Apasionada del fútbol, esta artista plástica genera sus obras a partir de materiales reciclados y objetos que recoge del río y de volquetes para luego resignificarlos en piezas autóctonas. Una pasión que invita a jugar con las imperfecciones para convertirlas en detalles idóneos.


No es habitual encontrar belleza en un pedazo de hierro abandonado a orillas del río, o en una pastilla de frenos completamente gastada, o en el durmiente de un tren. Pero cuando pasan por la mirada de Carmela Blanco, ocurre. Las piezas dejan de ser inertes y entran en juego, reviven, para transformarse en personajes, flores, bailarinas, superhéroes y hasta en jugadores del Club Atlético River Plate.

En la obra de esta artista conviven diferentes pasiones: el fútbol, los autos, las raíces, la historia y el agua, y a medida que pasaba el tiempo, Blanco supo encontrar el equilibrio entre el impulso de expresión a través del arte y su trabajo como vendedora de autos de alta gama. Cuando conoció a Enzo Francescoli, su actual pareja, su orgullo y su amor millonario crecieron aún más. Esa mezcla de alegría y entusiasmo puede verse en cada una de sus esculturas, que ya fueron vendidas en muestras y galerías como la de la Legislatura, la Galería de las Misiones de José Ignacio, en Uruguay, y Arco, en Madrid.

Es por ello que, una tarde, Carmela abrió las puertas de su casa y su taller para mostrar un poco de su universo, rebosante de esculturas que parecieran tener vida y donde también descansan hierros, maderas, bisagras, repuestos de autos y muchas cosas más que pronto se transformarán en una nueva obra de arte.

–¿De qué va tu última obra, la del traje con el escudo de River?

–Siempre fui de River, desde chiquita, pero no era tan apasionada; lo que sucede es que cuando estás en pareja con alguien que está tan apasionado, pasa. Representa a Gallardo, que en los partidos está siempre de traje, con la misma pose que la escultura. Yo me dediqué a la venta de autos de alta gama antes de vivir del arte. A Marcelo le manejo algunas cuestiones relativas a su vehículo; un día me da la camioneta para hacer un service y en el baúl tenía zapatillas, palos de golf y arriba de todo estaba el saco. Dije: “Chicos, dejo esto así, quiero que esté así cuando lo venga a buscar”. Y después vi en las redes que los chicos del taller se sacaron fotos con el saco de Marcelo puesto. Es un símbolo y lo admiro. También tengo otra que hice a raíz de la muerte de Maradona, se llama Iluminado por siempre. Cuando se murió, acá lloraba Enzo, lloraba mi hijo, y a mí me dio mucha pena también. Entonces se me ocurrió jugar con que le salga luz de adentro. Es de chapa y está hecha con piezas recicladas, el cuello es una herradura de caballo, la parte de abajo es la base de un motor. El nombre lo eligió Enzo.

–¿Cuál es tu inspiración? ¿Por qué elegís estos materiales?

–Me gusta mucho jugar con la combinación de piezas, como hacen los chicos. Que el material intervenga, hable, que se note lo que vivió; no busco el material perfecto. A mí no me molestan las imperfecciones, las incorporo, me gusta encontrar un hierro que vino del río todo herrumbrado. Yo voy viendo qué veo en eso y qué le puedo sacar. Juego con los colores, me gusta mucho transmitir alegría. Para mí, una obra está terminada cuando ya no puede ser más linda.

–¿Cuándo te empezaste a vincular con el arte?

–De muy chiquita, mi mamá vio que me gustaba y me mandó al taller de Kazu Takeda, una japonesa que no aceptaba niños, y una tarde me dejó estar en una clase. El director del Teatro General San Martín eligió un dibujo mío para la sala. Yo tendría ocho años. Seguí estudiando, haciendo y dibujando, y a la vez trabajaba. Y cuando me mudé a esta casa, hace 25 años, había un taller de pintura de Poli Costa enfrente. Ella era del Taller Sur, de la corriente de Torres García, el pintor y escultor uruguayo, que en los colores y las formas es para mí un mentor. Me fui orientando a ese lado, con los colores del Río de la Plata, los ocre, con un poco más de alegría porque me gusta darle más vida. La profesora veía que yo siempre buscaba la tercera dimensión y me dijo: “Tenés que estudiar escultura”, y ahí me fui a estudiar con Ricardo de la Serna. Hará dos años, antes de la pandemia, dije: “Ya puedo decirme artista”. Y me lancé.

–¿Cómo es el proceso creativo de tus obras?

–A veces tengo la idea previa y voy buscando la pieza que me sirva para mi imaginación, y otras veces hay piezas que me llevan para algún lado. Me pongo a jugar con un rulemán y veo flores. Yo busco que tenga vida sin que el material pierda su experiencia. Voy a caminar al río y me encuentro cosas. Busco que todo sea reciclado, me parece importante transmitir la idea de reutilizar, el ecoarte. Los materiales me dicen a mí: “Yo quiero ser cara, yo quiero ser flor”. Siento que soy una especie de Toy Story. El otro día fui a pasear a mis perros y vi unos hierros y me los traje, y si voy a correr al río vuelvo con algo; si veo un volquete y estoy con el auto, aunque esté con pollera y tacos, me bajo igual. Yo igual no soy de buscar. Soy de encontrar. Muchos amigos me traen cosas, hay vecinos que me dejan cosas en la puerta.

–¿Qué sentís que es lo que hace que un artista trascienda?

–La oportunidad. Estar en el lugar indicado en el momento indicado. Hay gente muy talentosa en la Argentina que no se anima a mostrarse, o que lo hace por hobby, pero suerte que lo puede hacer. Porque cuando vos te podés expresar a través del arte, no necesitás analista, terapeuta, nada. No te preocupa la pandemia ni la cuarentena. A mí me gusta estar en mi taller, no tengo ningún interés de ir a algún lado. El que encontró el camino por el arte, de alguna manera está salvado.