Neuroarquitectura • ESPACIOS FELICES

Con aspectos de la ciencia y la psicología, de a poco esta disciplina toma mayor impulso y gana terreno a la hora de diseñar ambientes que incentiven el bienestar, mejores la productividad y disminuyan el estrés.


Cuenta la historia que mientras el doctor Jonas Salk investigaba una vacuna contra la poliomielitis en los sótanos de la Universidad de San Diego, día tras día alcanzaba avances significativos en su trabajo. Pero de pronto sus estudios se vieron paralizados, y en una desesperada búsqueda de inspiración viajó a Italia para visitar el Convento de San Francisco de Asís durante una temporada. El diseño del inmueble, sus características y el uso de los espacios sirvieron para colaborar con su trabajo mental. Por eso, cuando volvió a su país y retomó la investigación, entendió que aquella arquitectura lo había ayudado con el fluir de nuevas ideas para dar forma a la vacuna antipoliomielítica. Por esa razón, convocó al arquitecto Louis Kahn con el fin de replicar el diseño y juntos trabajaron en la construcción del Instituto Salk de San Diego durante siete años (entre 1959 y 1965). El edificio, que buscaba alentar la creatividad entre los investigadores, sentó las bases de la relación entre espacio y productividad, y fue el primero en utilizar neuroarquitectura en su construcción.

Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de neuroarquitectura? Esta tendencia, que combina enfoques de la neurociencia, considera los aspectos psicológicos y emocionales a la hora de planificar y diseñar ambientes que incentiven el bienestar, la felicidad y la productividad. Se estima que una persona pasa más del 90 por ciento del día en el interior de algún edificio, razón por la cual es fundamental que todos estén pensados y construidos para generar sentimientos positivos. “No es novedoso que nuestro entorno influya en cómo descansamos, producimos y nos sentimos. Los colores y los tipos de materiales tienen mucho que ver con esto”, explica María del Mar Danuzzo, responsable de Arquitectura Comercial en la empresa Familia Bercomat.

Se estima que una persona pasa más del 90 por ciento del día en el interior de algún edificio, razón por la cual es fundamental que todos estén pensados y construidos para generar sentimientos positivos.

El color puede alterar completamente la apariencia de un espacio y contribuir en el estado de ánimo y la creatividad de una persona. Según varias investigaciones sobre el tema, un ambiente totalmente blanco genera ansiedad e impacta negativamente en los niveles de estrés. El color azul y algunos verdes intermedios ayudan en las tareas que requieren creatividad. Además, los verdes oscuros o intermedios reducen el ritmo cardíaco y la presión sanguínea, mientras que los rojos estimulan los procesos cognitivos y la atención, factores necesarios para tareas que requieren mucha concentración. La iluminación también resulta un elemento clave. “La sensación de encierro genera estrés y disminuye la productividad de las personas, por eso los espacios verdes son centrales. Las vistas al exterior de los edificios mejoran el estado de ánimo y la luz natural favorece la concentración y la calma de quienes habitan esos espacios”, asegura Danuzzo.

A la hora de diseñar, es fundamental tener bien planificadas las funciones de cada espacio. Utilizar neuroarquitectura en los colegios, por ejemplo, podría impactar de manera positiva en el rendimiento de los alumnos. Hacerlo en espacios de trabajo podría tener consecuencias positivas en términos de productividad y creatividad de los empleados. Asimismo, en lugares donde es fundamental mantener la calma, como en salas de espera o habitaciones de hospitales, podría tener un impacto directo en la salud o en la recuperación de los pacientes.

“No es novedoso que nuestro entorno influya en cómo descansamos, producimos y nos sentimos. Los colores y los tipos de materiales tienen mucho que ver con esto.” María del Mar Danuzzo, Familia Bercomat

Otro elemento fundamental en la neuroarquitectura es el mobiliario y sus formas. Cuando hay superficies duras o diseños en puntas y angulosos se produce un eco de las ondas sonoras, lo que propicia un estado de alerta y favorece la aparición de estrés en las personas. Las formas redondeadas, en cambio, resultan más acogedoras. Los espacios rectangulares son entendidos como edificios menos agobiantes que los cuadrados, que provocan mayor sensación de encierro. Y si hablamos específicamente de lugares de trabajo, aquellos personalizados por sus propios empleados estimulan la creatividad y la focalización.

Es posible medir la actividad cerebral de las personas cuando están interactuando con un espacio construido, mientras tocan sus materiales, observan sus dimensiones o sienten su temperatura. Si estos datos se combinan con otras mediciones, como la frecuencia cardíaca, es posible observar cómo van cambiando los niveles de estrés o ansiedad. En la actualidad, tanto el big data como el machine learning se convirtieron en dos herramientas cruciales para interpretar resultados e identificar emociones entre líneas y números. Datos que pueden ser analizados para construcciones futuras.

Otra tecnología que promete estar cada vez más presente en la arquitectura es la realidad virtual. Así, será posible situar a una persona en entornos de cualquier tipo para analizar cómo su organismo reacciona ante las construcciones y cómo le afectan los cambios: de un suelo de madera a otro de cerámica; de techos más altos a otros más bajos. Es claro que la neurociencia puso a los arquitectos ante un gran desafío: humanizar los espacios y diseñarlos según el funcionamiento del cerebro para hacer más felices a las personas.

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