Se multiplican en terrazas, veredas y junto a las vías del tren. Durante estos meses de aislamiento, crecieron al ritmo de la pandemia y poniendo sobre la mesa desde la soberanía alimentaria hasta la defensa del medioambiente.


Una mañana cualquiera, en el barrio de Chacarita, una vecina pasea un gato con correa, mientras un hombre observa unos girasoles enormes que crecen en la vereda y otro arranca unas hojas de una planta de tabaco, listas para enrollar y fumar. No es la escena de una película surrealista, sino la cotidianeidad que Carlos Briganti le imprimió a esta calle del barrio porteño. Briganti, docente y huertero, implantó la idea de las huertas en la vereda que se expande por la ciudad. Una idea que va más allá de que las plantas se multipliquen en el espacio urbano: se trata de cambiar nuestros hábitos alimenticios, el cuidado por el medioambiente y la soberanía alimentaria; se trata de tejer redes, más aún en tiempos pandémicos. Son las prácticas del buen vivir, como las resume el propio Briganti.

“Debería ser obligatorio que en cada edificio público haya una huerta. Que las prácticas del buen vivir sirvan para demostrar que dentro de la ciudad podemos producir más que gente bien vestida.” (Carlos Briganti)

El reciclador

Sentado en su terraza, una suerte de jungla urbana donde apenas hay sitio para caminar entre una infinidad de plantas comestibles, ornamentales y aromáticas, Briganti cuenta que El Reciclador Urbano, el colectivo que creó e impulsa sin tregua, nació hace doce años en este mismo techo, al que bautizó como la primera Escuela Argentina de Agroecología Urbana. “Empecé a plantar como un hobby, después se transformó en una selva. Comenzó a llegar gente de visita y a dar charlas. Y a partir del vínculo que se generó armamos el colectivo.”

Briganti se crio en una granja de las afueras de Montevideo; es huertero desde su primera infancia. Pero sólo muchos años después de desembarcar en esta ciudad empezó a trabajar en los techos y luego a predicar con el ejemplo, llevando sus enseñanzas dentro de un tacho de pintura cargado con humus de lombriz, ladrillos de pet y bolsas de nailon; su oficina móvil. Así, multiplicó las plantas y tejió redes. “Enseño a plantar un níspero, una palta. Cómo generar cambios uno mismo.”

En marzo abrirán la segunda Escuela de Agroecología Urbana, en la sede de la murga Los Verdes de Monserrat, en Constitución, un proyecto gratuito y abierto a la comunidad. “La huerta es una herramienta pedagógica ninguneada y despreciada. Todas las escuelas, clubes, deberían tenerlas. Debería ser obligatorio que en cada edificio público haya una huerta. Que las prácticas del buen vivir sirvan para demostrar que dentro de la ciudad podemos producir más que gente bien vestida.”

El Reciclador Urbano tiene tres patas: Acción Huerta Urbana, que arma las huertas en la calle y ya lleva instaladas veintitrés en todo el país (dieciséis en la ciudad, cinco en el Gran Buenos Aires, una en Mar del Plata y otra en Neuquén); el Club del Compostaje, en el que se enseña a los vecinos a compostar, y Frutas en la Ciudad, que germina paltas, frutos y nísperos para plantar en espacios verdes.

Según cálculos de Agustín Reu, economista agrario del colectivo, en invierno sacan de cuatrocientos a quinientos kilos de verdura de hoja. “¡Imaginate el volumen que vamos a sacar este verano! –se entusiasma Briganti–. ¡Se triplica! Porque tenés verduras que pesan más, como el zapallito de tronco, las berenjenas, calabazas, tomates. No es nada despreciable que en sesenta metros cuadrados se pueda autoabastecer una familia tipo.”

La huerta se puede hacer sin gastar un centavo, sobre la base del reciclaje. La tierra se junta de los contenedores de la calle, y las macetas se pueden armar con neumáticos, cajas de madera como las que descartan en las pescaderías o baldes de pintura. En un cajón, por ejemplo, caben unos 85 plantines. Las semillas las genera uno mismo, además hay bancos de semillas e intercambios permanentes. Por supuesto que no se utilizan agroquímicos, todo son fertilizantes naturales, como las lombrices canadienses para abonar la tierra o el lixiviado de la basura.

