Sus talleres literarios se convirtieron en una de las comunidades más comentadas de 2020. Sus columnas radiales, hoy sin aire, nos hicieron llorar. Y sus cuatro libros publicados con éxito rotundo lo confirman como uno de los grandes escritores de la nueva generación.


“Hay que llegar al lector. La idea de que vos sos un genio escritor sentado en tu cueva y te tienen que venir a buscar es un poco antigua. Yo me quiero encontrar con mis lectores, y hago el esfuerzo que tengo que hacer para encontrarlos.”

Juan Sklar sabe calar hondo en sus interlocutores. Imagina a esas personas de características indefinidas, de edades variadas e inciertas, y arriesga que sólo están atravesadas por su condición de borders, de bizarros, de encontrarse al límite de todos los márgenes. Si bien no los conoce, los adivina. Y a través de su escritura, de sus talleres y de sus columnas radiales, construye un público cada vez mayor y ciertamente fanatizado con sus palabras.

«Puedo reconocer en todos los que me leen un aspecto un poco cachivache. Algo medio fronterizo, medio border, medio extraño o excéntrico.»

–¿Quiénes son tus lectores?

–No tengo demográficas, no sé quién lee mis libros. Pero sí puedo reconocer en todos los que me leen un aspecto un poco cachivache. Algo medio fronterizo, medio border, medio extraño o excéntrico. Que tienen eso o que les gusta eso. Algo de inadecuación. Pero en Google Ads no se puede hacer un segmento de gente bizarra o fuera de eje, no es un target. Entonces me pasa con mis libros y con mis talleres que no me dirijo a un público objetivo, no puedo tener una estrategia de marketing al escribir.

–Pero hay muchos escritores que ejercen su oficio de manera marketinera.

–Claramente. Yo no puedo, yo escribo desde la entraña y me olvido del mundo. Pero incluso cuando el libro sale a la luz, no sé venderlo, no tengo una estrategia, no sé quién me lee. No sé qué edad tienen, si son más varones o más mujeres, si tienen guita o no. Siento que mis lectores son muy independientes de esas variables. Por eso la radio me permitió encontrarme con lectores, no a partir de una estrategia de venta o difusión, sino a partir de mostrar otra faceta de mi arte. Lo que hacía en la radio era difundir literatura, pero con otra forma de literatura.

–¿Haber tenido éxito con dos novelas te condiciona a entrar en la maquinaria de publicación continua?

–En mi caso, no. Yo voy a sacar otro libro cuando se me cante el ojete. Es decir, no puse el esfuerzo que puse para poder vivir de escribir, para luego transformarlo en una máquina de hacer chorizos. Yo no vivo de los libros, vivo de mis talleres de escritura, así que en ese sentido me puedo tomar el tiempo que quiera para escribir un libro, y no voy hacerlo hasta que no tenga algo que decir.

–¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad hay en tus textos?

–Sobre la conexión con lo autobiográfico, tengo muchas historias que tienen que ver con eso y muchas otras que no. En Orsai vengo publicando historias de sexo que no son autorreferenciales, son casi todo ficción. Mis novelas, en particular, parten de hechos reales pero luego tienen un gran componente ficcional.

–¿Cómo se destaca un escritor hoy, en esta era de tanto estímulo digital? ¿Cómo se genera un producto legendario que compita, por decir algo, con Instagram?

–Tenés que pensar en una literatura que resista. Tiene que ser más interesante que Instagram, tiene que ser más adictiva y más atrapante que una red social. Y seguramente sea más profunda, más íntima. En una primera capa tiene que ser más atrapante, y tiene que ser más profunda en una capa ulterior. Porque si vas a dedicar una página y media a describir un mueble, un árbol o una cara… Yo necesito que mi literatura me sea más interesante a mí mismo y no me aburra. Y al mismo tiempo no dejarse atrapar por una prosa manija y utilizar esas herramientas para llegar a la profundidad. Hay que ser interesante y ser profundo, y entender que tenés que luchar no sólo contra las redes sociales, sino también contra la sobreoferta audiovisual en general. Kartun dice que una obra de teatro es una lucha entre el espectador y sus ganas de levantarse de la silla. Estar sentado una hora y media en un lugar es tan incómodo que lo que le tenés que dar al espectador tiene que ser arrebatador. Entonces, pedirle hoy a una persona que se siente a mirar un pedazo de papel cuando a su alrededor hay redes, streaming, una oferta se sexo inmensa, una oferta gastronómica inmensa, una oferta de todo inmensa…

«Nosotros creemos que todo el mundo puede escribir, pero no todo el mundo puede publicar y no todo el mundo puede escribir un gran libro.»

