Buenos Aires se prepara para una nueva edición, el 8 de abril, del evento que revalida los fracasos y las historias poco exitosas de emprendedores y personalidades de nuestro país.


A Gustavo Agustín Pérez, la sensación de fracasar lo marcó desde muy chico. Nació con una hernia y tenía advertido no levantar nada pesado. Hasta que un día lo hizo y tuvieron que operarlo de urgencia. También se considera un “abandonador de carreras”, un “vago del proceso” que siempre arranca y deja para cambiar a otra. Lo que sí sostiene es su sed de gestionar. Por eso creó Wowlat, su fundación desde donde apoya iniciativas de educación, tecnología, ciencia y a emprendedores. También es asesor para la gestión de proyectos y tecnología en la Subsecretaría de Emprendedores del Ministerio de Desarrollo Productivo de la Nación, y es socio y miembro de la Comisión Directiva del primer Club de Emprendedores Diversos. Desde 2010 organiza eventos TEDx, y en 2018 tomó la licencia de Fuckup Nights para desarrollar el evento en Buenos Aires. Básicamente, una serie de valientes oradores que se exponen ante un público para contar todos sus fracasos, puros y duros. Sin final feliz ni cierre de resiliencia. El próximo es online, por Zoom y YouTube, el 8 de abril. “Made in Argentina” es el nombre de esta noche en la que expondrán personalidades como la locutora Viviana Nelli, la voz que anuncia las paradas del subte y los trenes; Emiliano Panelli, uno de los diseñadores del emoji del mate; Matías Pierrad, fundador de la guía de bodegones “El Antigourmet”, y Maru Arabehety, creadora de la marca de ropa interior ElleVanTok.

“Nosotros no les permitimos contar éxitos. Para contar el éxito está la bío del orador; queremos que la charla sea sobre cómo la cagaste.”

–Asesorás a emprendedores, ¿te considerás a vos mismo un emprendedor?

Yo soy más un voluntario serial. No me defino como emprendedor sino como alguien que tiene mucha voluntad de hacer cosas. No sé por qué siempre terminé en este mundo empresarial. Mi viejo terminó en la lona por la crisis de 2001. Con un tío mío se metieron en una de las primeras marcas de marketing de vendedores independientes, tenían charlas, eventos motivacionales. Mis viejos estaban separados, y cuando me tocaba con él iba a sus conferencias, a los ocho años. Él siempre me machacó diciéndome: “Vos lo que tenés que hacer es tener contactos”. Soy más eventero. A los doce fui a un evento de software libre, sobre los usuarios de Linux. Y ahí me involucré con Usuaria, una ONG. Eran eventos para gerentes de sistemas, muy corporativos, eran todos tipos de más de cuarenta años. Para hacerme socio les caí en uniforme de secundario. Me terminaron contratando para hacerles comunicación web. Ahí empecé a explorar formatos. Intenté varios proyectos que fracasaron. Con unos amigos arrancamos la Fundación Wowlat, con la que tuvimos muchos fracasos hasta lograr avanzar.

–¿Qué hacen con la Fundación?

–Somos una incubadora de ONG. Es un paraguas para toda organización de la sociedad civil que no está formalizada y necesita un ecosistema de apoyo. Además, estamos intentando armar el Club de Emprendedores Diversos. Nos está costando un montón. Hay emprendedores que aún no se animan o no terminan de querer visibilizarse, porque tal vez algunos salieron tarde del clóset. Nosotros gestionamos para que las personas se sientan más cómodas y seguras. Otro proyecto interesante que está en la Fundación es cubrir una pequeña cuota en el sistema científico. Conectar potenciales becarios con grupos de investigación; la idea es acercar el mundo de la ciencia, que en la Argentina necesita ser potenciada. Hay muchos chicos que quieren desarrollar su carrera científica y no logran acceder.

–¿Cuáles son para vos los principales motivos por los que fracasa un emprendimiento?

–A veces el ego. Hay gente que lo usa para participar de concursos y no termina de emprender, se la pasa pitcheando y ganando plata en concursos y después no concreta los proyectos. Hay mucha gente que se mete en mercados que cree conocer y no conoce, y no termina de investigarlos lo suficiente. Elegir mal a los socios, no validar, irse de lleno al megaproyecto y no chequear con los usuarios o clientes. La gente piensa que para llegar a ver el producto final tiene que atravesar un océano. Y no, es ver la esencia, testearla; prueba y error. La gente subestima demasiado la parte legal y formal, los contratos; eso después te da dolores de cabeza. O lanzar cosas a un mercado desconocido que por ahí no existe. Hay gente que se la pasa creyendo que es innovadora.

–¿Cómo llegaste a Fuckup Nights?

–El proyecto nació en México y ya tiene ocho años: un grupo de amigos que se juntaron en un bar a tomar unos mezcales y entre copas se empezaron a contar historias de fracasos de sus proyectos. Se re entusiasmaron, se les pasó el tiempo y empezaron a pensar que podía ser divertido invitar a amigos para juntarse a contar estas historias. Hasta que organizaron legalmente el Instituto del Fracaso. A la Argentina llegó al poquito tiempo de que se fundó. Tuvo otros organizadores acá hasta que lo tomamos con Wowlat.

–¿Se postula gente para contar sus fracasos o hay que salir a buscarla?

–Tenemos que salir a buscarla. Uno fracasa todo el tiempo, el tema es encontrar a alguien que quiera compartirlo. Se comparte el fracaso para aprender del error, es revalorizar el error para que genere aprendizaje. Nosotros no les permitimos contar éxitos. Para contar el éxito está la bío del orador, queremos que la charla sea sobre cómo la cagaste. Tuvimos desde una emprendedora que le salió mal hacer unos pañuelos artísticos hasta a Tusam hijo y Muscari, que contó metidas de pata del mundo del espectáculo, de él mismo. Hay de todo. Gente dentro de una compañía que se mandó una cagada. ¿Te acordás las primeras veces que Despegar sacaba viajes a 200 pesos? Bueno, a esa persona la tenemos identificada. También queríamos saber quién hizo que le llegue un jueves a la noche una notificación a todos los clientes de la app de Santander que decía “Mi vieja mula ya no es lo que era”.

“A la gente le divierte ver cómo a otro le fue mal. Yo creo que está bueno, porque después es conocimiento que queda en el ecosistema.”

–¿Fracasos que recuerdes o frases que sientas que te hayan transmitido algo?

–La primera línea que dijo un desarrollador de videojuegos fue espectacular. Se paró en el escenario todo serio y dijo: “Tengo cuarenta años y vivo con mi mamá”. Arrancó así la charla. Desde 2019 hacemos una edición sobre diversidad. En esas historias hay situaciones muy complicadas, porque te cuentan cosas como cerradas de puerta que ha tenido mucha gente.

–¿Qué creés que le pasa a alguien después de compartir su fracaso?

–No hablamos tanto con los oradores y creo que estaría bueno preguntárselo. Pero sabemos que la mayoría, antes de dar la charla, siente muchos nervios y le cuesta. Lo que observamos es que incluso hasta la persona que más se resistía antes al proceso, lo toma como una liberación, un peso menos. Expusiste algo, que era meter el dedo en la llaga. Es una seudoterapia. Es la vulnerabilidad de querer exponerse de manera altruista a la audiencia, no mostrar tus laureles. A la gente le divierte ver cómo a otro le fue mal. Yo creo que está bueno, porque después es conocimiento que queda en el ecosistema.

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