Entre una ácida neoyorquina que mira sin piedad la ciudad que ama y la fantasía hecha serie, asoma una dura historia de dolor y aprendizaje. Magia y pérdida para noches de verano y vacaciones.


Supongamos que Nueva York es una ciudad

Disponible en Netflix

Son múltiples las miradas que Martin Scorsese ha echado sobre la ciudad donde nació, y por supuesto que brindó las más virtuosas en muchas de sus películas. En esta docuserie de siete capítulos elige otro modo: adoptando el punto de vista de la humorista y escritora Fran Lebowitz, una neoyorquina septuagenaria y verborrágica –como él– que es todo un personaje. Entre íntimas charlas de café y encuentros en público (no sólo con él, con quien la une una larga amistad, sino también con personalidades como Spike Lee, Alec Baldwin u Olivia Wilde) reflexiona en voz alta sobre las transformaciones que la Gran Manzana y sus habitantes han sufrido a lo largo de los años. Scorsese la deja hacer y la festeja. Y Lebowitz desarrolla cada uno de los temas que aborda (los libros, el dinero, el deporte, entre otros) con una lucidez que no logra ser empañada por su misantropía. El director puso una cámara nada intrusiva, la música y algunos inserts muy bien elegidos. El resto es obra de esta dama graciosa, neurótica y encantadora.

WandaVision

Disponible en Disney+

La primera serie original de Marvel Studios para Disney+ es, hasta ahora, una incógnita. No es que con tres capítulos (de seis) emitidos las cartas no estén sobre la mesa: tenemos a Wanda Maximoff –la poderosa Bruja Escarlata– y a su amado Vision viviendo en un típico suburbio estadounidense cual pareja de recién casados salida de una sitcom de los 50/60, pero también hay elementos (cierto aire pétreo rodeándolos, apariciones fantasmagóricas de personas y objetos, voces que vienen de quién sabe dónde y detienen la acción) que indican que esa existencia idílica salpicada incluso de humor no es del todo (o es nada) real. Está claro que el desafío planteado por la dupla Kevin Feige/Jac Schaeffer (productor/guionista y showrunner) tal vez necesite más de una temporada para darle al espectador respuestas a preguntas que se hace desde el minuto uno (¿qué es todo esto? ¿Vision no había muerto a manos de Thanos). Nada llega masticado, y en virtud de los resultados se verá lo acertado o no de esa decisión.

Mamá, mamá, mamá

Disponible en la web Puentes de Cine

Ecos de La ciénaga y –acaso menos notorios, pero presentes sobre todo en algunas situaciones oníricas– del cine de Leonardo Favio aparecen en esta sorprendente ópera prima de la (muy) joven directora Sol Berruezo Pichon-Rivière. El filme comienza con dureza: una niña se ahoga en una pileta. A partir de ese hecho terrible, la realizadora despliega una trama que involucra a su hermana mayor, Cleo (Agustina Milstein), de 12 años, en un después teñido por la tragedia pero visto desde los ojos de ella y sus primas, que pasan juntas tardes calurosas de verano. Es decir, desde la perplejidad con que la infancia (y en este caso, la pubertad) enfrenta un hecho tan definitivo como la muerte. El de Pichon-Rivière es un cine de sensaciones, de cercanía, un cine que confía en lo que dicen los cuerpos y que sabe mirar piel adentro de sus personajes. Y el filme, un tan apacible como tensionado transcurrir de esos días extraños, entre adultos aturdidos por el dolor y chapuzones prohibidos.