La mujer que salió a mover la democracia entera en el mundo para defender los derechos de sus hijos, se confiesa en una entrevista íntima con El Planeta Urbano en donde habla de sus pérdidas, sus luchas, sus reencuentros y sus ganancias.


A veces nos olvidamos que todo está conectado, cada acción que realizamos tiene su réplica en el universo, por eso Facundo Cabral decía: “Se mueve una estrella cuando arranco una flor”. El camino de Gabriela estuvo plagado de acciones y circunstancias que, mirando en retrospectiva, fueron las que la impulsaron a convertirse en lo que es hoy: una activista y referente mundial en Derechos Humanos, Embajadora de paz, Fundadora de la organización “Niños Unidos para el Mundo”, facilitadora espiritual y escritora.

Quizás la mayoría la recuerde por todo lo vivido con sus hijos (Karim, Zahira y Sharif) luego de que, en 1997, quien fuera su marido en ese momento, se los llevara ilegalmente a Jordania, mientras atravesaban su divorcio en Guatemala. Desde ahí fueron años de una lucha inquebrantable para volver a verlos. Su reclamo en foros internacionales la llevaron a ser la primera mujer en exponer su historia en la comisión de DDHH de las Naciones Unidas. Fue un caso que conmocionó al mundo y revolucionó las leyes jurídicas. Pero Gabriela, lejos de victimizarse reflexiona: “Si vos mirás mi historia, perdí todo, pero quienes ganaron fueron mis hijos, entonces gané yo también. Cuando se refieran a mi persona, recuérdenme no por lo que padecí, sino por lo que logré”. Dicen que el mejor ejemplo es el ejemplo, y esta mujer lo es: desde su propia historia de vida, hizo un camino de resiliencia y transformación y ahora ayuda a las personas a descubrir y desarrollar el potencial que cada una tiene adentro.

Hoy se encuentra presentando Salvaje o domesticada, un libro-taller basado en el cuento tradicional «Zapatitos rojos». Su lectura nos invita a ir más allá de la aparente realidad: solemos confundirnos con lo que vemos, con lo que nos dicen y con lo que creemos saber. Gabriela, a través de su libro, nos acompaña a descubrir, de manera dulce y brutal, que lo que está en nuestra mente lo pusieron otros y lo que está en nuestro corazón, lo puso el universo.

-¿Cómo vivís la situación actual mundial ¿Crees que después de las grandes caídas viene un renacer?

Tuvimos que hacer un reset completo porque estábamos totalmente desconectados, viviendo una vida que se estaba acabando. Es duro, porque hay mucha gente que la está pasando realmente muy mal, pero creo que viene una posibilidad, para todos, de crear algo distinto. Fijate que ya hay muchas personas que transformaron su vida, volvieron a los pueblos, a la naturaleza. No digo que necesariamente haya que salir de las ciudades, lo que digo es que la gente empezó a buscar calidad de vida, porque de acá, no te vas a llevar nada más que tu experiencia y lo que hayas alcanzado en lo más profundo de tu corazón. Quizás mi mensaje suene un poco filantrópico o demasiado sensible para personas que por ahí tienen otras creencias u otra formación, pero la cabeza tampoco te la llevás.

¿A eso te referís en tu libro cuando señalas: “Nadie nos va a rescatar, cada uno se rescata a uno mismo”?

Exacto. Por supuesto que yo te estoy hablando de esto después de haber pasado mi propio tsunami, que fue lo que me llevó a esta resiliencia. Cuando empezó la pandemia pensaba cuándo va a ser el momento en que vuelva a ver a mis hijos y me di cuenta de que esa pregunta me la vengo formulando desde el año 1997, y me dije: “Bueno, tal vez eso no sea lo más importante, porque lo primordial ahora es estar con vida” entonces ahí todos los miedos se cayeron y me paré en una fortaleza sostenida en mis propios pies, con mis hijos a 15 mil kilómetros de distancia viviendo sus experiencias. Para mi ese es el valor más grande que alcancé hasta el día de hoy.

¿Cómo fue el proceso hasta llegar a ese entendimiento?

Cuando Imad (ex marido) se llevó a los chicos, había una cosa de forma que se estaba llevando a cabo, pero de fondo no había nada que pudiera contener lo que le estaba pasando a Karim, Zahira y Sharif, que eran la representación de millones de niños nacidos de matrimonios multiculturales. Eso, para mí, fue un horror e importantísimo de entender. Nosotros creamos Instituciones que después no pueden accionar, son organismos inmensos con todo espectacularmente montado, pero donde no se resuelve nada.

