Dua Lipa, Billie Eilish, Sting, Natalia Lafourcade, Jorge Drexler. Nadie quiere quedar afuera de esta serie de recitales acústicos desde los escritorios de NPR Music que ya junta cerca de 1500 millones de reproducciones en YouTube.


Libritos, revistas y caretas. Discos, tazas y globos. Colores, desorden y estímulos. Unas estanterías de madera, unos vasos con café, un pequeño organito electrónico. Unas lapiceras, alguna computadora apagada. Un sitio común en una situación extraordinaria. En la altura 1100 de la North Capitol St., a media hora a pie de la Casa Blanca, a veintitrés minutos del Capitolio, a cuarenta y cinco del monumento a George Washington, y ahí, precisamente ahí, donde el host radial y músico Bob Boilen suele apoyar su blanco culo de lunes a viernes, ocurre uno de los fenómenos más alucinantes de internet: los Tiny Desk Concerts.

Aquí no hay telones, ni luces, ni miles de asistentes: se trata de shows desprovistos, despojados y desnudos de fantasía. En pocas palabras, son pura música y energía fresquísima. Las sesiones de Tiny Desk Concerts, emplazadas en ese escritorio en particular en el que Boilen oficia de empleado público con trabajo soñado, ya juntan cerca de 1,5 billón de reproducciones en YouTube y unos 8,7 millones de seguidores en Twitter. Asimismo, representan la experiencia singular de disfrutar de algunos de los mejores artistas del mundo en un contexto sencillo, luminoso y sorpresivo. Mínimo, descontextualizado y genial.

Así las cosas, una oficina estatal con una onda hipster –la sede capitalina de la red de radios públicas de los Estados Unidos– entroniza uno de los conceptos más modernos y cool del momento. Un concepto que imanta desde Natalia Lafourcade, pasando por Anderson Paak; Tyler, the Creator; Mac Miller, y hasta el uruguayo Jorge Drexler o, incluso, el actor hollywoodense Steve Martin tocando el banjo junto a sus amigos. Y, además, con una versión hogareña, aggiornada a partir del aislamiento social como consecuencia del covid-19, se yerguen por ahí figuras estelares, como BTS, Dua Lipa, Billie Eilish y Justin Bieber, entre otros.

Tiny Desk Concerts es una marca que, en sus comienzos, despuntaba el vicio con algunos talentos locales hasta que, en su consagración, terminó internacionalizándose. Mezclando novedad con prestigio, booms coyunturales con exquisitez conceptual, Tiny Desk se mueve cómodo entre las visitas de peso y los jóvenes valores.

En tanto, con vistas al mercado global, llegaron invitaciones para el español Diego el Cigala, la australiana Tash Sultana, la británica Adele, el jamaiquino Masego, los coreanos SsingSsing, la chilena Mon Laferte o el colombiano Juanes. Por caso, algo similar ocurrió con la seattleita KEXP, otro ejemplo notable de radio pública, con una invención íntima (formato de banda + host), pero con el recurso del estudio de grabación.

“No tenemos idea de cuánto durará esta serie, pero ver a nuestros músicos favoritos dar conciertos en vivo sin adornos, honestos e íntimos, nunca podría envejecer”, dijo Robin Hilton, uno de los productores y host de la radio, en una columna de opinión en la web oficial de National Public Radio Music. A razón de una o dos grabaciones por semana, Tiny Desk viene perfilando su propio universo desde 2008, cuando todo comenzó de forma azarosa, improvisada y, realmente, de pura carambola.

Un concepto que imanta desde Natalia Lafourcade, pasando por Anderson Paak; Tyler, the Creator; Mac Miller, y hasta el uruguayo Jorge Drexler o, incluso, el actor hollywoodense Steve Martin tocando el banjo junto a sus amigos.

La historia cuenta que, en una salida de colegas, Boilen y Stephen Thompson, editor de NPR Music, terminaron fastidiados tras retirarse de un bar de Austin, en Texas, en el que la música estaba muy por debajo del ruido de la multitud. La bulla era insoportable, y la música, objetivo de su presencia en el lugar, casi inaudible. En aquel revoleo de enojones, tal vez bendecidos por ese torbellino de ideas que es el Festival South by Southwest por el que andaban pululando, Thompson sugirió, en tono de comedia, que la cantante folk Laura Gibson, una de sus artistas favoritas, debería actuar en el escritorio de Boilen.

Un mes después, Gibson estaba sentada en la silla de Boilen, con su guitarra en la mano, una cámara fija, un micrófono gris, un ángulo casi cenital y un fondo, digamos, improvisado. Entretanto, ese video, que hoy cosecha unas “humildes” 100 mil views, significó la piedra fundacional de todo este asunto. Así, entonces, los músicos comenzaron a pasar, primero de a poco, luego de a mucho, por ese lugar.

Nadie imaginaba que, con el tiempo, Tiny Desk se convertiría en un éxito que humedecería las partes íntimas de los artistas del momento. Sin embargo, dos meses después de la presentación de Laura Gibson, los inquietos empleados estatales volvieron al ruedo con su incipiente formato y tuvieron la visita de Vic Chesnutt, fallecido compositor de folk-rock estadounidense.

¿El primer artista realmente popular en formar parte de los Tiny Disk Concerts? El mismísimo Tom Jones. Y aquí la sorpresa: fueron sus propios publicistas los que se comunicaron con NPR para concretar la visita a la radio pública. Desde allí, la cosa no paró de crecer. Luego vino un artista por mes, más tarde dos y así, sin parar, Tiny Desk Concerts se convirtió en una marca que ya lleva más de 800 conciertos y contando.

“No teníamos idea de lo que estábamos haciendo. Notarán que los estantes detrás de Laura están casi vacíos. Los habíamos colocado para guardar todos los CD que teníamos. También notarán que la calidad del video es bastante cruda. NPR Music ni siquiera tenía un equipo de video para ese entonces, ni una iluminación elegante. Bob instaló las cámaras él mismo. De hecho, NPR Music sólo lleva cinco meses de existencia”, recuerda Hilton en aquel artículo.

Bastaron unos quince minutos por concierto para alejarse de los grandes escenarios y no extrañar ni uno de sus amenities. Bastaron unos quince minutos por concierto para crear una atmósfera intimista muy difícil de acariciar teniendo delante a superestrellas usualmente digitadas al calor de la estrategia y personalidades amuralladas por agentes de prensa, representantes y lobistas varios. Como sea, bastaron unos quince minutos por concierto para crear reversiones de los grandes éxitos tocadas sin temor a que pase lo que tenga que pasar. A la sazón, todo esto nos quedó de legado: bastaron unos quince minutos por concierto para que una buena idea se convirtiera en el dispositivo que terminó por jubilar al estrés y la pose de los grandes despliegues. Y, fundamentalmente, haciéndolo sin perder la potencia de un buen show en directo. Y comprobando que la espontaneidad es un valor que se escruta con apenas un clic.

Mezclando novedad con prestigio, booms coyunturales con exquisitez conceptual, Tiny Desk se mueve cómodo entre las visitas de peso y los jóvenes valores.