El gran baterista revisita junto a su grupo, Escalandrum, la genialidad de su abuelo Astor en 100, un álbum aparecido para los festejos del centenario piazzolliano que dialoga entre los clásicos del maestro y la modernidad sonora de su ADN jazzero.


Al escuchar el apellido Piazzolla es imposible no pensar en música (y en música de la buena). Astor dedicó su vida a las melodías y al bandoneón. Cambió las reglas del tango, un género que parecía inamovible en su momento, y a lo largo de más de tres décadas logró convertirse en el embajador de la música de Buenos Aires.

En el mes de marzo se homenajearon los cien años de su nacimiento y hubo múltiples actividades que enaltecieron su figura. Entre las muchas cosas que se hicieron para la ocasión, una de ellas fue de gran relevancia: Escalandrum sacó el disco 100, un trabajo íntegramente dedicado a la obra de Astor. El grupo del baterista Daniel “Pipi” Piazzolla, nieto de Astor, grabó once canciones del compositor de “Adiós Nonino” y hasta rescató un solo de bandoneón que les cedió Osvaldo Acedo (responsable del mítico Estudio ION) que terminó incluido en su versión de la canción “Suite Troileana”.

El legado Piazzolla impactó fuerte en la familia. El hijo de Astor y papá de Pipi, Daniel Hugo Piazzolla, fue parte de la formación del Octeto Electrónico y tocó con su padre del 75 al 77. Una vez fallecido Astor y al considerar que ya había tocado con todos los grandes, Daniel se retiró de la música y apareció su hijo Pipi para continuar el legado.

Al principio, las cosas no fueron fáciles para el baterista. Su familia le pidió que hiciera otra cosa, porque con la música se iba a “morir de hambre”. Así que intentó un tiempo en la universidad y se metió a estudiar Marketing, pero su paso fue fugaz. Se dio cuenta rápido de que eso no era lo suyo y tiró todos los apuntes a la basura. Pipi fue por todo con la música, y entre las anécdotas irresistibles con su abuelo está el consejo “Sé músico, sé pobre, pero sé feliz” y, claro, el regalo que le hizo: su primera batería.

–La música ha tomado por completo tu vida y tuviste épocas de practicar mucho. ¿Cómo es tu rutina actualmente?

–Desde que arranqué con la batería siempre practiqué mucho. En los 90 tuve épocas de mucha intensidad y de estudiar 17 horas diarias. Arrancaba a las cuatro de la mañana y era la una del mediodía y seguía tocando. Después almorzaba y seguía. Hoy en día lo que hago es llevar a mis hijos a la escuela y después le meto hasta el mediodía. Y si no tengo alumnos o algún ensayo, que ahora no son muchos por la pandemia, sigo practicando.

–Hace poco, en una nota que diste para La Página Millonaria, dijiste que tu primera conexión con el ritmo percusivo fue cuando empezaste a ir a la cancha a ver a River.

–Estaba un poco alejado de la música en ese momento. Había estudiado mucho piano clásico y después entré en el secundario. Ahí empecé a cambiar, a escuchar otra música, a hacer más deporte y a ir a la cancha. Año 84, más o menos, época donde las murgas y los carnavales estaban prohibidos. Era imposible encontrar un grupo de tambores practicando en una plaza como sucede hoy. Todo eso me lo encontré en la cancha, y ahí empezó mi flechazo. Empecé a hacer ritmo por todos lados: en la escuela, en la mesa de mi casa, hasta que un día vi un solo de batería y me di cuenta de que estaban los mismos instrumentos que en la murga: bombo, tambor, platillo, y me volví loco. “Quiero probar con esto”, fue lo primero que dije. Fui a una clase con el Oso Picardi y fue terrible. A todo el mundo le deseo que alguna vez le pase lo que me pasó a mí con la batería.

–Imagino que el mayor contacto con la buena música lo tuviste con tu abuelo, ¿no?

–Todo. Tuve la suerte de que mi papá tocó en el octeto, allá por los setenta, y poder ir a ver esos ensayos y después a los conciertos. Mi abuelo siempre me llevó a sus presentaciones: al Colón en el 83, al Ópera, a los de la Capilla, a Jams. Un montón de shows emblemáticos, y yo tenía 14 años. Me pasaba a buscar y me llevaba. Un gesto increíble. Siempre tuve contacto con la buena música, porque en mi casa se escuchaba jazz, música clásica y mucho Astor Piazzolla. Nosotros somos fans de él, más allá del vínculo. Y lo más importante de todo fue su ejemplo. Cuando arranqué a estudiar, me lo tomé muy en serio. No concebía que podía llegar a ser de otra manera, y eso fue gracias a mi abuelo. Fue el ejemplo que viví y vi. Para mí, estudiar música fue como estudiar ingeniería nuclear. Muchas horas y dejar de lado muchas cosas. Si querés estar al día, avanzar y estar en un buen nivel, te tenés que matar.

