El éxito de MasterChef Celebrity renovó la pasión del público argentino por el cocinero italiano. Pero el más simpático y cercano de los integrantes del jurado del certamen es también un trabajador de la gastronomía que enfrentó la pandemia con ímpetu y decisión, además de alguien que conoce muy bien el país que ha elegido como su segundo hogar. Reflexivo, analiza aquí las claves del suceso televisivo y narra la peripecia de ser piloto de tormenta y no morir en el intento.


Son las diez de la mañana, y para Donato De Santis el día ya es viejo. Pasaron reuniones, el minucioso armado de una valija con ropa para la producción de fotos y hasta una clase de pilates, antes de que el italiano más famoso de la Argentina esté instalado en Pizza Paradiso, su restaurante abierto hace seis meses en el Bajo Belgrano, esperando a El Planeta Urbano. Tiene claro que en tres horas deberá estar grabando MasterChef Celebrity en los estudios de Telefe junto a sus compañeros de jurado, Germán Martitegui y Damián Betular, pero no se apura: el hombre es muy respetuoso del trabajo de los demás y le dedicará cantidad (y calidad) de tiempo al encuentro. “Hacemos entrevista ahora y fotos después, ¿no?”, pregunta, sabiendo la respuesta: ya pispeó que el fotógrafo todavía está buscando rincones para hacer las mejores imágenes. Un observador, Donato, que así como repara en esos detalles también analiza su presente y el del país con ojo clínico y sentido de la ubicación: con 57 años recién cumplidos, sabe perfectamente el lugar que ocupa en el corazón del público. Aunque tal vez nunca haya sido tan reconocido como ahora, cuando el reality de cocina es el programa más visto de la televisión argentina, con sus promedios de 17,22 puntos de rating y 62,35 por ciento de share logrados en marzo.

–Hiciste dos versiones de MasterChef con adultos, dos del Junior y esta, que va por su segundo año. ¿Qué tiene de distinto que la hace tan popular?

–Los famosos. Con las celebrities, el casting fue virtual y todo se hace distinto: es gente que ya conoce cómo son los mecanismos de delante y detrás de cámara. Además, la pandemia, con todo el mundo mirando la tele, viendo cómo resuelve las cosas alguien conocido. Esto agregó más jugo a un programa que ya de por sí tiene éxito.

–¿Y tu rol como jurado? Sos el más paternal y comprensivo de los tres.

Soy así de naturaleza. Mucha gente cree que vas a la TV, te pagan dos millones de dólares y tenés que seguir un libreto. Y no, yo creo que nos preseleccionaron por el perfil. Es como una receta, también: los tres somos así, no hay ninguna actitud forzada.

–¿Tienen o tuvieron favoritos? ¿Lograron alguna conexión que fuese más allá del concurso?

–Hay una regla no escrita que dice que nosotros como jueces debemos tratar de tener el menor contacto posible con los participantes. Porque, si no, el vínculo humano se ablanda, no sirve. Después de la competición, sí. Yo invité a mi cumpleaños a todos los participantes de la primera camada, como para decir “conozcámonos”.

–¿Y hay alguien que te haya sorprendido?

Me gusta mucho cómo cocina Sofía Pachano. Tiene una cosa muy delicada, muy exótica también, muy personal, elegante. Belu Lucius era más natural. Y como sorpresa, Vicky [Xipolitakis], que uno no se imaginaba nada y largó algunos platos increíbles. También Claudia Villafañe y la otra finalista, Analía Franchín. El de ahora es un grupo distinto. Al principio estaba el peso del primer grupo, que la rompió. Están Georgina [Barbarossa], que tiene mucha personalidad; Andrea Rincón, que está entrando en una metamorfosis; Cande Vetrano, que es como una Pachanita.

–Es un programa con versiones en todo el mundo, ¿qué creés que le aportó la Argentina al formato?

–En el programa se aprende de producto, de técnica. Aportó también a volver a la discusión, no a la pelea: sopa A o sopa B, milanesa gruesa o fina. Los chicos, por ejemplo, aman el programa, se quedan hipnotizados viendo qué sucede, quién sube al balcón, las pruebas, el tiempo, el reloj, la cuenta regresiva.

–¿Sentís que aumentó el cariño de la gente hacia vos a partir de este éxito?

