Sobreviviente del rock y empático con las nuevas tendencias y generaciones, el rosarino, que trascendió sus primeros cuarenta años en la música, ganó un Grammy y vive autodescubriéndose en su incansable y libertino viaje creativo, sigue haciendo cosas imposibles.


“Este puede que sea un momento de plenitud absoluta, me siento muy inmenso y lleno de amor.” Posteriores al shock natural generado por uno de los reconocimientos más importantes de su carrera, las primeras palabras de Fito Páez luego de que lo anunciaran ganador del premio Grammy en la categoría Mejor Álbum de Rock Alternativo Latino dejan en evidencia no sólo la magnitud del evento y su impacto en la sensibilidad del rosarino. Acaso esas palabras simples y sinceras, también espontáneas, reflejan un estado general, emocional y artístico de su vida hoy, en 2021, a más de 40 años de sus primeros pasos en la historia de nuestra música; un largo viaje motivado por su prolífica y multifacética capacidad creativa, a través de discos, conceptos, películas, libros, hijos, muchísimas canciones, algunos himnos. “Tengo tiempo”, dijo más de una vez.

Es 14 de marzo de 2021 y Rodolfo Páez acaba de convertirse en el segundo artista argentino en recibir un Grammy (Los Fabulosos Cadillacs lo ganaron en 1998), más allá de los tantos Latin Grammys también cosechados. El premio lo obtiene un año y un día después del lanzamiento virtual del disco merecedor del triunfo: el aclamado La conquista del espacio, un álbum que desde su sonido y desde su concepción da más indicios del lugar que el músico ocupa en la actualidad dentro del panorama general de la industria. Fito Páez es Fito Páez gracias a Giros, Tercer mundo, El amor después del amor, Circo beat, la ubicua “Y dale alegría a mi corazón” y más trozos indiscutibles de historia, pero también es Fito Páez gracias a su personalidad única –digamos que su forma de expresarse, no sólo de cantar, es una marca registrada– y la insaciable necesidad de manifestar su arte con la libertad como guía fundamental. Sin prejuicios.

La humildad explícita (“Tengo una perspectiva que permite no creerme nada, man”, le dijo a Bebe Contepomi en su podcast Lado BB, al enumerar la lista de eminencias que lo apadrinaron en los comienzos. “Litto Nebbia, Spinetta y Charly García en meses ya sabían quién era; también me amó Mercedes y Atahualpa, también a Astor le gustó Giros”), sumada a la motivación por la búsqueda infinita y a una intención sensata de ampliar y actualizar su audiencia, lo llevó a convocar a gran parte de la nueva y novedosa escena musical y a representantes de los géneros más diversos para grabar La conquista del espacio. De Lali Espósito a Hernán de Mala Fama, de Juanes a María Campos, pasando por Mateo Sujatovich de Conociendo Rusia, Franco Saglietti de Francisca y Lxs Exploradores y Ca7riel: la variedad le entrega frescura y versatilidad sonora a un compilado de canciones que, sí, también reflexionan, critican y escupen verdades.

“Entre los artistas no se encuentra el enemigo”, dice en el tema que da nombre e inicia el disco, sobre la épica cinematográfica que entrega la Nashville Music Scoring Orchestra, en una suerte de voluntad unificadora entre géneros y generaciones. En los últimos meses, también convocó a Nathy Peluso para cantar en su show en el Movistar Arena, que se transmitió por streaming; participó de un tema de Conociendo Rusia; se mostró en las redes pasando tiempo con Bandalos Chinos, y armó una playlist en Spotify a la que llamó “Nueva ola argentina” con temas de todos ellos, Wos, El Kuelgue, Nicki Nicole, Louta, Lo’ Pibitos, Cazzu, Usted Señálemelo y más.

“¿Quién disfruta de la condición de ídolo popular? Eso es como recibirte de estatua. Y eso es lo que, en general, no me gusta de los viejos. Medios solemnes, que se empiezan a tomar el personaje en serio. He visto a muchos que se convirtieron en estatuas, sobre todo escritores. Empiezan a creerse algo y eso no va nunca. El rock and roll no tiene eso en el ADN, por lo tanto: paso”, comentó en una entrevista con Página/12. Este interés por no ser canonizado ni exhibido en galerías de los museos del rock viviente (aunque, tal vez a su pesar, de manera indefectible constituya una de las figuras más grandes de nuestra historia) justifica aquel accionar inquieto y su necesidad de mantenerse en la vanguardia, adaptarse a la evolución de los tiempos y los sonidos. Como sucedió también en marzo de 2020, cuando ante la cancelación de la gira de presentación de La conquista del espacio debido a la pandemia, rápidamente (el 20 de marzo, sólo un día después de la declaración oficial del aislamiento preventivo y obligatorio) dio un show virtual desde su casa, sólo con su piano, en una transmisión de calidad a través de redes sociales que lo convirtió en un pionero local de lo que luego se transformó en una tendencia global.

Pero este último disco no es tan sólo un síntoma de la era de las audiencias digitales, donde las colaboraciones entre los artistas se volvieron tan frecuentes (y casi obligatorias). Fito siempre creyó en la retroalimentación artística. Desde los primeros invitados en Giros (Pedro Aznar, Fabiana Cantilo) o los discos en conjunto (el encuentro cumbre con Spinetta en La la la, de 1986, o Enemigos íntimos, con Joaquín Sabina, en 1998), el listado de featurings se fue haciendo cada vez más amplio. El acercamiento temprano a Charly García (en 1983 se unió a su banda y en 1984 participó de la grabación del disco Piano bar, en teclados) forjó una larga relación de colaboraciones pero también de admiración, que Fito describió así en su libro autobiográfico, Diario de viaje (Planeta, 2016): “Ya sabemos de su particularísimo método de maravillización del mundo. Ok, para el que no lo sepa le cuento que es real. Sólo hay que tener sensibilidad y ser un poco piola para darse cuenta de que todo lo que ha tocado este hombre dentro del lenguaje musical y en la vida de algunas personas (entre quienes me incluyo) se ha maravillizado”.

Y entre esas descripciones, elogios y vivencias compartidas, hace una confesión que deja lugar a las interpretaciones pero que ciertamente habla de una misión compartida, una misión metafórica (y concreta) que, por siempre incumplida, los obliga a seguir y seguir y seguir buscando formas de canalizar su magia: “Él quiso algo imposible. Yo también. Aún lo intentamos”.