Desde territorios ficcionales tan disímiles como un barrio popular de Corrientes, los Estados Unidos de principios del siglo XIX o un bombardero de la Segunda Guerra Mundial, dos films y una serie ponen en circulación diferentes miradas sobre la fortaleza femenina.


Las mil y una

Disponible en Netflix

La aparición de la segunda película de la directora correntina Clara Navas en la grilla de Netflix despertó comentarios entusiastas y la recomendación voló a velocidad de rayo. Bien hecho: el film es una sentida mirada sobre la vida en un barrio popular de Corrientes, con adolescentes en plena ebullición sexual y en cuyo punto de vista se centra el relato. En especial, el de la lacónica Iris (Sofía Cabrera), que juega al básquet y se siente atraída por una misteriosa chica mayor que ella, con la que terminará enredándose. El registro de esa relación, así como el del movimiento interno de un barrio que funciona como un mundo cerrado, es realista y se expande en las escenas corales, donde Navas se vale de sus personajes –esos chicos urgentes, expectantes– para ejemplificar que la diversidad sexual puede latir, también, en una barriada humilde. Y aunque no parece desacertado que encasillen el film como LGBTQI+ (clasificación que, por otra parte, molesta a Navas), es insuficiente: Las mil y una es buen cine a secas, una bocanada de aire fresco en el panorama local.

The Underground Railroad

Disponible en Amazon Prime Video

El llamado Underground Railroad fue una red ferroviaria clandestina utilizada desde fines del siglo XVIII en los Estados Unidos por afroamericanos esclavizados para huir a estados libres o a Canadá. Mucho se ha escrito sobre ella, aunque es la novela homónima de Colson Whitehead –ganadora de un Pulitzer– la obra más sobresaliente relacionada con el hecho histórico. Barry Jenkins, director de la oscarizada Luz de luna, venía trabajando desde hacía años en una adaptación para TV, y aquí está. La miniserie de diez capítulos cuenta la historia de huida de Cora (la sudafricana Thuso Mbedu) de una plantación de Georgia, en un viaje a la libertad amenazado por un tenaz cazador de esclavos (Joel Edgerton) y en el que tiene especial protagonismo el tendido ferroviario del título. En un momento histórico muy particular de los Estados Unidos, con manifestaciones de racismo explícito impensadas a esta altura del siglo, la fortaleza de los personajes de Whitehead y Jenkins sirve como espejo (y ejemplo) de resiliencia para luchadores de hoy.

Shadow in the Cloud

Disponible en Flow alquileres

Soberbio disparate el pergeñado por la realizadora Roseanne Liang y el guionista Max Landis. Y también sumamente divertido. Estamos en una base aérea de Auckland, Nueva Zelanda, en 1943, plena Segunda Guerra Mundial. La piloto de avión de combate Maude Garrett (Chloë Grace Moretz) se sube a un bombardero que viaja hacia Samoa, arguyendo llevar una carga muy valiosa (y papeles oficiales que lo corroboran) cuyo contenido es confidencial. Ante las burlas y el desprecio de la tripulación (todos hombres), es confinada a la panza del avión, donde está la artillería antiaérea. Hasta ahí, todo normal, casi un drama de guerra. Pero basta recordar el prefacio del film –un corto animado advirtiendo sobre mitológicos gremlins saboteadores de aviones– para comprender lo que les espera a Maude y a sus compañeros de vuelo: cuarenta minutos de lucha con esos bichos malignos, además de cazas japoneses, en un giro natural hacia el terror y el fantástico no exento de sangre y aventura, y donde subyace con claridad el mensaje feminista que se anunciaba desde los primeros minutos.