“Acá es un mundo diferente. Un mundo posible donde el capitalismo tiene poco que hacer. Todo es con base en el reciclado y el esfuerzo cooperativo, por lo tanto es una buena propuesta para replicar en la sociedad y en las urbanidades. Este es el camino, no hay otro”, dice tajante, sentado bajo una media sombra. “Todo depende del cambio de mentalidad de las personas. Si no lo hay, va a ser difícil llevar a cabo esto. Uno se autoabastece, reutiliza. En una sociedad que desperdicia grandes cantidades de recursos, nosotros juntamos de la calle y lo ponemos a reproducir.”

Tierra, salud e interhuertas

Detrás de un enorme paredón en el barrio de La Paternal se abre un mundo ajeno, totalmente distinto a lo que ocurre en la transitada avenida Warnes, frente a un hipermercado. Al atravesar el portón, un inmenso espacio verde da lugar a una casa de dos plantas en primer plano, una cancha de fútbol a un costado y una huerta al fondo. Este lugar es el Polo de Inclusión en Salud Mental, un emprendimiento social en salud mental y huerta comunitaria. En la Casa Warnes se alojan usuarios que participan del Programa de Emprendimientos Sociales en Salud Mental de la Dirección General de Salud Mental de la Ciudad, quienes participan en la huerta comunitaria Tierra Salud. “La idea del espacio es que sea un lugar de inserción sociolaboral, donde se destaca la importancia de trabajar con la naturaleza, con la gente del barrio, con la agroecología”, explica Adriana Pérez, coordinadora del espacio y licenciada en Terapia Ocupacional.

Es un miércoles tórrido de enero, y alrededor de una mesa, bajo la sombra de un árbol a un costado de la huerta custodiada por un espantapájaros, están reunidos algunos de los miembros de la Red Interhuertas, una red de huertas comunitarias agroecológicas,

Ana Armendariz es diseñadora gráfica y fotógrafa. Es, además, el “efecto aglutinante”, según ella misma reconoce, de esta red que se expande también hacia las huertas puertas adentro. “Es una red que está creciendo y se multiplicó en el contexto del covid. De repente, les ciudadanes quieren ser más autónomes y proveerse su alimento. Tenemos en común la agroecología, la autonomía, el alimento y la calidad del alimento.”

Ana habla del poder transformador que tiene el contacto con la tierra, y asegura que es necesario recuperar este vínculo perdido. En Interhuertas, afirma, pueden convivir diversas expresiones sociopolíticas sin inconvenientes.

En Buenos Aires hay unas treinta huertas comunitarias que forman parte de la red, mientras que en el resto del país el número se extiende a ciento cincuenta. Quienes tienen su huerta en la terraza se nutren también de conocimientos de Interhuertas.

La amenaza del desalojo en las huertas urbanas es permanente, y la red sirve también como protección. “Siempre estamos sujetos a desalojos –alerta Ana–. Sabemos que cuando hay territorio, agua, alimento y tierra hay conflicto. Si somos una red formada vamos a estar protegides. Esa unión va a hacer que puedan perdurar las huertas.”

La idea, literalmente, es llenar la ciudad de huertas. “Sembrás una zanahoria y te sale un campo de semillas. Es el poder de la semilla, un concepto revolucionario. La naturaleza es generosidad. La pandemia vino a acelerar las cosas y hay dos caminos: o nos quedamos adentro, paranoicos, pensando que nos va salvar no sé qué, o tomamos las riendas de nuestras vidas y cuerpos.”

“El poder de la semilla es un concepto revolucionario. La naturaleza es generosidad. La pandemia vino a acelerar las cosas y hay dos caminos: o nos quedamos adentro, paranoicos, pensando que nos va salvar no sé qué, o tomamos las riendas de nuestras vidas y cuerpos.” (Ana Armendariz)

La Unión de Villa Pueyrredón

Hoy, como todos los sábados, una decena de vecinos de Villa Pueyrredón se juntan al lado de las vías del tren, a un par de cuadras de la estación, en un espacio verde, elevado y semioculto que no se ve desde la calle. Para llegar a la huerta hay que subir el terraplén por un senderito de tierra. Los vecinos riegan, plantan y trasplantan especies comestibles y aromáticas que, desde hace cinco meses, crecen al ritmo de la pandemia. Fue durante este invierno particular cuando Juliana y Enrique, José Luis y Bárbara, Franco y Luciana, entre otros, se apropiaron –con el aval de los vecinos y de Ferrocarriles Argentinos– de este lugar junto a los durmientes. Hoy se arranca después de las siete de la tarde porque hace un calor infernal, y la cosa seguirá hasta tarde porque se festeja un cumpleaños. Es que la huerta es, también, interacción social, espacio comunitario, gente que busca gente.

