriste la Audioteca, en 2010, ¿qué trabajo se estaba haciendo ahí?

–Estela Escalada era la directora en ese momento y tenía a cargo la reconstrucción de ese lugar que había sido abandonado. Era un área que no estaba abandonada por las condiciones, pero sí por cómo estaba instalada: no había una catalogación sobre el contenido, y cuando se hicieron las mudanzas de la Biblioteca Nacional se perdió todo el orden que quizá alguna vez había tenido. Estela tenía como proyecto catalogar la base de discos del mismo modo en que una biblioteca nacional cataloga su acervo.

En el libro le agradecés a ella por recuperar el patrimonio cultural de la Audioteca. ¿En qué consistió ese proyecto?

–Yo destaco el amor que le pusieron a esa tarea. Porque arrancar casi de cero un trabajo de esa magnitud me parece que no es un simple trabajo, sino un proyecto que uno encara, si se quiere, como un aporte al Estado: esto, en definitiva, no deja de ser un patrimonio nacional y cultural. Es un trabajo que necesita amor, porque cuanto mejor lo hagas, más va a permanecer en el tiempo. Lo que vi en la Audioteca fue gente trabajando con un amor enorme hacia lo que tenían por delante y con una entrega y cariño que me llenaba de confianza a la hora de encarar cosas con ellos. Eso es algo que también sentí cuando se empezaron a acercar los músicos: el lugar estaba cuidado con cariño.

–Fito Páez y Walas son dos de los músicos que en el libro destacan la importancia de contar con ese patrimonio nacional.

–Fito habla sobre la importancia de tener un archivo de lo que somos, porque es algo que nos cuenta como sociedad, nos cuenta quiénes fuimos. En la Audioteca están, por supuesto, los discos de Pappo’s Blues, pero también hay una cantidad de cosas impresionantes: discos de relatos y canciones de los equipos de fútbol cuando salían campeones, ediciones nacionales de discos conocidos o cosas más graciosas, como Carozo y Narizota. También vi discos de Susana Giménez, que tienen que ver con una época y ayudan a pensar quiénes eran las figuras de ese tiempo. El Chango Spasiuk, por ejemplo, pidió música litoraleña y eso estaba ahí archivado: eran discos que él no veía hacía cuarenta años. Lo que se puede encontrar ahí no es sólo lo que uno consumió, sino todo lo que hubo acá en todas las épocas. Eso te cuenta como país, cuenta quiénes somos.

Vinílico, además de contar la historia de los músicos, ayuda a visibilizar ese tesoro de 70 mil vinilos.

–Y no son sólo vinilos, si bien es lo más impactante y de lo que hay mayor cantidad. Pero la Audioteca tiene espacios para la música en todos los formatos, incluidas también las partituras. Parte de lo que fue el ritual de Vinílico tuvo que ver con que, cuando los músicos entraban en ese lugar para seleccionar los discos, Estela les pedía que firmaran las partituras que tienen archivadas ahí de ellos. No es sólo vinilos: hay magazines, casetes, CD y cintas abiertas con, por ejemplo, la voz de Borges dando conferencias en la Biblioteca Nacional.

–¿Cuáles fueron tus sensaciones al conocer ese espacio?

–Me encantó desde el primer momento. Ese lugar tiene una gracia técnica: las luces se prenden de una forma muy particular, es como una sucesión de luces que se van prendiendo y que parecen estar coreografiadas. Se prende la de atrás, se prenden la de los costados y, a medida que se van prendiendo todas, te vas sorprendiendo con lo que ves. La primera vez que entré con Estela fue impactante: de repente se prendieron las luces y se iluminaron ocho estanterías largas llenas de vinilos.

–Una de las características de Vinílico es que los discos disparan todo tipo de historias: los artistas hablan de música, pero sobre todo de sus vidas.

–Cuando están en una etapa de difundir lo que hicieron, los músicos hablan de eso y, obviamente, me parece perfecto. En el caso de Vinílico se da otra manera de contarlos, una forma de encontrarles nuevas historias, de vincularlos con cosas más inesperadas o tocarles fibras íntimas a través de algo que no sea un golpe bajo sino que a ellos los haya marcado en la vida. Me parece que la música tiene una magia, un poder para generar emociones no sólo a quienes la escuchan, sino también a quienes la ven: los discos estaban ahí, dispuestos en la mesa durante las entrevistas, y cuando la gente del público los veía, aplaudía.

Las entrevistas se parecen más a conversaciones íntimas: los músicos están relajados, más allá de la presencia del público de la sala Borges. ¿Vos también lo sentiste así?

–Esto nunca lo pensé como para que fuera un show, mi intención era que fuera lo más parecido a lo que uno puede hacer con amigos y amigas: sentarse a charlar de música. Por supuesto, estaba claro que iba a ser un programa y que eran entrevistas, pero no me movía para nada la idea de hacer un show o hacerme el amigo del músico. Vinílico se trata de charlar de música con alguien con quien sabés que lo va a disfrutar y, lo más importante, no sólo de música: la música es una excusa. Vinílico no es un libro de música, es un libro con músicos. Muchas de las historias tienen que ver, obviamente, con la música, porque se trata de vidas de personas que están vinculadas con eso, pero hay muchos relatos que tienen que ver más con la vida de los artistas: los lugares marcados por la música, a dónde la música los lleva y las circunstancias personales en las que esos discos se volvieron trascendentales para una vida.

 –Zeta Bosio dice que hoy ya no es común sentarse a escuchar vinilos con amigos y amigas. ¿Creés que Vinílico puede servir para recuperar eso?

–Creo que la respuesta sería que eso lo genera el vinilo, no lo genera el libro. Eso es lo que a mí me gusta del formato vinilo y su esencia: lo físico vincula, y lo virtual, no. El vinilo vincula porque, por ejemplo, para comprar discos vas a una disquería; o, cuando vas a un bar a pasar discos, siempre alguien se acerca a preguntar algo y se genera una conversación. Es la gracia que tiene el vinilo, y tiene que ver con esta idea de vincular: no sólo te vinculás de un modo mejor con la música y sentís una conexión más cercana con el artista, sino que también se generan vínculos con las personas que están del otro lado del disco.