El campeón olímpico de yachting cuenta su historia atravesada por la superación y la pasión por los barcos mientras se prepara desde Europa para defender la medalla dorada en Tokio 2021.


“El viento es rebelde, siempre se guarda algo”, dispara Santiago Lange en la introducción de su reciente libro, Viento. La travesía de mi vida (Ediciones B), la biografía que escribió junto con el periodista Nicolás Cassese. Aunque después él diga que en realidad es la naturaleza la que siempre sorprende, todos sabemos que algo de él hay allí: resiliencia, superación, un truco más.

Luego de haber superado un cáncer que le costó el 80 por ciento del pulmón en 2015, el regatista argentino logró al año siguiente, en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, su primera medalla dorada junto a su compañera Cecilia Carranza en la categoría Nacra 17. Una verdadera proeza, tratándose, sobre todo, de que esa disciplina fue ideada para rejuvenecer la edad competitiva del yachting.

El próximo puerto será Tokio 2021, la ciudad japonesa donde disputará entre la proa y la popa la defensa del título dorado. Un capítulo más para este arquitecto naval de 59 años que se encamina a ser uno de los deportistas más veteranos de la historia en competir en unos Juegos Olímpicos. Un capítulo más para el guion perfecto de una vida perfecta entre el agua, el viento y la gloria eterna.

“En nuestro deporte no existen esas presiones, no existen los likes, la superexposición, los comentarios de la calle. Es lindo, de vez en cuando, hacer las cosas porque te gustan sin rendirle cuentas a nadie.”

¿Cómo fue volver a recordar tantos momentos importantes en tu vida?

–Una locura, en todo sentido. Al principio no me gustó la idea, me incomodaba, pero después lo fui disfrutando cada día un poco más. Hace bien revisar momentos, situaciones que quizás antes pasaron de largo y ahora las ves con mayor claridad.

–¿Estás conforme con el resultado? ¿Cómo fue trabajar con dos personas (Nicolás Cassese y Héctor Guyot) que, seguramente, te demandaron ya no un esfuerzo físico sino uno más de tipo emocional?

–Funcionamos en equipo. Nicolás y Héctor fueron muy generosos. Los tres lo fuimos. Si yo decía “esto no me gusta”, y venían Héctor y Nico y decían que sí, entonces lo poníamos. Y así con todo. Si hubiésemos sido dos, nos matábamos. Yo estaba entregado a ellos. Fue una gran, gran experiencia.

–Te saco un poco del libro y te pregunto: ¿cómo viene la preparación para Tokio 2021?

–Muy bien, muy ilusionado. Estos meses son los más lindos de la preparación olímpica, los momentos en los que cada decisión que tomamos va a tener un impacto relevante en el rendimiento de agosto. Tiempos también de muchas emociones: altibajos, esperanza, frustraciones. Tampoco hay que dejarse llevar por la ansiedad, hay que encontrar el equilibrio y acertar el momento para florecer. El 23 de julio es ese día, mientras tanto hay que ir encontrando la mejor versión de uno.

–¿Hay lugar para la intuición en el yachting o ya está todo calculado de antemano?

­–En realidad hay que dejar que la intuición exista pero tiene que ser bien elegida. Nosotros hacemos mucho hincapié en que el éxito venga dado de un trabajo y de una preparación. Y dentro de esa preparación está saber leer la intuición.

–Imagino que en cada previa a los Juegos Olímpicos aparece la consagración de Río 2016. ¿Les juega en contra esa presión?

–Lo más importante es que tanto Cecilia como yo somos muy conscientes de que Río ya pasó. Es verdad que todavía somos los campeones olímpicos, pero no tiene ningún peso a la hora de cómo nos preparamos para Tokio. Es una etapa nueva; el deporte se encarga de hacértelo saber rápidamente. Y no por haber conseguido la medalla de oro en Brasil corremos con ventajas, al contrario. La idea es superarse y todos van a venir hacia nosotros.

