Es actriz, comediante, escritora y conductora. Militante por naturaleza, defiende las causas que la convocan con una honestidad brutal y hace del humor y la rebeldía un estilo de vida.


“Creo que empecé a vivir a los treinta, y recién en mis cuarenta todo se puso mejor. A la adolescencia no vuelvo ni por guita.”

María Virginia Godoy, más conocida como Señorita Bimbo, llega agitada a los estudios de IP Noticias dos minutos antes de que se encienda la luz roja y el director marque “aire”. Estamos en vivo, corremos desesperados, pensamos que no va a llegar. Pero ella llega, perfectamente pintada (haciendo honor a su antiguo oficio de maquilladora), y no bien se sienta pone play a su monólogo sobre la vida, sobre “ser gorda y adoptada”, sobre su llegada a los cuarenta y el momento de liberación que comienza a vivir recién ahora, en lo que podría ser la mitad de su vida.

“Sería mucho más fácil usar mi cuenta de Instagram para vender cosas que la gente no necesita. Pero me voy a dormir tranquila sabiendo que por lo menos no aporté tanto a la mentira sobre la vida que nos dicen que hay que tener.”

–También hay que reconocer que en los 90 a las gordas y a los putos nos hacían mierda.

–Sí, en los 90 era difícil ser adolescente, había mucha desesperanza de todo. Y no tener autonomía cuando estás en casas con padres complicados… Crecer es difícil. Y después vas teniendo más herramientas, algunas aunque sea, como conocerte a vos para saber cómo llevarte adelante en algunas cosas. En otras nunca terminás de aprender, como todo el mundo, pero sí se va poniendo mejor, al menos si hacés lo que querés, si te animás. Yo tengo esa suerte de que hace diez, once años, logré una sincronicidad entre el deseo, el hacer y una economía acorde.

–¿Qué significa la frase “Adopte una gorda” que posteaste recientemente en Instagram?

–“Adopte una gorda” tiene que ver con la reparación histórica que nunca va a poder ser. Que va por lo emocional, por el deseo, por elegirnos. Más que adoptada, soy apropiada, cosa que tiene mucho que ver con la historia de este país. Gente de Capital que se iba al norte y volvía con un bebé, en épocas muy desprolijas de este país. Después de mucho investigar supe que no tengo nada que ver con la dictadura, que no estoy en esos registros, así que al día de hoy no sé dónde está la verdad. Parte de no haber podido acceder al aborto legal por muchos años hizo que fuera muy común la venta y apropiación de bebés. Mujeres que no podían sostener el criar a un bebé, entonces lo daban en adopción o lo dejaban. Pero en el norte del país estuvo involucrado el Arzobispado en venta de bebés, monjas que les daban de comer a mujeres, mensajeras se llamaban, y las mantenían o les daban una casa de barro a cambio de quedarse con sus hijos. Es como un chamamé, algo identitario: una clase social media alta va al interior, al norte, a buscar un bebé y se lo lleva, y así pasó conmigo.

–¿Vas a ir a averiguar qué pasó?

–Sí, a Santiago del Estero, a Termas de Río Hondo.

–¿Vos sabés que naciste ahí?

–Bueno, eso dice mi partida de nacimiento, pero quién sabe, puedo haber nacido en Tucumán, que es muy cerca, así que si me ven parecida a alguien, me escriben (risas). Hago chistes con eso porque me parece que se puede hacer chistes con todo.

–¿Qué te decía tu mamá adoptiva sobre tu origen (N. de la R.: la madre de Bimbo era la cantante de tango Virginia Luque)?

–Bueno, te van contando una historia desde que sos chiquita y te la creés hasta que vas a la primaria y empezás a atar cabos. Ella no me decía nada, era muy complicado porque no me dio ningún detalle, nunca. Me decía: “Fui y te traje, punto”. Así que por mi parte fue mucha terapia, perdonarla y a otra cosa.