–Creo que lo renovó. Es lindo y emotivo: yo empecé hace veinte años, así que las personas que tenían veinte en aquel momento hoy están casados y muy probablemente tengan hijos de esa edad. Y ese público hoy se nutre de otra cosa, no está viendo qué hace Donato todo el tiempo. Pero me llegan historias de padres que les recuerdan a sus hijos que me miraban juntos, que los hacía comer, que pensaron en estudiar cocina por mí. Hoy la gente se vuelve a preguntar si soy italiano de verdad, se entera de que soy casado, de que tengo dos hijas… Mis compañeros son un poco más reservados, pero a mí siempre me gustó ser popular, llegar a una franja de público grande que sigue teniendo una relación con Italia muy nostálgica. Despertar también el deseo de conocer las raíces. Eso a mí me hizo bien, me dio pie para seguir alimentando esta necesidad de conocer, de ampliar tradiciones.

–Viajás a tu país a menudo, ¿cómo manejaste ese flujo en pandemia?

–Viajé en febrero, cuando terminó el programa. Me fui un mes. Pero no llegué a ver a mi mamá, que tiene 91 años. Había barreras sanitarias y yo vivo a 300 kilómetros de ella. Está bien, pero se está apagando. Yo me fui de Italia pero tengo, obviamente, un vínculo muy fuerte con mi tierra natal: están mi familia, mi casa. El mío no fue un desarraigo total sino un constante viajar, desde que me fui, en los años 80.

Pero esa frontera ítalo-argentina por la que hace equilibrio también provoca que se embronque un poco cuando siente que la balanza se vuelca para el lado de una idiosincrasia –llamémosla “criolla”– que entiende que para progresar hay que pisar al prójimo. Lo nota con claridad cuando lee en redes sociales ciertas acusaciones de que en el programa está todo armado. “Me da tristeza. Es la mentira que nace de la necesidad de supervivencia, de la defensa de lo adquirido. Acá es muy común tirar mierda al otro, difamarlo. Me entristece porque sé de dónde viene. Además, yo leo los tuits y me divierto: ‘Me dijeron que mañana va a pasar tal cosa’, cuando yo sé que no es verdad. ¿Y qué es lo primero que dicen cuando esa cosa no pasó?: ‘Me mintieron’ (risas). Te dan ganas de decirle: ‘Disfrutá lo que es’. Me gusta hablar de estas cosas porque a veces la gente lo primero que piensa es: ‘Este tano es un ladri’. Y yo vine a laburar, ¿cómo ladri? Igual, hoy me lo fumo. Pero no soy ladri: tengo un negocio, hago una pasta que te parece rica, me la pagás, punto. Ladri es otra cosa.”

Es el momento de las fotos, y Donato tira magia. Se cambia las veces que hacen falta, come pizza, amasa, prende un habano, hace volutas de humo y se retrata junto a un póster de su ídolo, Elvis Presley (“acabo de comprarme en una subasta unas botitas suyas, usadas y todo”). La mañana es soleada, y la terraza del local, su terreno de juego. Pero por la noche será otra cosa: el espacio al aire libre de un restaurante que abrió en pandemia y debe pelearla todos los días, al igual que los Cucina Paradiso (uno, ubicado a unas cuadras de este; otro, en Palermo; la franquicia de Devoto; el Mercato, en el Mercado de Belgrano). “Este es un momento de verdad humanitaria. Nosotros durante la pandemia no paramos: agarré a todos los empleados, les hice training mental, les pregunté si nos acompañaban o no, les dije que si no lo hacían, cerraba, los indemnizaba, me iba a Italia y listo. Porque seguir no era sólo para ellos o para mí: era para el plomero, para el que viene a poner los vidrios, para el que arregla el aire acondicionado. Bueno, de 120 empleados que tengo, sólo se fueron dos.”

–Una apuesta por el futuro.

–Es que un restaurante es un negocio, no es una obra pública. Mis empleados están todos en blanco. Pago todo y más. Mi aporte a la sociedad es este. Yo soy ciudadano, emprendedor, tomo mis riesgos pero obtengo mis beneficios. Ahora, si no quiero tomar riesgos me quedo con el Fitito; pero si quiero un Mercedes, bueno, invierto, arriesgo, soy líder, te enseño las cosas, te doy un oficio.