–¿Qué recuerdos tenés de la noche que tu abuelo tocó por primera vez en el Teatro Colón?

–Me acuerdo de que nos subimos a un auto para ir al Colón y lo primero que me llamó la atención fue que había un tipo manejando y nosotros íbamos atrás. Como si fuera una limusina. El auto era uno común, y el que manejaba era uno de los mejores amigos de mi abuelo, que hizo todo eso para que parezca más especial. Igual me comí un flash total. En el 83, viajar atrás de un auto particular era rarísimo. No había remises ni nada. Eso pasaba sólo en un taxi. Eso fue lo primero que me impactó. Después, estar en el palco presidencial fue tremendo. Era un balcón, en un teatro gigante al que nunca había ido. Me pareció alucinante. Y otra cosa que recuerdo es que mi abuelo estaba muy cariñoso, me tenía agarrado del hombro con mucha dulzura. Me acuerdo de ese “Adiós Nonino” que tocó y que la gente explotó.

–¿Por qué creés que sintió esa noche en particular como un triunfo cuando él ya había tocado por el mundo y en grandes teatros?

–Sintió que triunfó porque le dieron el Colón para el solo. Fue un reconocimiento a su trabajo. Esa noche se televisó en vivo, fue un evento nacional. En el programa de mano que me firmó y me regaló, me puso: “Para Danielito, mi querido nietito, no te olvides nunca de esta noche en la que tu abuelo triunfó”. Más allá de que venía tocando por el mundo y en teatros increíbles, creo que hasta que a uno no le levantan el pulgar en su propio país no termina de estar satisfecho.

Pipi con su grupo, el sexteto de jazz Escalandrum, llevó adelante la grabación del disco 100 para homenajear por cuarta vez la música de su abuelo. La historia de estas canciones que forman parte del disco nacen con la grabación de Studio 2 (2018), en los estudios Abbey Road.

Tenían dos días pagos, pero la grabación del disco les llevó uno solo y una toma de cada canción. Como les sobraba un día, aprovecharon para ensayar canciones de Astor que hasta el momento no habían grabado y de ahí salieron los cuatro temas que abren 100: “Primavera porteña”, “Soledad”, “La muralla de China” y “Milonga en re”. El resto de las canciones las terminaron de grabar en Estudios ION. Y ahí se encontraron con una grabación alternativa de un solo de Astor que introducía a la “Suite Troileana”. La reutilizaron y le agregaron la banda arriba.

“Le pusimos algunas armonías con los vientos, algunos colores con los platos, con el contrabajo, algunos arcos. Un arreglo muy lindo que hizo Nicolás Helfer para que podamos tocar con él. Es como un free jazz, no tiene tempo, es muy libre todo. Lo bueno es que pudimos juntar las dos cosas”, dice Pipi del otro lado del Zoom, sentado en uno de los ambientes de su casa donde se ven tambores de batería apilados, una foto del baterista Max Roach y la tapa de una revista en la que aparece Tony Williams.

“Más allá de que mi abuelo venía tocando por el mundo y en teatros increíbles, creo que hasta que a uno no le levantan el pulgar en su propio país no termina de estar satisfecho.”

–¿Cuáles son las proyecciones con Escalandrum para este año?

–En primer lugar, mientras la pandemia lo permita, la idea es presentar este disco a full. Tenemos bastantes fechas por delante, pero tengo un miedo total de que las den de baja. Estoy tocando bastante de nuevo, y la idea de volver a estar guardado me mata. Tocar en vivo es distinto.

Interrumpe su testimonio, porque una mujer le avisa que llegó el fotógrafo de El Planeta Urbano. “Decile que ya termino y le abro.” Pipi recapitula en su respuesta y concluye: “El año que viene, la idea es empezar a ablandar la música nueva que tenemos e ir sumando. Después hay un montón de proyectos dando vueltas. En los últimos Premios Gardel hicimos una versión de ‘Té para tres’ con Zoe Gotusso y sonó espectacular. Hemos hecho eso muchas veces y el resultado siempre fue buenísimo. Hicimos ‘Los dinosaurios’ con Mariana Bianchini, El Himno argentino con Elena Roger… Cuando nos toca hacer ese tipo de trabajo todo funciona inmediatamente y sigue sonando Escalandrum, por más que pasen los artistas. Hemos hecho cosas con Julieta Venegas en México también. Hay muchas ideas de continuar por ese camino y hacer discos con cantantes y músicas emblemáticas, pero vamos día a día”.