–Bueno, ahí se puede generar un efecto inverso, y la literatura puede funcionar como vía de escape a todos esos estímulos.

–Perfecto, pero ahí la pregunta es: ¿cómo sostenés esa atención del lector durante cuatrocientas páginas?

–También depende de que el libro sea bueno o no. ¿Qué define eso?

–Que no lo quieras abandonar. Esa es la primera tarea de cualquier obra artística. Yo detesto la posición de querer hacer una obra de arte aburrida para que parezca que es más interesante. Como si lo entretenido estuviera en tensión con la profundidad. No creo que deba ser así. ¿Por qué no podés darme entretenimiento y profundidad? ¿Por qué no podés dar adicción y profundidad? Yo en la literatura quiero profundidad, quiero emoción y quiero adictividad, quiero hacer un libro que te provoque dejar de hacer cosas para leerlo.

–¿Hay alguna técnica para generar esa adictividad?

–No, yo escribo lo que me gusta leer. Yo no elegí como escribo, yo sólo defiendo la clase de escritor que ya soy. Manejo la prosa manija porque soy ansioso y manejo la velocidad.

–¿Cuál es el límite de involucrar a los demás cuando escribís material autobiográfico que involucra a tus amigos, parientes y conocidos?

–Muy poca gente se enojó con mis libros. El límite es el daño que puedas hacer.

–¿Cómo explicás el boom que tuviste en la radio?

–Para mí, la radio es la literatura de los medios. Es un estímulo muy pobre, muy tenue, que tiene que estar cargado de sentido, debe tener profundidad, o humor, o emoción, o ideas, o algo, porque no tenés show.

–Este año, tu escuela de escritura explotó. ¿Cuánto de este éxito se lo atribuís a la pandemia?

–El Cuaderno Azul tiene seis años de vida, y hace dos años que veníamos haciendo cursos online. En la pandemia explotó: pasamos de ser cuatro docentes a ser trece. En 2020 pasaron por El Cuaderno Azul mil alumnos, tuvimos que contratar community manager, diseñador, todo.

«Detesto la posición de querer hacer una obra de arte aburrida para que parezca que es más interesante. Como si lo entretenido estuviera en tensión con la profundidad.»

–Te convertiste en un emprendedor de la escritura.

–Sí, pero nosotros hacemos algo en lo que creemos, no vendemos por vender. El Cuaderno Azul es un método que consiste en la improvisación y los juegos literarios como puerta de entrada a la diversión y al placer de escribir. Y a través de ciertos ejercicios y técnicas, ese mismo método de improvisación te lleva a la obra terminada. Somos una escuela que va desde “tengo ganas de escribir y no sé qué hacer” a “tengo un texto y no sé cómo corregirlo”, o “tengo un libro y cómo lo publico, cómo lo promociono, cómo lo vendo, cómo encuentro editorial”. Nosotros creemos que todo el mundo puede escribir, pero no todo el mundo puede publicar y no todo el mundo puede escribir un gran libro. A El Cuaderno Azul puede venir cualquiera, no me importa tu pose de escritor, no me importa tu edad, no me importa nada. El taller literario tiene que ser un espacio de catarsis, de sociabilidad (no sólo por hacer amigos, sino porque el arte se retroalimenta y se manijea entre pares) y de producción de textos potentes, con la mejor calidad posible.

–¿Qué es el “pánico al send” que padecemos los escritores?

–Si vos no dudás del texto, es que el texto es malo. Si no dudás del texto, significa que estás obedeciendo a algún tipo de idea que te deja tranquilo, a algún tipo de mandato o preconcepto. Estás respondiendo a alguien. Cuando el texto sólo responde a tu propia sensibilidad y a tu propio cuerpo, vas a dudar. Existe el “pánico del send”; si vos no sentís ese pánico antes de poner send y mandar tu texto, es una alerta de que eso que estás escribiendo no te interesa, no te conmueve. La duda es parte intrínseca de la potencia artística. Porque si vos te transformaste, te autodestruirse al escribir un texto, cuando lo mandes te va a agarrar la cabeza. El otro punto es encontrarte con gente que te diga: “Bueno, vas bien”. Hay que encontrar a las personas (otros escritores, amigos, editores) que te orienten. Quien te ecualiza y te va bajando es el otro. Porque la neurosis termina en el otro.