Luego de las imágenes de la reciente ocupación del Capitolio, el gigante del norte vive una de las etapas con mayor incertidumbre de su historia. Desde las redes sociales, el actual presidente de los Estados Unidos agitó el avispero y la censura no tardó en retrucar. La casa del Tío Sam, en perfecto desorden.


De algo chiquito, algo grandote. En 2019, la cadena de TV canadiense CBS quitó el cameo de Donald Trump de Mi pobre angelito 2. Casualmente, hace unos días, la escritora argentina Ariana Harwicz dijo una frase que todavía repiquetea: “La corrección política engendra arte infame”. ¿El arte no puede detonar los lugares bienpensantes? ¿Qué tendrá que ver aquella escena insignificante –mínima, por eso es un cameo y no un protagónico– con lo que pueda pensar alguien que la ve? ¿En el mundo sólo habrá cabida para quienes piensan igual y listo, ya está, sanseacabó?

Ahora bien, más acá, la toma del Capitolio por parte de simpatizantes de Donald Trump significó un antes y un después en la historia contemporánea. Por el hecho en sí y, mucho más, por toda la tela que dejó para cortar. ¿Qué reclamaban cuando reclamaban? Desde las redes sociales, Trump llamó enfáticamente a la insurrección popular. Hordas violentas avanzaron en la toma del Congreso. En el camino, el doloroso saldo de cinco muertos. Aquí, en estos tiempos de bulla, “Make America Great Again” suena bastante más denso que un adagio nostálgico. Y, a partir de ahí, todas las redes sociales –“todas” es literalmente todas, incluidas Spotify y Pinterest– decidieron eliminar los perfiles de Trump.

Si desde ahora Twitter decide abogar por una “mirada progresista”, ¿qué pasará entonces con la desactivación de Parler, la app que es refugio de la extrema derecha y hasta de congresistas conservadores?

Vuelta de página o fuego para encenderla. Aquí no ha pasado nada o aquí arranca todo. Si cada pueblo tiene su propio 17 de octubre, ¿qué harán ahora los 74 millones de votantes de Trump? ¿Se irán a casa sin chistar? ¿Cómo quedará el panorama político en los Estados Unidos después de semejante muestra de vulnerabilidad? ¿Qué consideración tendrán ahora sobre Trump los miembros del Partido Republicano, quienes antes le dieron cobijo, incluso, muchas veces, mirándolo de reojo?

En medio de demandas y descalificaciones, el abogado pro-Trump Lin Wood sentenció con ínfulas: “Es la segunda venida de Jesús”. ¿Qué hará Donald de aquí en adelante siendo el único político estadounidense de la actualidad que pudo capitalizar su apoyo en un “ismo”? A pesar del bipartidismo –y en este punto se yergue una novedad–, si hay trumpismo (una corriente entronizada fundamentalmente en el voto popular), habrá personas que lo defiendan. El dato a tener en cuenta: una encuesta de YouGov asegura que el 45 por ciento de los republicanos aprobaron las manifestaciones de sus partidarios en Washington D.C.

A la sazón, si el cine nos enseñó que ni los marcianos podían contra el sistema político yanqui, ¿cómo quedan los Estados Unidos delante del mundo, que, esta vez, vio todo con sus propios ojos? Y de ese ovillo, un hilo que recorre sinuoso tópicos, como la conspiración QAnon, el privilegio blanco, el avance del supremacismo, la presencia invisible de 4Chan en la construcción de (un) sentido, el coro de fake news, el empoderamiento de los estadounidenses de tierra adentro y de los blue collar, el Black Lives Matter, las denuncias de fraude, la objeción de los datos electorales, el juego de la democracia, la censura en internet, la legitimidad administrativa otorgada por Mike Pence, el “chistecito” de Rudolph Giuliani en Borat 2 y el morir con las botas puestas.

Bajo la carátula de “incitación a la violencia”, una a una, todas las redes sociales vetaron a Donald Trump. “Hemos ampliado la cancelación de su cuenta de forma indefinida y al menos durante dos semanas hasta que finalice el traspaso de poder”, se plegó Facebook al bloqueo de Twitter, megáfono favorito del presidente saliente. Allá fueron sus 89 millones de seguidores. Si la única verdad es la realidad, ¿esa madeja de ceros y unos no se manifestará una vez más para pedir físicamente por su candidato?

