Acaba de lanzar su tercer álbum de estudio, con el que calmó su sed compositiva en la cuarentena, creado en la urbe pero grabado en el surreal escenario del Valle de Traslasierra, en Córdoba, entre alacranes y serpientes venenosas. Cómo un sueño en un tablao flamenco, casi un ritual de iniciación, lo guio a encontrar el nuevo alter ego que habita, bautizado El Gaviota.


“Estaba sentado a una mesa circular en la que había varias sillas pero yo estaba solo. Había un cenicero. Era todo marrón, bastante cerrado… era un auténtico tablao flamenco. Estaba el escenario, había mucha gente y era como un bar estilo antro. Y todo muy elegante, parecía como 1960, viste. Veía mucho anillo, trajes y cuellos largos. Yo estaba observando todo, no conocía el ámbito.” Ahí fue cuando uno de los cantaores le dijo: “Está muy bien lo que hacés, pero a partir de este momento te llamarás El Gaviota”. La voz quedó resonando en Rocco Posca, que se despertó sabiendo que lo habían rebautizado. “Es que creo que en los sueños siempre hay pequeños maestros que me guían”, asegura el músico, que se entregó al ritual de unción porque sintió que lo vivió realmente.

–¿Qué características tiene este personaje que adoptaste como alter ego para tu tercer álbum [con Pedro Bulgarov, Simón Abentin, Javier Berjano y Martín Bosa en la producción junto a él]?

–Creo que es como un espacio más que un personaje. Es un lugar en el que puedo entrar y olvidarme de todo, como un mecanismo para quedar más disponible para el momento. El Gaviota tiene eso de emitir desde el corazón y que esa emisión llegue. Es medio atemporal, no se sabe de qué época es ni de dónde viene. Y va creciendo dentro de mí mientras lo vivo. Es muy divertido y muy teatral. La libertad del alter ego me está dando muchas más posibilidades performáticas y un espectro más grande.

–¿Y cómo trabajaste el concepto sonoro del disco? ¿Cuál fue tu búsqueda?

–El disco, a nivel sónico, es un álbum que tiene una búsqueda en la que mezclé muchos géneros y los utilicé a todos, como el flamenco, el rock, el pop, el tecno… Agarré todos y los unifiqué en una misma idea sonora.

–Anticipabas algo así como que habías cambiado “manías y hábitos” en este álbum. ¿Cómo fue eso?

–Más que manías nuevas y hábitos, a mí me gusta sorprenderme y rodearme de personas que me aportan un montón y me enseñan mucho, entonces inevitablemente estoy dejando formas con las que hacía las cosas y adoptando nuevas. Esa es un poco mi búsqueda.

–En algún momento te apoyaste en la sindromenología (el desarrollo del pensamiento analógico del sistema CNF). ¿Qué quedó de esa experiencia? ¿La seguís utilizando?

–Sí, la sindromenología me sirvió mucho y estuve muy metido. Desde hace un año que no estudio más, pero la recomiendo si a la gente le interesa para que la pueda buscar. Es un método más de autoconocimiento, como lo es para mí estudiar teatro con Nora Moseinco, por ejemplo. Salir a la calle para mí es un autodescubrimiento. Creo que todo nos pone adelante de la posibilidad de mutar cosas, y mucho más ante el año pasado que tuvimos, que fue de transformación a nivel íntimo de cada quien y también mundial, con la caída de lo conocido, lanzados a la incertidumbre.

–Además de que colapsó el mundo se empezaron a caer un montón de sistemas de pensamiento, de formas de pensar que ya no nos sirvieron más. Siempre hablás de la incertidumbre, ¿cómo te afectó a vos?

–Siento que la incertidumbre nunca no estuvo; quizás antes estuvo medio tapadita con un montón de cosas, pero creo que esa palabra y esa sensación fueron con lo que conviví siempre y con lo que estuve en contacto. De hecho, siento que es también una gran herramienta para crear y para moverse. Igualmente, en mi caso particular, la pandemia fue muy buena, no por el hecho de haber estado encerrado, sino porque todos los procesos en los que entré me despojaron de un montón de cosas para quedar más liviano. Para encarar todo desde el lugar de que lo que venga ahora es una oportunidad para relacionarnos con las cosas como si fuera la primera vez. También para no dar todo tan por sentado.

–¿Componer las canciones en la ciudad y terminar grabándolas en la montaña, en Córdoba, también va por ahí?

–Sí. Haber ido a grabar al estudio Sonoramica, en el Valle de Traslasierra, fue una necesidad que no tenía mucho sentido. Fue un disco que compuse en la urbe y nos lo fuimos a grabar a la montaña.

–¿Como fue esa experiencia de refugiarse tan lejos?

–Hermosa, porque siento que elegí un grupo de personas que, además de ser supertalentosas y que me aportaron un montón, fueron muy amorosas. Además de mis músicos, fuimos con Belén Asad, mi novia, con quien hacemos videos juntos y es mucho más que compañía. Todo fluyó muy bien. Pensá que el estudio estaba en el medio de la nada y al lado había un camino de tierra y de flores, en el que te encontrabas con colibríes, vacas, alacranes y hasta serpientes venenosas.

–¿Y se llevaron algún susto?

–Sí, una vez entró una viborita que era venenosa, que no da que te pique, pero fue linda la sensación. “Mirá lo que entró al estudio”, decíamos. Nos costaba creer que fuera real. Y no sabés lo que era volver a la noche por el caminito a oscuras. Sentías que era un nido de serpientes. Todo el viaje está documentado a dos cámaras, desde que nos fuimos de Buenos Aires hasta que volvimos.

–¿La falta de “productividad” fue algo con lo que tuviste que lidiar el año pasado?

–Me lo tomé con calma porque todo estaba frenado globalmente. Así como todas las noches agarro la guitarra y me pongo a cantar, dije: “Voy a poner rec en Instagram Live y listo”. Y nos encontraremos de ese modo hasta que pude tocar, que se dio el 18 de marzo. Como decía mi tío, fui más por el lado de “hacé la plancha que el mar te lleva solito a la orilla”.

–Es decir que no sentiste ansiedad.

–Siento que eso también está cayendo, no sé si es necesario estar constantemente haciendo cosas. ¿Para qué?

–¿A qué respondés en el hacer?

–El motor de la creación es el deseo, me gusta mucho vivir, hacer cosas y estar activo en lo que siento. Lo que no me gusta es hacer por hacer, no es que estoy toda la semana haciendo cosas. Creo que en el no hacer está el hacer más complejo y más interesante del humano.

–¿No creés en el aburrimiento?

–Siento que el aburrimiento es un poco mental. Una vez me he dicho que si estaba aburrido era porque no me estaba atreviendo a ver lo que había. Porque a veces uno mira más lo que no hay. Estar en silencio con uno significa que hay. Y en el momento en que te das cuenta de que estás vivo hay posibilidad de todo.