-El sistema no estaba a la altura de las circunstancias ¿Eso te impulsó a generar un sistema nuevo?

-Sí, pero siendo un ama de casa con una carpetita debajo del brazo, luchando con un sistema que no funcionaba. Yo venía de estar inmersa en mi maternidad, dando mamaderas, cambiando pañales, llevando a los chicos al jardín. Fueron tantas noches oscuras del alma, en donde empecé a ver a los niños abusados, a los niños del hambre, de las guerras, por eso después cree la Fundación. Yo he visto alimento vencerse en un puerto habiendo miles de niños en el mundo muriéndose de hambre y eso te genera mucha violencia. Estamos en un sistema que nos está matando, que dice que nos reconoce, pero no es así. Por eso yo creo que este virus viene a mostrar definitivamente cosas muy duras que tenemos que asumir, es necesario que despertemos para generar nosotros lo que haya que generar.

-Hay algo que mencionás siempre y es que uno trae hijos al mundo y son del mundo ¿Cómo llegaste a esa sabiduría tan profunda?

Desde que me pasó lo de mis hijos, hubo algo que me latía por dentro, no sólo en mi sangre, sino en mi alma y en todo mi ser, que era volver a verlos. Eso fue lo que me salvó de no internarme en un psiquiátrico o no suicidarme, porque el dolor era fatal. Ahí me ayudó mucho la psicología junguiana y Joseph Cambell, entre otros, que fueron los que me rescataron a nivel contenido. Necesité hacer pública mi historia para obtener los recursos para encontrarlos. El crecimiento mío en el arquetipo como madre fue inmenso, imaginate que de cinco lugares diferentes me decían que la única forma de resolver esto era «contra secuestrándolos». Tuve que poner en superioridad las necesidades de mis hijos ante las mías, dejé de mirar mi dolor y traté de que ellos no fueran más el motín de guerra entre culturas, estados y religiones.

-Hace un tiempo te volcaste de lleno al trabajo con el femenino, de hecho, en ‘Salvaje y domesticada’ le hablás directamente a la mujer ¿Qué hay ahí que es fundacional para vos?

-Yo a la mujer la amo porque amo ser mujer. Cuando el hombre dice: “no la entiendo”, está bien, no me entiendas, sólo vivime. Pero para que eso ocurra, lo primero que tengo que hacer es vivirme yo. Y ahí hay que entrar en las heridas, porque si no, quien habla en nosotras es el dolor, no nuestra esencia. Yo sé que si una mujer despierta, va a iluminar, no solamente a un hijo, a su pareja, a su trabajo, sino a la sociedad. Esto significa que la mujer va a empezar a construir cosas básicas que no se ven, pero que son muy necesarias como energía para la humanidad. Se requiere mucho valor para entrar en esa herida y escarbar. Luego en el proceso, encontrás la medicina y sanás, no sólo vos, sino los ancestros y los que vienen después.

-Sé que por ahí es una pregunta difícil, pero te pediría que intentes una respuesta ¿En qué momento de la humanidad creés que estamos y hacia dónde nos perfilamos como colectivo?

Siempre se dice que en las situaciones límites aparecen todos los marcos de potencialidades y posibilidades de las que disponemos. Yo siento que ahora tenemos la oportunidad de evolucionar en masa, tomando responsabilidad cada uno de su psiquis, su conciencia y su vida. Ese mundo maravilloso que alguna vez vislumbramos, es posible. Y ni hablar de la asistencia espiritual inmensa que estamos teniendo en estos momentos, no importa si la podés sentir o ver, ahí está. A mayor oscuridad, mayor luz, esto no lo digo yo, lo dice la física cuántica. Es un camino de Fe: la fe no es otra cosa más que luz.

Arias Uriburu nos regala una reflexión final en Salvaje o domesticada: Nada puede evolucionar sin transformarse. A lo largo del proceso, primero descubrimos que tenemos la capacidad de destruir, luego de reparar y, finalmente, de vivir en un perfecto estado de equilibrio. Por eso, todo lo que sucede no es ni bueno ni malo, sino necesario”

Y así, a medida que andamos este camino de desaprender lo aprendido, la distancia va perdiendo su espesor hasta llegar al reencuentro con nosotros mismos.