De todo esto, ¿quedará un precedente? ¿Será positivo o negativo para la vida democrática? Si las redes sociales proponían la convivencia de todo tipo de ideas, ¿quiénes regulan las “peligrosas”? Lucha de conceptos: ¿quién decide lo que es “peligroso”? Metaconceptos: ¿qué quiere decir “peligroso” y qué no? A su vez, ¿es ético que una empresa privada que “promueve” el debate regule lo que, en algún momento, no le cierra?

«Hemos ampliado la cancelación de su cuenta de forma indefinida y al menos durante dos semanas hasta que finalice el traspaso de poder.» (Facebook)

A días de terminar su mandato, Donald Trump, que tuvo una gestión de índices económicos positivos hasta 2020, que representa a la mitad de los estadounidenses y que fue elegido democráticamente en 2016, fue eliminado súbita y coordinadamente de las redes sociales. Y no es menor: esto le sucedió siendo todavía el presidente de los Estados Unidos, la mayor potencia de Occidente y uno de los tres países más poderosos del mundo, junto con China y Rusia. Cuando hay faltas, no hay privilegios, está claro, pero sobran las preguntas que exceden la lógica coyuntural y se chocan de frente contra los marcos referenciales. Y con el cristal con que se mire.

Sin la discusión del tratamiento de la pandemia (el más “cómico”: llamó a probar con desinfectante; el más doloroso: un promedio de 4.000 muertos diarios), del uso declamativo de su verba, de su núcleo duro armado, del costo político del asesinato de George Floyd, de la acusación por evasión de impuestos (The New York Times aseguró que entre 2016 y 2017 sólo pagó USD 750), de su vigorosa pelea con los medios de comunicación, de su comunión con la “grieta”, ¿quién decide lo que “cierra” y lo que no? ¿Quién coordinó la decisión de las redes sociales? ¿Hay algún antecedente histórico? ¿Cómo se juega esa mano?

Entretanto, lejos de disipar dudas y márgenes a futuro, en el juego de los hipotéticos todavía hay más por explotar. ¿Y si esto escala? ¿Las empresas funcionarán como Gran Hermano de la civilización moderna? Si esto pasó en los Estados Unidos, ¿no habría que pensar lo que podría llegar a suceder con las democracias latinoamericanas? ¿Alguien se imagina cómo se vería todo si esto le ocurriese a Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner, Luis Lacalle Pou, Jair Bolsonaro, Sebastián Piñera, Luis Arce o el mandatario que sea, de la orientación política que fuese? Mientras tanto, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador ya se atajó y se pronunció sobre este asunto: “Esto va en contra de la libertad”.

Alimentó, provocó, gritó, alentó, agitó y tuvo costos. Acusó, se defendió, apretó sus dientes y movió a sus huestes ¿La cultura de la cancelación llegó a la política? ¿Qué dirá de todo esto el mainstream media y cuáles serán las consideraciones ético-mediáticas al respecto? ¿Quién maneja los mecanismos coercitivos? Por lo demás, si desde ahora Twitter decide abogar por una “mirada progresista”, ¿qué pasará entonces con la desactivación de Parler, la app que es refugio de la extrema derecha y hasta de congresistas conservadores? ¿Se viene la moderación en las redes sociales? ¿Las plataformas deberían crear un comité ético que escrute los contenidos “políticamente sensibles”?

Y, con la pandemia todavía entre los dedos, la extrema sensibilidad geopolítica y la lucha de las potencias por el dominio económico, ¿estamos preparados para este nuevo estado de situación? En términos formales, a pesar de los sobresaltos y del fuego cruzado, el demócrata Joe Biden asumirá la presidencia del país este 20 de enero. Y sin Trump en las redes sociales, ¿desaparecerá el trumpismo? ¿La construcción de realidad se unge desde lo que se ve o desde lo que no se ve? ¿Hace ruido el árbol que cae en el bosque si nadie lo está escuchando?