Unos días antes, un miércoles ultracaluroso del mes de enero, unas cinco personas se acercan a regar y colaborar en los menesteres huerteriles al caer el sol. “El atardecer es re lindo. Nos identificamos con el espacio, tiramos un mensaje en el WhatsApp: ‘Che, estoy yendo a regar’, y te aparece más de uno”, dice José Luis, que es plomero y ya viene con experiencia huertera en el patio de su casa, mientras riega las aromáticas.

“En la cuarentena pasó algo especial. No se podía ir muy lejos ni a muchos lugares, y la gente del barrio empezó tomar este espacio como recreativo”, recuerda Enrique, jardinero y músico, uno de los impulsores del lugar, junto a su compañera Juliana, también técnica en jardinería, y José Luis, entre otros.

Por acá crecen lavandas y caléndulas, salvia y romero, aromáticas y medicinales. También hay unos alcauciles de color violeta fosforescente, que aún no son comestibles, ya que necesitan crecer un par de años más para poder saborearlos. Por supuesto, hay tomates, rúculas o lechugas, clásicos de toda huerta. Y un cantero de nativas del Río de la Plata, donde crecen especies de la región. “Es importante porque atrae la fauna nativa: pájaros, abejas o mariposas, como la argentina, una especie grande y azul, que ya no se ve mucho a causa del arbolado de la ciudad. Trayendo flora nativa puede aparecer de nuevo y, a su vez, te hace simbiosis con la huerta porque atrae los pájaros que se comen los bichitos y las abejas, que te polinizan los tomates y las berenjenas. Vienen los picaflores, es una belleza”, se regocija Enrique. Juliana interviene y señala que lo ideal es incorporar la mayor parte de biodiversidad. “Las nativas generaron una transformación muy importante. No sólo en la jardinería urbana, sino en la restauración de los ambientes. Acá había un montón de plantas espontáneas de la región. Este terreno dejó de tener mantenimiento durante la pandemia y como hace un par de años se prohibió el glifosato en las vías, dio lugar a que aparezcan varias plantas espontáneamente, como la malva rosa y blanca, la verbena bonaeriensis, que atraen un montón de insectos. Y nosotros fuimos interviniendo.”

En la huerta de Villa Pueyrredón, como en el resto de las huertas que crecen a pasos agigantados, todo se hace sobre la base de esquejes y semillas propias. Hacen la recolección e intercambian con otras huertas y bancos de semillas. Uno de los problemas frecuentes en las huertas de los espacios públicos es el acceso al agua, que en general depende de la buena voluntad de los vecinos. Acá tienen que traer una manguera desde la esquina, que cruza la calle y se rompe frecuentemente porque pasa una línea de colectivos.

En la Unión están sorprendidos por la producción, que reparten entre ellos y superó sus expectativas. Ya recolectaron mucha lechuga, remolacha, rabanitos y cherrys; una buena cantidad de tomates negros y amarillos, y berenjenas. Todo en sólo dos tomateras. “Vivimos acá y no por eso tenemos que estar aislados de la naturaleza ni creernos que no formamos parte de ella por estar en un ambiente que fue modificado –dice Juliana–. La idea es que seamos los generadores de esos espacios de naturaleza.” Enrique cree que, poco a poco, los ciudadanos vamos tomando conciencia, sobre todo de los alimentos con agroquímicos y en parte gracias al etiquetado claro. “Hay mucha gente preocupada por lo que está consumiendo y quiere pasar por la experiencia de la huerta. Hay un auge de la huerta.”

Y más allá del auge, como bien dice Briganti, nuestra herencia debería ir más allá de los bienes materiales. “Si no dejamos un árbol plantado antes de irnos de este mundo, creo que no va. Tenemos que generar un cambio. La verdadera trascendencia no es dejar una propiedad, es dejar algo a la humanidad, árboles, en agradecimiento por todo este oxígeno gratis. Llamale utopía, locura, lo que quieras. Pero es un lindo desafío.”