Qué es este fenómeno, dónde nace y por qué se volvió tan mainstream en los últimos tiempos. El contexto actual que hace que estemos a un clic, a un post o a un tuit de cambiarlo todo.


El acto de la cancelación es una práctica popular que consiste en quitarles apoyo (tanto social como financiero) a personas, movimientos o empresas que promueven discursos de odio, incurren en delitos, tienen conductas éticamente dudosas o, en el peor de los casos, simplemente cometen un error. Este hecho de castigar virtualmente a través de una oleada masiva de repudio por parte de la comunidad online (que se inicia generalmente en Twitter y luego se expande) no es un fenómeno aislado ya que se potencia a través de videos, fotos y hashtags y está asociado, directamente, al ciberbullying, los haters y los trolls. Cuando algo o alguien está cancelado, se descarta, se aísla, se deja de consumir, de ver, de escuchar, hasta su eventual desaparición o no.

Sin ir más lejos, esta nota podría estar siendo cancelada en este preciso instante por algún lector a medida que avanza en la narrativa, por disentir o no acordar con lo acá esbozado. Todos tenemos ese poder en la palma de nuestra mano, lo hacemos constantemente y es válido, porque es parte de nuestra libertad de consumo. Cuando se trata de un delito o de reivindicar causas justas y postergadas, la cancelación es fácil de aplicar y entender, pero, ¿qué pasa cuando nos adentramos en las zonas grises?

EL IMPACTO Y EL DOBLE FILO DE LA CANCELACIÓN

Tal como la conocemos hoy, nace casi al unísono con el movimiento #MeToo –como una causa noble– para desmantelar formas de desigualdad incrustadas en la sociedad, dándoles espacio a las minorías silenciadas o a sectores marginales. Todos recordamos el caso de Harvey Weinstein, el productor de Hollywood que tuvo decenas de denuncias de abuso y acoso sexual. Gracias al escrache masivo, la Justicia lo encontró culpable de –hasta el momento– dos delitos, condenándolo a 23 años de prisión.

En un principio, las intenciones de la cancelación fueron las mejores, pero con el tiempo empezó a desvirtuarse un poco el propósito, ya que, en muchos casos, comenzó a volverse dañina, creando un problema donde no lo hay, diciendo cosas que no necesariamente son reales, quitando así autenticidad y validez a la razón por la cual empezó este movimiento. En muchos casos, la verdad parece haber quedo obsoleta, dando paso así al concepto de la posverdad, que no es otra cosa que una distorsión de la realidad que se hace de manera deliberada. Si preguntáramos “¿esto está chequeado?”, en un gran porcentaje de casos descubriríamos que no, pero poco pareciera importar: ir a la fuente o adentrarnos e investigar el tema en cuestión parece ser cosa del siglo pasado. Lamentablemente, la cancelación, en los últimos tiempos, se ha vuelto una potencial herramienta para destruir vidas, movimientos o carreras porque sí, fomentando de manera exorbitante el ciberbullying y la violencia masiva, entre otras cosas.

En la serie autobiográfica The Secret Life of Lele Pons, podemos ver a la superestrella mundialmente conocida de YouTube e Instagram en una escena totalmente alejada del glamour y las risas a las que nos tiene acostumbrados, ya que se encuentra llorando a mar de lágrimas diciendo: “La gente está haciendo que odiarme sea gracioso”, después de ser reiteradamente cancelada de manera violenta por su aspecto físico o por cómo lucía con determinado outfit.

También está el caso en nuestro país de Agustín Muñoz, el chico de 18 años que vivía en Bariloche. En 2018, una amiga menor de edad del joven lo acusó púbicamente de abuso sexual. La chica lo escrachó en las redes y la denuncia rápidamente se viralizó. Si bien luego se supo de la propia boca de la supuesta víctima que todo era falso y que lo había dicho en un momento de bronca y enojo, fue demasiado tarde: Agustín se había quitado la vida al estar desconsolado por esa situación.

Con el anonimato que dan las redes, la ofensa y la mentira no necesitan ser demostradas y tienen la particularidad de que son gratuitas. El odio pareciera estar a la orden del día. Sería prudente que actuáramos con responsabilidad y compasión con el poder que tenemos en nuestras manos, porque así como es factible contribuir a una causa noble, también podemos hacer un desastre. Además, si todo se cancela, ya nada es cancelable y pierde legitimidad. ¿Cuál sería entonces la solución? ¿Cancelar a la cultura de la cancelación? ¡Qué paradoja!

EL LINCHAMIENTO PÚBLICO, ¿CENTENNIAL O HISTÓRICO?

Mucha gente podrá creer que la cancelación es algo de estos tiempos, pero lo cierto es que, de diversas maneras y con diferentes nombres, esto ha ocurrido toda la vida en los distintos períodos históricos. Es verdad que, en los últimos años, con las redes, claramente se ha potenciado este fenómeno, pero si nos remontamos, por ejemplo, a la Edad Media, tenemos a la Santa Inquisición quemando en la hoguera a quienes ellos consideraban herejes o practicantes de brujería: los identificaban con un parámetro de dudosa procedencia, los acusaban y luego hacían un linchamiento público, en donde participaba el pueblo que profería insultos, arengaba y en varias ocasiones arrojaba piedras.

¿No nos queremos ir tan atrás? Pues bien, vayámonos al año 1966, cuando los Beatles estaban en la cúspide del éxito. A principios de ese año, una periodista británica le hizo una nota a John Lennon, en la que, refiriéndose a la pérdida de adeptos de la Iglesia católica en Inglaterra, el músico declaró: “El cristianismo se irá, desaparecerá, no necesito argumentarlo, tengo razón y el tiempo lo demostrará. Ahora mismo, nosotros somos más populares que Jesús. No sé qué se irá primero, si el rock and roll o el cristianismo”. Esto no generó ninguna controversia, ya que la mayoría de los ingleses pensaba de la misma manera. Pero meses después, en una gira por los Estados Unidos (un país mayoritariamente conservador y cristiano), una revista sacó de contexto a Lennon publicando un titular que sostenía que el beatle había afirmado: “Somos más populares que Jesús”. El pueblo estadounidense estalló y se convocó a marchas en donde prendieron fuego discos e imágenes del conjunto musical. Sus temas fueron prohibidos en las radios y varios shows debieron ser suspendidos. ¡Los Beatles fueron cancelados antes de que existiera esta palabra!

Es increíble el poder del que disponemos como seres humanos; si lo utilizamos para contribuir a hacer de este un mundo mejor, podemos lograr maravillas, pero si nos descuidamos, al igual que la quema en la hoguera, esto se puede convertir en un espectáculo sádico de entretenimiento cada vez más feroz y más voraz.