–¿Qué te daba miedo de los hombres cuando eras chica?

–Fue cambiando. Como cualquier chica de 1,60 y 50 kilos, tenía miedo de que me gritaran barbaridades o de que me persiguiera un tipo por la calle. Mi miedo era a que me arruinaran el día un grupo de varones en una esquina.

–¿Por qué? ¿Qué te decían?

–De todo, me gritaban de todo. En vez de decirte lo que te van a hacer, como a otras, me gritaban “gorda”, cosas horribles. Pasó hace poco en un boliche en Mar del Plata, donde no dejaron entrar a una chica por gorda. No cambió nada allá afuera, o muy poco. Hay algunas ropas con talles, en la conversación de ciertos mundos se habla de pluz size, hay activismos pluz size, y eso está bueno de ver. Digo, yo de chica no vi gordas a las que les fuera bien en algo, no se veía en los medios, no existíamos, era lo peor que te podía pasar y quedabas excluida de todo. En los 90, la gente iba a buscar trabajo y el “buena presencia” estaba implícito. ¿Qué es ‘buena presencia’? ¿No ser morocho, no ser gorda, no ser del conurbano?

“El feminismo está en las calles, y ese es el que logró tener aborto legal. En las calles y en los miles de lugares que activaron las cosas para que esto fuera posible.”

–¿De dónde creés que nace ese ideal de cuerpo, cómo se construyó?

–Negocio, es muy simple. Siempre la respuesta suele terminar en algo tan obvio y estúpido como un negocio. Es un negocio tener entretenidas a las mujeres con una dieta; la industria de la dieta (que no tiene que ver con que vos puedas bajar de peso si te cabe, si te dan ganas) es un gran negocio. Los baipases gástricos son un negocio, las cremas reductoras, los batidos proteicos, todo.

–¿Cómo recibías esos mensajes siendo adolescente?

–Pésimo, porque era el mundo que te mostraban, de a quien le pertenecía la felicidad. ¿Qué hubiera pasado si las historias de amor nos las contaban dos varones, dos mujeres, dos identidades agénero, una gorda siendo amada? Pero el mundo que nos mostraron lo viven sólo un par de personas, con un par de características.

–¿Por qué rechazás trabajos o campañas que no te cierran moralmente? ¿No es más caro vivir así?

–Sí, es más caro, sería mucho más fácil usar mi cuenta de Instagram para vender cosas que la gente no necesita. Pero me voy a dormir tranquila sabiendo que por lo menos no aporté tanto a la mentira sobre la vida que nos dicen que hay que tener. Te muestro que podés ser gorda y funcionar, tener un trabajo en los medios que te guste, poder elegir, valorar otras cosas, que si no podés ser actriz en la tele te busques tu camino, y que la nota en un determinado diario no es indispensable. Poder elegir, tener libertad, eso es lo que busco.

–¿Qué opinás de la cultura de la cancelación?

–La cancelación es una mordida de cola, porque la gente cree que está cancelando a alguien y no tiene sentido. No hay que caer en la trampa de pensar que los movimientos y las luchas están en las redes sociales. El feminismo está en las calles, y ese es el que logró tener aborto legal. En las calles y en los miles de lugares que activaron las cosas para que esto fuera posible. En las redes puede haber un señor en su casa que se puso “YaniFeminista20” y dice cualquier cosa y no representa nada. Las redes son una foto de la realidad, pero no son la realidad.

–¿Cancelar genera un efecto búmeran?

–Cuando señalás, tres dedos te señalan a vos. Y a mí no me interesa andar diciéndole a la gente en qué se equivocó, porque yo me equivoco en mil cosas y no me gusta que me estén apuntando con el dedo todo el tiempo. Es una energía muy vital que se nos va mirando un aparato, y es muy triste y ridículo que los últimos diez años se nos hayan pasado mirando un aparato. Es un Black Mirror pedorro y truchísimo.