–¿Pero buscan similitudes?

–Mirá, en ese momento mi enfermedad generó algo tan grande en el equipo que nos acercó muchísimo a la medalla de oro. Hoy, gracias a Dios, no está más eso y hay que saber cómo generar esa hambre, esa determinación, y evitar la insignificancia de los detalles que no son importantes.

–¿Y por dónde pasa hoy esa motivación?

–La verdad es que la llevo en la sangre, es mi vida. No encuentro la motivación, la motivación está dentro. Me fascina lo que hago, me entreno cada vez más y me sorprendo a mí mismo. Las ganas y la ilusión siguen intactas como en mis primeros Juegos Olímpicos.

–Hace muy poco, el fútbol sudamericano sufrió el fallecimiento de un jugador que transitaba problemas de depresión y con ello se abrió el debate sobre cómo el deporte de alto rendimiento sostiene y apoya a sus deportistas en todas sus etapas. ¿Cómo te afectó a vos?

–Obviamente que cada deporte tiene lo suyo. Yo empecé el mío de forma recreativa, no para ganarme la vida. Y en el fútbol, muchos de los chicos y chicas lo hacen para darle de comer a su familia. ¡Wow! Es muy fuerte que tus viejos apuesten a que seas bueno para poder salir adelante. Para nosotros, en cambio, era más un juego. Un juego supercompetitivo, pero juego al fin. Hoy yo elijo el deporte como un estilo de vida. Tengo la suerte de hacerlo porque quiero, y si identifico algo que me está haciendo mal lo saco a la luz e intentamos resolverlo. En nuestro deporte, además, no hay tribunas, no hay gente. La mayoría de las veces competimos solos, no nos ve nadie, y eso lo hace muy auténtico. No lo hacés por el qué dirán, por la hinchada, la historia del club o por vender algo. No existen esas presiones, no existen los likes, la superexposición, los comentarios de la calle. Es lindo, de vez en cuando, hacer las cosas porque te gustan sin rendirle cuentas a nadie.

“En algún momento tenés que tomar una decisión y vivir acorde a tus sueños y tus deseos. Mi deseo hoy pasa por ganar una medalla olímpica y pago un precio por eso.”

–Sin embargo, es tan adictiva esa competencia, esa adrenalina, que cuando los deportistas se retiran sienten el vacío.

–Yo creo que más que una adicción es una pasión. Está muy claro que yo tengo una pasión enorme por lo que hago, pero también he aprendido que relegué y relego cosas por el deporte. Hay que aceptar que si uno está en el alto rendimiento y quiere lograr grandes resultados, en algún lado vas a flaquear: en el día a día con tu familia, tus amigos, cumpleaños, salidas, reuniones. No se puede todo. En algún momento tenés que tomar una decisión y vivir acorde a tus sueños y tus deseos. Mi deseo hoy es ganar una medalla olímpica y pago un precio por eso.

–¿En qué etapa estás como deportista?

–Estoy en una etapa en la que disfruto del proceso y de lo que hago día tras día. Hoy, ganar y perder dependen de ese proceso, no del resultado final. Te mentiría si te dijera que me da lo mismo: me encanta ganar, me encanta navegar bien, pero hoy mi medalla de oro pasa por disfrutar todos los días de este deporte que tanto amo.

–¿Qué te dejó la pandemia?

–Estuvimos guardados un año, si no aprendimos nada en este tiempo creo que fallamos como sociedad. Yo, particularmente, soy muy sensible a lo que estamos atravesando, pero como cualquier momento duro son momentos de aprendizaje. Al revés de las victorias, las derrotas son las que nos dejan algo, rever donde fallamos, qué hicimos mal, qué podemos cambiar para salir mejores. En un punto, todos veíamos que el mundo estaba pasando muy rápido, e increíblemente el bicho que nos vino a molestar es el que te manda a guardar, paradoja si las hay. Guárdense y piensen lo que están haciendo, con el planeta, con sus vidas.